LA FOTOGRAFÍA PERVERTIDA DE TORBJØN RØDLAND
Por Bob Nicka
Aunque Torbjøn Rødland recuerda tener una cámara desde los 11 años, su verdadera pasión entonces era el dibujo. “Después de hacer dibujos y caricaturas políticas para medios locales”, nos cuenta, “me harté de comunicarme con ideas fácilmente descifrables en imágenes”*.
Si damos un vistazo a sus fotografías, es claro que esta negación a “entregar lo que se espera” signó su regreso a la cámara, que define un intensamente variado cuerpo de trabajo fotográfico que va de cosas altamente estilizadas a la fotografía naturalista. De hecho, a pesar de lo directo del medio y de la limpia inmediatez de su estilo, sus fotografías, al igual que él mismo, pueden ser elusivas de maneras fascinantes, confusas y, al final, gratificantes. Rødland, de 39 años, tiene como base Oslo, Noruega, pero vaga por todos lados a través de la cautivadora reserva nórdica. En su trabajo, que incluye todos los géneros: retrato, paisaje y naturaleza muerta, al igual que video, revela todo y, al mismo tiempo, no revela algunas cosas. Sus fotografías más atractivas, como una canción muy bien hecha con un coro muy pegajoso, te agarran y no te sueltan. “Arms” (2008), en la que el tentáculo de un pulpo emerge de la manga del suéter de una mujer y, gentilmente, se enrolla en sus manos, es un ejemplo casi perfecto de cómo Rødland crea imágenes que reclaman normalidad y extrañeza al mismo tiempo. Es la calidad la que permite que un nivel de aceptación se deslice desapercibido por la puerta de al lado. A primera vista, hay algo de irrealidad en la foto, pero Rødland no está interesado en la primera toma y entiende que, aunque nosotros no lo hagamos, esa fotografía, no importa qué tanto sea un espejo falso, siempre refleja un mundo que podemos reconocer o entender a la mitad. Imaginen que esa misma imagen, la mano de la mujer con el tentáculo, estuviera dibujada o compuesta con la misma gracia en lugar de ser una foto. Repentinamente, la misma imagen se transforma en algo surrealista, onírico, de Jim Shaw o un
collage de Max Ernst.
Consideremos dos de las imágenes más representativas de la fotografía vernácula: la novia en su boda y el bebé; una, normalmente, precede a la otra. Viviendo en un mundo donde las imágenes dominan, uno no puede evitar preguntarse, con las fotos más comúnmente repetidas, cómo es posible tomar una que sea distinta a las millones que se han tomado antes. “Arch back bride” (2007), de Rødland, logra exactamente eso. Es un retrato de una novia como ninguno que hayamos visto antes. Ella sonríe como lo haría para un fotógrafo. Su hermosa cara está enmarcada por un esponjado velo. La nube divina. El vestido sin tirantes enfatiza la suave y desnuda piel de sus hombros.
La idealizada imagen de la novia vestida de blanco, virginal, a punto de entregarse al matrimonio y su consumación, posa en el suelo con la espalda arqueada de manera exagerada. ¿Qué pasa aquí? Esta es la primera y única pregunta sin respuesta. Observa de nuevo su cara. No está sonriendo realmente, y sus labios están algo apretados. Ella sabe algo que nosotros no sabemos: el secreto de la novia en su boda. “Baby” (2007) es un misterio aun más grande. Una bebé está sentada sobre una tersa alfombra cubriéndose el seno con una mano, lo cual es inusual porque los bebés no se avergüenzan de su desnudez. Esto no es una intervención por parte de Rødland: el bebé, asegura el fotógrafo, se sentó así. Ahora observen la expresión de su cara. Es calmada, sí, pero, intencionalmente, le regresa la mirada al fotógrafo, al igual que lo hace para quien sea que observe la foto. Se encuentra en control de su imagen de una manera sorprendente. Lo que parecería lo más natural del mundo, el retrato de una bebé, se convierte en algo preternatural, no de este mundo. Con su gran cabeza de bebé y la determinación con la que ocupa su espacio dentro de la fotografía, parece ser una forma de vida superior en el cuerpo de un inocente. O tal vez todos los bebés sean extraterrestres.