DOS & DON'TS

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BIENVENIDO A BRASIL

Río se cagó en mí

TEXTO, POR SANTIAGO FERNÁNDEZ-STELLEY    FOTO, POR THIAGO DA COSTA

Oscar Niemeyer, izquierda, acompañado del autor.

Después de una semana en asignación en las muy nuevas oficinas de Vice en São Paulo, me dirigí hacia Río de Janeiro con el equipo de VBS para pasar un día con el culo más famoso de todo Brasil, la Mujer Sandía (ver página 20 para leer esa historia). Satisfechos de cómo habían resultado las cosas, decidimos continuar con una noche de fiesta. Todo salió muy bien hasta que, a las 3:00 AM, muy ebrio, dejé a los otros en el bar y regresé al hotel a descansar.

Mientras caminaba los menos de 100 metros a mi hotel en la playa de Copacabana, me rodeó un enjambre de niños pidiéndome dinero y cigarros. Como todas las ciudades que he visitado en Latinoamérica, Río está lleno de estos cabroncitos—aquí, convenientemente apodados “pirañitas”—, así que no me preocupé por mi seguridad. De cualquier modo, no tenía nada de dinero conmigo, lo que comuniqué sacando los bolsillos de mi pantalón y repartiendo cigarros.

Eventualmente, los mocosos se fueron para ser sustituidos por un criminal un poco más viejo que me preguntaba si necesitaba que me lustraran los zapatos. Le hice un gesto de negación y seguí mi camino, pero continuó apuntando a mis pies insistiendo en que hiciera uso de sus servicios. Finalmente, me detuve a explicarle que traía tenis y que no les va muy bien una lustrada. Ahí fue cuando me di cuenta de que mi pierna izquierda estaba cubierta de mierda humana líquida, la cual me escurría desde arriba de la rodilla hasta la suela del sucio zapato. Los monstruitos me habían preparado para una elaborada, diabólica y asquerosa estafa de limpieza de zapatos.

Le dije al tipo que se fuera a la verga y me di media vuelta para retirarme. En cuanto lo hice, sacó una pistola de su cajón para lustrar zapatos y me la puso en la nuca. Por lo menos ya habían cagado mis pantalones por mí. Qué conveniente.

Repetí el discurso de los bolsillos vacíos. Dos de los cabroncitos de antes regresaron a intentar arrancarme un horrible anillo de oro del dedo. Era un suvenir de mi visita a la frontera entre Kazajistán y China, y su único valor era sentimental, así que me lo quité y se los entregué. El equipo se retiró feliz y victorioso.

Después de algunos cuantos pasos enmierdados, llegué al hotel. Dejé un rastro de budín humano en toda la alfombra, me dirigí a mi cuarto y estuve tres horas tratando de limpiar mierda de niño callejero brasileño de mis pantalones y tenis. Tenía que entrevistar al legendario arquitecto Oscar Niemeyer (página 74) a las nueve de la mañana del día siguiente, y mis pantalones llenos de mierda eran el único cambio de ropa decente que tenía en São Paulo. Puedo vivir con manchas, pero no había manera de ocultar, ni de soportar, el mal olor. Me vi forzado a entrevistar al señor Niemeyer, de 101 años, en mi traje de baño, como un pendejo, tal y como se puede ver arriba. Los cabroncitos no sólo se llevaron mi anillo barato, sino también mi dignidad.

¡Muchas gracias, Brasil!


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