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PITOS SUSTITUTOS, S. A.

La alemana Fun Factory fabrica dildos

POR CONOR CREIGHTON. FOTOS, POR STEVE RYAN

Le sucede a muchos hombres. Conoces a una chica hermosa, y, por algún motivo que no alcanzas a comprender, ella se siente atraída por ti. Se tratan más, se turnan para poner la boca del uno en lugares incómodos del otro, se delimitan territorios en la cama. Y entonces, de repente, un día cualquiera, lo presientes: tu chica tiene un objeto del deseo más preciado que tú.

Dildos, dongs dobles, palos de cortina, palitas de jardinería, espeleólogos de entrañas: vienen en distintas formas e infinitas variaciones. Y todos son una amenaza para los avergonzados hombres. Así que una tarde soleada al inicio del verano nos embarcamos a visitar la fábrica de juguetes sexuales más grande de Europa para enfrentarnos a la mayor amenaza al pene de carne desde que Abraham inventó la circuncisión.

Fun Factory se encuentra en una pequeña extensión de tierra, cerca del río Weser, en Bremen, al norte de Alemania. En el horizonte, el edificio no se ve muy alto. Junto a una bodega de partes automotrices y un molino de papel, parece una de esas bodegas prefabricadas que ponen hasta el fondo de los sets de películas de mucho presupuesto. Pero, cuando entras y tienes la cara contra el panel de vidrio de la puerta principal, te golpea una grandiosa y colorida pared que es más Romper room que tugurio del pecado.

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Los dildos, como los automóviles y los chocolates, se producen en líneas de ensamblaje, y los operadores que se ocupan de moldear, masajear y limpiar estos sofisticados aparatos no son los pervertidos que probablemente creas que son. Son tan normales como la madre de familia alemana promedio.

Miren a Sabina, por ejemplo. Ha estado trabajando en la planta por cinco años. Su vibrador favorito es el Dolly Dolphin, un soldadito basado en la nariz de botella de Flipper que cabe en cualquier bolsillo. Dolly es no tóxico (¡viva, mamás!) y viene con un poderoso motor que lo hace sacudirse y convulsionarse como si estuviera tratando de cantar en una banda de covers de Joy Division. Pero la producción de estos artefactos es una lección de desinterés. “Nuestro trabajo es igual a que si estuviéramos produciendo lápices”, dice Sabina con las manos metidas en agua jabonosa mientras lava el lote más nuevo de compañeros de la masturbación.

Benni, de veintitantos, es uno de los empleados varones más jóvenes. Cuando anda de cabrón en Bremen, la gente que conoce piensa que Fun Factory es una disco. Cuando explica lo que es, estos nuevos amigos normalmente se emocionan. Pero... ¿tener credenciales en una fábrica de dildos te puede ayudar a conseguir sexo? “Puede servirte para empezar una conversación, y para tener sexo con alguien tienes que hablar primero, así que, de alguna manera, sí ayuda”, dice Benni. Se acerca, en la línea de ensamble, a un grupo de miembros negros de hule y admite que tiene un par de ellos en su arsenal.

Gunther es un par de décadas más viejo que Benni, tiene los ojos azules de una persona que ha visto mucha pornografía y manipula una navaja a través del exceso de silicón de moldes nuevos como si estuviera destripando un arenque. “Es sólo un trabajo”, asegura Gunther. “No me avergüenzo de lo que hago”. Pues, sí, pero no es como si le hubiéramos preguntado.

Gunther comparte su estación de trabajo con Fritzy, una mujer ratonesca que se sonroja cuando le piden que hable en inglés pero ni siquiera parpadea cuando un cargamento de love beads le llega por la línea de ensamble. Trabaja en unos vibradores anales llamados Stubbys, que tienen una agarradera de seguridad en la base para evitar que el culo de los entusiastas “masturbistas” succionen los aparatejos al más allá. Nos dicen que esto sucede tan seguido que es una verdadera preocupación. “Vemos fotos en internet todo el tiempo”, cuenta Fritzy mientras sus manos meten motores en columnas de 17 centímetros. “Operaciones, vibradores cubiertos de sangre. El músculo anal es muy fuerte, y la gente no sabe”. Desde 1995, hacen unos cuatrocientos repuestos de novio cada día en Fun Factory. Vierten silicón líquido en un molde, se calienta, se enfría y se remueve para su ensamble.

