DOS & DON'TS

Remember all those soul-deadening jobs where they’d make you wear some stained-up secondhand workshirt that came down to your knees and how hard you’d try to cool up the periphery in case you ran into anybody you knew? I wonder if that’s why punk and goth girls always cram so much shit on their necks and arms. Comments/Enlarge | See all


On the whole, do you think society is becoming more or less sensitive to the profoundly mentally ill now that a lot of their care providers are in the private sector? Comments/Enlarge | See all






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DE TRAJE, DE GORRA

Yuppies vs. punks durante una semana laboral

Recientemente, Londres fue asediado por una serie de levantamientos encabezada por anarquistas escandalizados que, probablemente, sólo estaban demasiado aburridos. Como es normal, se ve que la pasaron chingón. Pero también se generó una duda: ¿quién tiene el estilo de vida superior: los agitadores ludistas o los capitalistas niños bien que tanto aborrecen los primeros? Entonces, para responder a esta interrogante, le dimos a uno de nuestros redactores la tarea de hacerse pasar por un punk, y a otro, por un plutócrata. Esto fue lo que pasó. 

* Los niños bien son el equivalente londinés de la basura de Wall Street.



CRITERIOS DEL CAPITALISTA NIÑO BIEN*:
1. Tomar champaña y brandi y fumar puros todas las noches

2. Vestirse como Charlie Sheen en
Wall Street

3. Viajar en metro o en taxi (nada de caminar)

4. Comer sólo sushi, dim sum o platillos de taberna

5. Frecuentar los
tables de Londres

6. Leer el
Financial Times, en su totalidad, todos los días (incluyendo las partes que parecen estar escritas en código)

7. Pretender, todo el tiempo, que es ridículamente rico


DIARIO DEL NIÑO CITADINO
Por Bruno Bailey. Fotos, por Jamie Lee Curties Taete y Justin Mulchahy
LUNES
Usualmente me voy caminando al trabajo, pero mis nuevos zapatos de gamuza (£150 en Gentelman’s Traditional Shoes, en Camberwell) no están hechos para la caminata vulgar. El medio de transporte más apropiado era el metro, pero estaba lleno de trabajadores estresados, y el aroma del café mezclado con colonias baratas y pedos mañaneros rancios casi me hace vomitar. De pronto, al ver al resto de mis colegas, me di cuenta de que mi barba era déclassé. Cuando llegué a mi destino, Liverpool Street Station, corazón bancario de Londres, aparté un espacio en la barbería. 

Cuando llegó la hora de comer, decidí ir a All Bar One, una apropiadamente desalmada cadena de tabernas que vende salchichas y puré a £10 el plato, y un vaso de cerveza, a 3.50. Escuché a un par tipos trajeados llamar a una de las meseras diciéndole “pendeja espástica”, una forma muy agradable de comenzar mi almuerzo. Eventualmente, regresé a la oficina, pero no me sentí de humor para trabajar, así que me largué temprano a casa para fumarme un puro en el jardín. Hasta ahora, ser un niño citadino había sido de ensueño. 

MARTES
Mi cara aún ardía por culpa de la rasurada. Y, bueno, el lunes el trabajo me valió verga, pero hoy estaba determinado a echarle pilas frente a la computadora por un par de horas. Mi trabajo consistió en revisar varias redes sociales antes de un almuerzo temprano. Canary Wharf es la meca de las finanzas inglesas y europeas. Sintiéndome muy importante, decidí ir para comer un sobrevaluado club sán-dwich (£9) al fresco, a los pies del One Canada Square, el epicentro de este glorioso monumento al éxito.

La grandiosa peste que despedían billones de libras giraba a mi alrededor mientras yo me sacaba grasa de tocino de los dientes y fumaba puros Montecristo Number Four. Un compañero capitalista reprobó mi acción de soplar humo de mi fino tabaco cubano encima de sus huevos benedictinos. Pensé que le estaba haciendo un favor. Para satisfacer el hambre por cultura que viene con ser maestro del universo, reservé un boleto en la Royal Opera House para ver Lohengrim, de Wagner. Me tomé un par de brandis en un bar cercano y fumé otro puro en las escaleras de la Opera House. Mi entrada venía con una copa de champaña que bebí en el vestíbulo. Al buscar mi lugar, me di cuenta de que había comprado una entrada en la zona general en una producción que duraba más de cinco horas. Obviamente, era el toque de idiotez que arrastro de cuando era pobre. Luego de estar parado por más de tres horas y media y ser odiado por una pareja de ancianos, me sentí al borde de las lágrimas. Pretender ser obscenamente rico estaba empezando a afectarme.


