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DOS & DON'TS
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Philip Griffiths Vice: ¿Dónde naciste? Philip: En São Paulo en 1978. Mi papá, británico de nacimiento, solía trabajar en un matadero. Es parte de una dinastía que importaba cebús a Brasil. Mis padres pasaron la mayor parte del tiempo en Barretos, un pueblo cercano a São Paulo que es meca del rodeo brasileño. Yo fui a la escuela ahí hasta que mi padre se mudó a Francia a rediseñar las líneas de producción del matadero. ¿Qué pensabas de Francia antes de mudarte aquí? Mi hermana y yo no sabíamos dónde estaba Francia. Creíamos que era un país lejano cubierto de nieve. Nos establecimos en Poitou-Charentes, un agujero de dos mil quinientos habitantes. Nos trataban como si fuéramos una rara especie de animales exóticos. Aprendimos francés leyendo libros infantiles. Nuestras primeras frases eran puras tonterías: “¡Ve por las ovejas que son debajo de la mesa!”. Hacíamos reír a todo el salón. Luego me fui a un internado católico para varones en Vendée. No había chicas. ¿Hasta cuándo te estableciste en París? Apenas hace cinco años. Mi trayectoria fue casi igual a la de cualquier niño francés de provincia. Después del bachillerato, pasé un año sabático. Mis padres ya se habían regresado a Brasil con mis hermanas, y yo tenía que vérmelas sin ayuda financiera. Tenía una banda rock y decidí mudarme a Burdeos. Cuando llegué allá, fue como un descubrimiento verdadero del mundo: drogas y total liberalidad. ¿Te ha gustado la ciudad? París, para mí, es como un patio de recreo gigantesco. Me encanta poder brincar de un ambiente a otro, de la fiesta más hipster al antro más vulgar. He notado que los franceses se quedan con la misma ropa puesta todo el día. No se molestan en regresar a sus casas a bañarse. En Brasil eso es inconcebible: no importa tu clase social, te arreglas antes de salir. Las brasileñas son sumamente cuidadosas con sus outfits hasta en la favela más pobre. ¿Qué nos dices de las chicas francesas? ¡Son estupendas! En Brasil es muy complicado. Las chicas están buenísimas, pero a veces es difícil acercárseles. El problema es esa tele malviajante que les lava el cerebro y hace que actúen como si estuvieran en una telenovela. En Francia es mucho más sencillo: si una chica se te queda viendo, quiere contigo. Es bastante directo. Pero, bueno, siempre hay niveles. ¿Como cuáles? Hasta la dama más snob disfruta del trato rudo. La típica burguesa parisina se calienta en cuanto se la mamas. Ella empieza a pensar: “¡Por fin, un hombre con bolas de verdad!, no como esos maricones sensibles que me cargan la bolsa, me tratan bien y se llevan perfecto con mis papás”. Están buscando algo más salvaje. Les encantan los niños rudoscicatrices, tatuajes, toda esa mierda. Quieren algunas experiencias, como coger en el metro o en un baño público o en el tren. ENTREVISTA, POR JULIEN BÉCOURT FOTO, POR EMMANUEL LE CERF
Ana Vaz Vice: Hola, Ana. ¿De qué parte de Brasil eres? Ana: Soy de la capital de Brasil, Brasilia, que está justo en el centro del país. Después de su construcción, que tardó cuatro años, remplazó a Río de Janeiro como capital en 1960. ¿Cómo es vivir ahí? Brasilia es un lugar extraño para vivir porque no se desarrolló como la mayoría de las ciudades. Toda la ciudad fue meticulosamente planeada en bloques numerados que especifican la categoría de los distritos, como escuelas y bancos. Y fue cuidadosamente construida para tener la forma de un avión. Sí. De hecho, en este mismo número tenemos una entrevista con Oscar Niemeyer, el arquitecto que la diseñó, así que sabemos todo al respecto. También hay un lado misterioso de Brasilia, una especie de folclor basado en los textos religiosos de un cura llamado Dom Bosco, quien, durante la colonización, fundó la tierra de Brasilia. De acuerdo con sus predicciones y mediciones, es una especie de tierra sagrada conectada a una fuerza de poder espiritual mayor. ¿Y cómo se sintió Río de ser desplazada como capital? Eso es difícil de decir. Existía una sensación de que Brasilia ofrecía un nuevo comienzo a la nación. En 1955, Juscelino Kubitschek de Oliveira se convirtió en uno de los primeros presidentes electos democráticamente en Brasil. Él fue un líder revolucionario, y su eslogan era “Cincuenta años de progreso en cinco”, y su primordial proyecto era trasladar la capital de Río a Brasilia. ¿Utopía? Sí, fue establecido como una promesa de progreso y oportunidad. Alentaba la idea de que éramos capaces de ser tan modernos y radicales como cualquier otro país. Era un catalizador de revoluciones sociales, políticas y culturales. Mucha gente lo ve como la época de oro de la cultura brasileña. Se comenzó a tener una conciencia política y cosas como bossa nova se pusieron de moda. En muchos sentidos, también fue un momento de tragedias, pues muchos estudiantes fueron asesinados como resultado de un mandato militar. ¿Qué fue lo que te inspiró a irte de Brasilia a Australia? Para mí, fue la curiosidad y el deseo de tener independencia y libertad. ¿Qué es lo que más extrañas de Brasil? Debo decir que el calor familiar y la sinceridad. Las culturas anglosajonas se basan en un cierto nivel de ironía en sus relaciones diarias, pero las culturas latinas son más sinceras. También son generosas. Inclusive la gente más pobre comparte lo último que tiene para comer contigo. No hay una noción de propiedad privada como la que tienen en Australia. ¿Existen drogas por allá que no recibimos acá? No. En Brasil todo es la cocaína. Las favelas mantienen el poder que tienen porque todo el mundo la consume. La única cosa que sí es diferente es el precio: es muuuuuucho más barata allá. ENTREVISTA, POR BRIONY WRIGHT FOTO, POR STEPHANIE BAILLY | |||||||||||||||||||||||||||||||||