El director ejecutivo de Fun Factory, Dirk, fundó la compañía con su ex esposa. Ahora está soltero, pero parece sentirse orgulloso. “La mayoría de las chicas con las que salgo conoce mi compañía antes de conocerme a mí”, presume vistiendo una combinación de camisa y jeans que sólo un director ejecutivo europeo usaría. Y, para nuestro desaliento, agrega: “Esta es una atmósfera no sexual. No tenemos los tabúes de siempre, pero, fuera de eso, es un ambiente de trabajo muy normal”.

Se lo planteamos directamente a Dirk: ¿estos productos no son para los hombres lo que las lavadoras de platos para los guantes para lavar platos? “El vibrador es tu amigo, no tu enemigo”, expone Dirk. Usa el mismo tono de voz que los tiradores de droga cuando le dan a los niños de 10 años su primera probada de heroína. “Cuando vas a la casa de una chica y encuentras un vibrador gigantesco en el baño, debes recordar que te llevó ahí para coger contigo y que, si le gusta tocarse, es porque se ama, lo cual es sumamente importante”.

Cuatrocientos pitos eléctricos, ciento cincuenta mil al año, y todos, con la habilidad de cazar puntos G como el cerdito de un recolector de trufas. No es ninguna sorpresa que Fun Factory asegure orgasmos directos. El arma secreta de Dirk es su control de calidad, un equipo de veinte individuos, catorce mujeres y seis hombres entre los 20 y 45 años, que se pasa la vida en casa probando los productos de Fun Factory en piyama. Al final del período de pruebas, de cuatro semanas, el grupo presenta sus resultados, y entonces el equipo de diseño de Dirk decide si continúa con el proyecto o manda al anaquel de échale-más-ganitas al plomero del placer en potencia. Unos vibradores en forma de edificios famosos y otro inspirado en el cocodrilo son algunos de los viejos proyectos que no llegaron a producirse.

Su funcionalidad es, obviamente, el aspecto más importante del vibrador, pero la personalidad, en segundo lugar, la sigue muy de cerca. La gente desarrolla lazos afectivos con sus juguetes sexuales; la compañía, de hecho, suele recibir cartas desesperadas de clientes que buscan líneas descontinuadas. Los gustos, dice Dirk, también son regionales: los belgas se sienten atraídos por el color naranja, pero no por el rojo; los franceses disfrutan los violetas claros, pero no tocan el amarillo, y los estadounidenses... bueno, los estadounidenses no mantienen sus ojos abiertos lo suficiente como para que les interese el color: compran lo que alcanzan a agarrar con las manos.

“El punto central de la vida es la reproducción, y eso depende de la sexualidad”, asegura Dirk mientras nos acompaña a la puerta después de un largo día. El sol cae sobre la antigua ciudad de Bremen. “Y recuerda”, continúa: “un juguete sexual nunca es remplazo para un pene verdadero, sino un complemento”.

Un complemento. Mientras manejamos alejándonos, la última frase es suficiente para no dar la vuelta, tirar la puerta de la entrada e incendiar toda la fábrica. Lo casualmente desvergonzado de Fun Factory no ayuda a nuestros problemas de inseguridad. Se dieron cuenta de que nos derrotaron y están siendo condescendientes. Aun así, sabemos que el vibrador no es el enemigo natural del hombre, sino uno más de los odiosos amigos de tu novia, siempre presentes, siempre en lo correcto y un constante recordatorio de que eres tan prescindible como el último wey pegado al pito que ella usaba antes que el tuyo.


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