MIÉRCOLES
Por descuido, había olvidado asegurarme una estancia adecuada. Luego de escanear mi humilde morada, decidí que mi vida llena de pretensiones me hacía perfectamente válido ir a ver algún departamento caro cerca de Canary Wharf. Me sentí un poco culpable por mentirle tanto al agente de bienes raíces, así que le dije que estaba esperando a que mi prometida (quien trabajaba en una reconocida galería de arte española) aceptara mi propuesta de matrimonio antes de comprar el lugar. Deshacerme de mis escrúpulos de clase baja estaba probando ser más difícil de lo que pensé—y se estaba volviendo vergonzoso—. Me dieron algo de papelería y me fui. 

Después, una fuente muy confiable me informó que, tras un duro día de limpiarse el culo con billetes de cincuenta libras y cagar en escusados de platino, muchos de los niños citadinos se retiraban a los vastos y sosos bares en las orillas de Square Mile, el viejo distrito financiero de Londres, a ver deportes. Así que fui a ver el futbol en el bar Barracuda que está en Houndsditch. Mientras caminaba hacia el bar, un par de mensajeros en bicicleta me vieron como si fuera de camino a ver viudas ricas e inocentes para venderles acciones de una compañía que produce comida para bebé envenenada. Pronto aprendí que el Barracuda es un bar sudafricano. No aguanté más allá del medio tiempo allí.

JUEVES
Hoy me di cuenta de que, desde que comencé a vestirme así, no me había tomado el tiempo de disfrutar de la música—ni en mi iPod ni en el trabajo ni en casa—. Mi teoría es que este traje estaba drenando mi habilidad para sentir alegría.

Llegó la tarde, y necesitaba una buena comida, así que, siendo el hombre moderno con medios ilimitados que era, opté por una delicadeza cosmopolita: fusión oriental. Pensé que sería prudente mejorar mi “lado asiático” ahora  que los chinos habían comenzado sus planes de dominación mundial. Sé esto porque los artículos del periódico que leo, el Financial Times, lo han estado sugiriendo bastante. 

Para cuando terminé mi comida, ya eran las 4:00 de la tarde, y contemplé la idea de regresar al trabajo. Pero no podía más. Mejor fui un bar a relajarme, me tomé un par de Remy Martinis y disfruté de una gran variedad de pistas de D’Angelo. No puedo tomar mucho brandi—me hace vomitar—, por lo que cambié al whisky, que aguanto mejor. Nadie me habló a pesar de que estaba vestido de la forma correcta. Tal vez me faltaba el dialecto. Me encontré contemplando una logística que me permitiera meterle a la gente un portafolio lleno de fusiones y adquisiciones por el culo.

Los prósperos de verdad tienen estar en buena condición para no cansarse de joder a la prole. Con esto en mente, troté al gym más cercano para jugar algo de squash. Estaba medio pedo, pero a nadie le gusta un perdedor, así que me bamboleé durante cuarenta y cinco degradantes y dolorosos minutos. Intente fumar al final del juego para ganar algo de compostura, pero mi sentí como si hubiera estando mamando escapes todo el día. Me fui a casa ebrio, adolorido y triste.

VIERNES
Hoy me sentí como un pedazo de mierda cubierto de oro. Mi dieta de comida sobrevaluada estaba comenzando a cobrar su cuota. Ordené algo de sushi para almorzar. Me lo comí en la calle, algo poco digno, y me fumé un puro de postre. Decepcionado, fui al lugar favorito de la ciudad: el pelódromo. Los tables son algo que había evitado hasta ahora, pero ser un abusador de los débiles y campeón de lo comercial significa que debo pagar por ver vaginas. The Griffin es el lugar ideal.

Mezcladas con pantallas con deportes, había atractivas mujeres desnudándose al son de Nickelback. Durante un silencio, escuché a alguien decir: “Al final, en cuanto a deportes se refiere, lo único que te queda es el críquet”. A menos de que esta fuera una metáfora que no capté, a estos chicos no les interesaban las mujeres desnudas. A mí tampoco, así que regresé a casa, y el alivio me bañó como una cubeta de cerveza barata. 

