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SERVIDUMBRE CUBIERTA DE AZÚCAR

Las víctimas de la revolución brasileña del biocombustible

POR HENRIK JÖNSSON    FOTOS, POR ANDERS KRISTENSSON



Brasil y los Estados Unidos son los mayores productores de biocombustible en el mundo; suman el 72 por ciento de producción de etanol al año. En 2007, los dos países hicieron un pacto que destetaría al mundo de las tetas de la industria petrolera. Si eres de los típicos humanos que no son aburridos, probablemente no tienes ni puta idea de cómo se hace el etanol. Para evitarte la aletargante descripción científica, te lo vamos a poner muy simple: el etanol está hecho de maíz o caña de azúcar. En los Estados Unidos, las compañías de etanol le compran el maíz a los granjeros, y todos quedan contentísimos. Pero los brasileños sostienen su producción en una fuente muy discutible: trabajadores migrantes que son traídos de poblados cercanos y a los que se les paga 1.60 dólares la hora por cortar y recolectar caña de azúcar en un calor infrahumano.

Un estudio reciente realizado por la socióloga María Aparecida de Moraes Silva, de la Universidad de São Paulo, muestra que los recolectores de caña son tratados más culeramente y tienen menos expectativas de vida que los esclavos en las plantaciones del siglo XIX. Ah, claro, además, frecuentemente sufren ataques cardiacos en los campos por extenuación. Seguro tú también tendrías dolores en el pecho si tu existencia diaria fuera cortar kilómetro y medio de caña de azúcar, que es lo que hace un recolector promedio.

Los trabajadores lavan su ropa repugnantemente sucia y maloliente en una pileta afuera de sus cuartos.
Un ingeniero procesando un extracto de caña de azúcar para etanol.


Fresco después de un baño, un trabajador toma un momento para reflexionar sobre su día en el campo en su pequeño cuarto. 
Un recolector de caña de azúcar en los aprietos de todos los días.

Cada mañana, un camión va recogiendo trabajadores de los poblados que rodean la fábrica de etanol Santa Cruz. Los recogen oportunistas hijos de puta conocidos como gatos, quienes “contratan” a los migrantes en temporada de recolección. En realidad, sólo unos cuantos tienen contrato; esta es un forma medianamente legal de que las fábricas de etanol evadan impuestos, salarios de empleados y demás responsabilidades. Los campos están llenos de gente joven que no encontró una mejor manera de ganarse la vida. Geraldo es un chico de 22 años que recientemente vivió su primer día como cortador de caña. Después de un rato, se arrancó la camisa y se colapsó en la sombra. “¡Hagan lo que quieran!”, gritó. “¡Llámenle al capataz! ¡Dispárenme! No voy a seguir. No estoy hecho para esto: es inhumano”. Apenas un mes antes, un trabajador de 20 años llamado Lourenco Paulino de Souza murió de un ataque al corazón en su primer día de trabajo. Es una paradoja: en una de las regiones más ricas de Brasil, las familias de migrantes compran pasajes y mandan a sus hijos a los campos de caña de azúcar para enfrentar un destino incierto. “¿Qué se supone que hagamos?”, pregunta Eufrase Nobre, un inmigrante de 35 años de las tierras inhóspitas de Bahía. Al día siguiente, Nobre despertó antes del amanecer y prendió el asador usado para preparar los alimentos, que consisten en arroz recalentado y frijoles del día anterior. Para la hora de la comida, esta ya ha estado un rato a la intemperie; no por nada los trabajadores han dado por llamarle boias-frias, que significa “comida fría”. En la tarde, la silenciosa máquina humana de cortar detuvo su labor por primera vez en todo el día, mientras el eco de un grito agonizante se escuchaba por el todo el campo. A lo lejos, un trabajador comenzó a saltar entre las cañas como si una víbora de cascabel lo hubiera mordido. Segundos después, un colega corrió a ayudarlo y lo acostó.







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