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DOS & DON'TS
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DIARIO DEL SAPOPOR HAMILTON MORRIS. FOTOGRAFÍAS, POR SANTIAGO FERNANDEZ-STELLEY
En la jungla del Amazonas vive una rana muy especial llamada phyllomedusa bicolor, mejor conocida como sapo. Tradicionalmente, los integrantes de la tribu mayoruna utilizan la secreción pegajosa que libera el sapo para obtener superpoderes que los transforman en máquinas de cacería. Lo primero que hacen es amarrar la rana y asustarla hasta que libera el veneno (lo que, normalmente, se logra poniendo en práctica el sofisticado método de picarle la panza con un palito). Después, los nativos se hacen pequeñas heridas en los brazos, donde untan el veneno extraído de la rana. Tras vomitar y cagar por hora y media, experimentan (aparentemente) una extrema nitidez de los sentidos, así como la habilidad de estar sin agua ni alimento por días. Esto les ayuda a localizar sus presas (que son los changos. Por cierto, comen changos). Naturalmente, después de conocer a los mayoruna y su rana mágica, enviamos a nuestro encaramado residente Hamilton Morris a experimentar esta droga milagrosa. DIA 1 Llego a Tabatinga después de días de viaje. Es una ciudad imposiblemente húmeda en medio de la jungla. Situada en la frontera entre Colombia y Perú, fue construida por narcotraficantes. Siento que estoy en una orgía de vegetación: todo punto visible está cubierto de plantas. Las calles están saturadas de motocicletas, scooters y mopeds. Todo se está desmoronando, e incluso veo una gallina desplumada caminando por las calles como si todo estuviera bien. Enseguida de nuestro hotel, hay una tienda que vende sólo flores de plástico. Una vista estimulante. Salgo a cenar con nuestro guía, Juan. Antes de cruzar palabra, se ríe histéricamente de mi cabello largo. Me dice que los indígeneas mayoruna pensarán que soy mujer y me raptarán para esposa. Repite este chiste unas cien veces a lo largo de la cena. Yo me atraganto con un gigantesco plato de carne, bebo caipiriñas y fumo cigarros con JWH-018 hasta que termino totalmente dopado. Juan empieza a resplandecer. Él vivió con los indios mayoruna durante cinco años. Nunca utilizó la rana llamada sapo debido a su mala condición cardiaca. Me cuenta que el Amazonas está lleno de criaturas que los científicos desconocen. Una vez se encontró en la selva con una bestia peluda de un solo ojo. Tras intercambiar miradas con aquello durante algunos segundos, contrajo una fiebre que le duró cosa de cinco meses. En otra ocasión, un jaguar lo empezó a atacar. Con un machete, partió al felino por la mitad, y le salieron cincuenta cachorros del vientre. Estoy demasiado drogado como para ser escéptico, así que opto mejor por cagarme de miedo.
DIA 2 Para el desayuno, me como unos huevos acompañados de un jugo medio amarillo pálido con sabor a acetona. Antes de irnos, me dirijo a la oficina de Juan, donde debo firmar un sinfín de documentos, todos escritos en un español incomprensible. Al parecer, si me muero o me vuelvo loco, no es responsabilidad suya. Salgo para ver nuestro bote, que resulta ser una lancha de 9 metros con un toldo de mimbre en medio. Juan me presenta al otro miembro del equipo, mejor conocido como “el capitán”, quien estará a cargo del pequeño motor de nuestra lancha. Tiro mi mochila a bordo y pasamos a recoger un bloque gigante de hielo de agua inmunda de río, el cual sacamos de una hielera llena de sangre y vísceras de bagre. Juan empieza a destrozar el bloque de hielo con un machete oxidado y a echar pedazos de este en una hielera de hielo seco para guardar nuestras minúsculas raciones de comida. Luego voltea y nos dice que el bloque durará seis días, lo cual parece perfectamente imposible. Cuando es época de lluvias, el río Amazonas se desborda sobre la tierra, y la vida se derrama por encima de lo que uno puede ver. Las anacondas procrean, los mosquitos ponen huevos y los delfines de río toman formas de personas y violan a mujeres vírgenes. Hay árboles creciendo sobre árboles, hormigas caminando sobre hormigas, candirus nadando dentro de la uretra de otros candirus. Todo esto es demasiado abrumador. Tomamos algunas desviaciones a través de la inundada jungla. Juan se para en la cabeza de la lancha tajando con su machete todas las ramas a su alcance. No estoy seguro de que eso sea necesario o si sólo sea que está de humor para usar el machete. El capitán se sienta en la parte trasera del bote a navegar en una nube negra de diesel mientras fuma cigarro tras cigarro. Apuñala una lata de salchichas y tira todo el líquido de las salchichas enlatadas en el río. Yo pruebo algunas, pero saben a papel de baño remojado. Empieza a atardecer, y nos detenemos en el muelle de unos extraños. El río cubre toda su casa, hasta las escaleras de la puerta principal. En apariencia, las familias que viven sobre el río tienen la obligación de aceptar viajeros. Les damos un poco de café y arroz. Su baño no es nada más que un pasillo largo que queda justo enseguida de la cocina. Crían las gallinas en jaulas flotantes, los niños juegan en arroyos de mierda y miados. La cena está sorprendentemente sabrosa: tallarines grasosos, pedazos de pollo en una cubeta de plástico y un vaso sudado de Coca-Cola. Orino bajo la luz de las velas y me acuesto en mi hamaca debajo de una red rosa para mosquitos. Los mosquitos dentro de la red pasan zumbando junto a mis oídos. (Ah, sí, también vi un gato matando un murciélago). | |||||||||||||||||||||||||||||||||