Ahora que mi vida como niño citadino acababa, desabroché mi camisa y me traté unas ampollas a la vez que tragaba galletas y todo el tofu que podía. Ser un capitalista requiere de mucho trabajo.

CRITERIOS DEL ANARQUISTA:
1. No puedes interactuar con el sistema de ninguna manera (ni celulares ni tarjetas de crédito ni transporte público)

2. Vivir en una
okupa

3. Pasar tiempo con un perro

4. No pagar por tu comida

5. Verte como un miembro de Extreme Noise Terror (o, al menos, de Doom)

6. Hacerte de amigos
okupas

7. Ir al menos a una tocada punk

DIARIO DEL ANARQUISTA
Por James Knigt. Fotos, por Jamie Lee Curtis Taete y Michael Otero
LUNES
Todos saben que un anarquista que se precie de serlo jamás viviría en un lugar donde tuviera que pagar por cosas como agua caliente, electricidad y esclavos del estado que recojan su basura. Para ser coherente, mi hogar de la semana fue una okupa al sur de Londres en Walworth Road. Me puse un presupuesto de £5 para vivir cinco días; entonces, en cuanto a alojamiento se refiere, lo gratuito toparía a lo confortable. Luego de instalar mi cama en el piso y lavar mi cara con agua estancada en el lavadero, decidí que era hora de cambiar mi estilo. Fue una decisión fácil. Posicrust-hardcore punk de Los Ángeles de cuando había más diez personas que conocían a Final Conflict.

Dejé la okupa y vagué en una sucursal de la corporación farmacéutica Boots esperando por una oportunidad para tomar algo de tinte verde para el cabello. Boots está a favor de la vivisección. Tampoco le molesta lavar ojos de conejos con champú ni pintarles la piel con lápiz labial ni ponerles electrodos en el cerebro. No me sentí mal de robar este establecimiento de la burguesía.

Por supuesto, me hice un mohawk. Pero el único implemento que pudimos encontrar en la okupa parecido a una máquina de afeitar  fueron unas tijeras sin filo, lo que me dio una apariencia de hágalo-usted-mismo (léase, horrible). A los punks no les importan la higiene, la seguridad ni la salud, así que mi nueva amiga Karley me aplicó el cloro directamente en el cabello usando solamente un guante de portero como protección. Todo fue satisfactoriamente punk.

Mientras el cloro se asentaba, aprendí una nueva habilidad: coser. Ningún vago que se jacte de serlo puede dejar su casa sin un parche de Los Crudos, y mi intento por darle algo de estilo a una antigua chamarra de mezclilla no fue tan malo.

Lavarme los restos químicos de la cabeza en la helada regadera fue incómodo, pero mantuve mi actitud de me-vale-madres-todo hasta que el tinte me cubrió toda la cabeza y me di cuenta de que mi frente se estaba volviendo verde.


MARTES
Por suerte, el tinte no se me pegó tanto en la frente como en el cabello. Era como si un parche de pasto punk hubiera decidido crecerme en el cráneo. La noche que pasé en la okupa fue sorprendentemente tranquila: mis compañeros de habitación tenían una tele y vieron a los políticos esparcir sus sucias mentiras en News at ten. Ahogué la mierda elitista con una copia rayada de Ungovernable force, de Conflict, que puse en un reproductor de los sesenta que alguien trajo de Berlín.

Además de dormir en el suelo y sentir que jamás podría caminar de nuevo, todo fue un poco decepcionante. No hubo mota ni apasionantes pláticas de política; ni siquiera hubo redadas policiacas.

Para enmendar esta situación, decidí empacar mi sleeping e ir a tomar al Foundry, un bar-espacio artístico-casa de vagos para mensajeros ciclistas de España que llevan tatuajes tribales y una única rasta que luce como un pedazo de mierda que les cuelga de la nuca. Obviamente, encontraría almas hermanas aquí, ¿verdad? La respuesta fue no. Pero servían una cerveza orgánica que sabía a lodo y chirivía.

Luego de robar seis latas de sidra de una tienda local, caminé por Hacney Downs y fui a pedirle prestado su perro a un amigo, quien se emocionó por conocer a alguien con pasto sintético en la cabeza en lugar de cabello. Cuando regresamos a la okupa, el perro destrozó mi cama de la emoción.

Las correas para caninos hechas en fábricas son herramientas de opresión; entonces, lo amarré con mi cinturón y me salí a pasear. Fue muy divertido ver a la gente cambiándose de banqueta con la mirada llena de un pánico total, pero el carro de la policía que me siguió hasta que cruce el río al sur de Londres no lo fue tanto.

MIÉRCOLES
Cuarenta y ocho horas después, era hora de celebrar. Mis nuevos amigos me dijeron que estaban listos para una peda, así que fui a la vinatería y descubrí cómo le hacen los punks para ponerse hasta el pito: compran 3 litros de sidra, lo que les sale en £3. En un ataque de locura, gasté £9 del dinero de mis nuevos amigos en 9 litros y me regresé a la okupa.

Puedo asegurarles que, con el jalón ocasional de ketamina, beber sidra White Ace es una experiencia casi lisérgica. Esto es especialmente cierto si la persona no ha comido en dos días porque se gastó todo en pudrir sus tripas con una sidra que ni siquiera los indigentes de la calle tomarían. 

Un poco disperso, me colapsé en una esquina levantándome intermitentemente para vomitar en una bolsa de súper llena de hoyos. La mejor parte es que el vómito se coló sobre mi playera y mejoró la autenticidad de mi disfraz. Mi playera de la semana estaba cubierta con una buena capa de bilis, e inexplicablemente mi frente estaba llena de cortadas. ¡Finalmente estaba logrando algo! El sabor de la libertad era agrio y doloroso, pero intensamente liberador. 

JUEVES
No había comido nada desde el lunes. Gran parte del día, la pasé dormido para matar el hambre, pero me despertaron mis dos muevas amigas Lauren y Kerri. Me dijeron que había basureros detrás del Marks & Spencer local, una mina de oro para buscar comida recientemente caducada. Fuimos a ver qué nos serviríamos de cena.

Kerri estaba muy optimista luego de varios asaltos que habían dado resultados gourmet de ensueño. Trajo uno de esos carritos de compras que tu tía abuela Edna usa. Todos íbamos muy campantes. Fuimos a la parte de atrás del M&S cuando el desastre levantó la cabeza: una enorme reja de seguridad había sido puesta alrededor de nuestras morcillas expiradas.

Como buenos gorrones, movimos el obstáculo para que Kerri pudiera meterse. Luego de trepar en el basurero, nuestros peores miedos se hicieron realidad: los freegans nos habían ganado. Lo único que quedaba eran unos éclairs de chocolate. Para este punto, mi estómago se estaba comiendo a sí mismo, así que comencé a atascarme. Cada paleta de masa sudada sabía mejor que la anterior.

VIERNES
Luego de una semana de beber sidra y dormir en el suelo, decidí que era hora de regresar a la naturaleza. Escuché que los veteranos del power-violence de la Costa Oeste, los Capitalist Casualties, iban a tocar en el Grosvernor de Stockwell, así que decidí pasar el rato en un parque cercano antes de entrar a la tocada.

Me sentí inexplicablemente incómodo y decidí que un par de latas de cerveza mejorarían todo. Mientras vaciaba mi segunda lata, me di cuenta de que, así como el rastafarismo justifica el fumar hierba en todos lados, ser un punk vago es sólo una gran excusa para ser un alcohólico funcional (o, al menos, semifuncional).

Los Capitalist Casualties perdieron su avión. Muy punk. Los fans estaban tristes, pero había este sentimiento de familiaridad y complicidad alcohólica en el lugar. Me fui con una imagen muy buena de la anarquía. No habré dormido muy bien y, en realidad, jamás comí, pero tomar mi peso en sidra y andar con algunos instigadores olorosos es mucho mejor que tratar con las hordas en traje que salen del All Bar One todas las noches.

En conclusión: ser un capitalista millonario que se caga en los débiles y oprimidos mientras hace dinero de la violación genocida de la tierra causa indigestión y te hace miserable.

En contraste, las personas que viven en las coladeras mendigando por un poco de dinero, beben en latas oxidadas y tienen perros que lamen sus pantalones de combate cubiertos de mugre son felices y, moralmente, íntegras y plenas. No podemos recomendarles ninguna de las dos.



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