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DOS & DON'TS
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Amanda Rosa Vice: ¿De dónde eres? Amanda: De un minipueblo llamado Gravataí, muy cerca de Porto Alegre, la ciudad con más árboles en Brasil y donde la gente está más politizada y lee más. Es una parte de Brasil que, por la colonización, no se parece a Brasil. Ahí toda la gente es prácticamente europea. ¿A qué te dedicas? Soy modelo. Estuve trabajando un tiempo en televisión, pero no más. Ahora me dedico principalmente a mi agencia de modelos. ¿Cómo llegaste a México? Fue una coincidencia. Mi novio y yo llevábamos cuatro años y medio viviendo juntos, y yo quería terminar, pero la cosa ya era más complicada. Empezaron cosas como ¿el perro de quién es?, ¿de quién es el gato? Habíamos comprado un coche entre los dos, teníamos una cuenta común en el banco, los amigos eran los mismos: estaba un poco asfixiada. Un día hablé a mi agencia y dije: “Mándame a cualquier lado”. ¿Y qué te pareció el cambio? Me encanta poder tomar un par de autobuses y llegar a una pirámide; eso es increíble. Deberían saber más de México en Brasil. Me voy a quedar aquí un buen rato. ¿Ciudad tercermundista con mucho tráfico? Quizás, pero nada que ver con el de São Paolo. ¿Eres lulista? No: me choca. Tenía todo un discurso de apoyo a los pobres, ¿y qué pasó? No pudo ni supo luchar contra los legisladores que llevan años en el poder. Lula ganó porque su campaña lo presentó como el candidato del pueblo: “Vota por mí porque fui obrero en una fábrica, estudié hasta cuarto de primaria y perdí un dedo trabajando en las máquinas”. No puede ser que nuestro presidente no hable inglés. Es absurdo. Es una persona limitada. ¿No estás siendo muy severa con el barbón? Tenía una roommate que, cuando tuvo a su bebé, se vino a México porque dijo: “Yo no quiero criar a mi hijo en Brasil. En México no siento lo que siento allá”. Que es… Miedo de todo, de la calle. Un día, de visita en Brasil, escuché la historia de un muchacho que murió por una bala perdida sentado en un bar con sus amigos, quienes se tardaron como una hora en darse cuenta de que estaba muerto. De enero a la fecha, ha habido como cincuenta fallecimientos por balas perdidas. Tengo amigas que tienen marcas de balazos en las paredes de su casa porque, por las noches, siempre hay balaceras en las favelas. México también tiene fama de ser una urbe insegura. En la Ciudad de México, bajo la ventanilla del coche para fumarme un cigarro; en São Paolo, jamás, y eso me molesta. En Brasil no hay familia que no tenga al menos una víctima de lo que sea. Allá te matan por un par de Converse. Aquí te pueden llegar a robar la bici, pero allá nadie anda en bici: ¿para qué?, ¿para que te la roben? ENTREVISTA Y FOTO, POR ZARATUSTRA VÁZQUEZ
Soraia Cristina da Costa Tynnauer Vice: ¿Brasil es en realidad ese lugar lleno de gente bonita que corre semidesnuda por doquier y tiene demasiado sexo? Soraia: Sí, pero la mayoría está en el norte. En Austria, el sol brilla sólo dos meses; en Brasil, en cambio, son ocho, así que, por supuesto, hay más sensualidad en el aire. Allá, la mayor parte del tiempo las chicas enseñan las piernas y los chicos no usan playera. ¿En todas partes? Bueno, si vas a São Paulo, no vas a ver gente corriendo por ahí en bikini, pero las mujeres usan tacones altos y minifaldas todo el tiempo. Puedes encontrarte a chicas tan gordas como elefantes andando por ahí con una playerita muy corta y minifalda y pensar: “¡Por favor, voltea a verte en un espejo!”. Esa no es la imagen que tiene la mayoría. ¿No puede ser sexy a su manera? Debe de haber tipos interesados en ella. Es mucho más fácil tener sexo casual en Brasil. ¿Extrañas vagar alrededor de gente semidesnuda? Sí, claro. Cuando empieza a calentar el clima, ando por Viena sin playera, sólo en bikini y shorts. La gente te mira cuando andas así por la calle. En Brasil, todos estamos desnudos, todo el puto mundo anda así, aun siendo un país sumamente religioso. ¿Te molesta el mito de la hipersexualidad brasileña? Generalmente, no, pero depende de la situación. Fui al doctor la semana pasada, y me pidió que me desvistiera, me agarró el culo y me preguntó de dónde era. Y dijo: “Ooooh, Brasil”, mientras me tomaba de las nalgas. A veces me fastidia, pero la mayor parte del tiempo lo tomo como un cumplido. ¿Cuál fue tu primera impresión de Viena? Que era una ciudad fantasma. Era silenciosa, gris, y los árboles no tenían hojas. Pero, al mismo tiempo, era muy bella e impresionante. ¿Y de los vieneses? ¡Ellos no quieren hablar con nadie! Una vez paramos a una viejita en la calle para preguntarle algo, y comenzó a correr para otro lado. ¿Cuál es la cosa a la que más trabajo te ha costado adaptarte? Seguido la gente me pide que no hable tan fuerte. También he aprendido a ser puntual. ¡Y, por supuesto, el clima! Siempre tengo depresión invernal cuando estoy aquí. Entiendo por qué la gente está tan frustrada. ¿Qué pueden aprender los austriacos de los brasileños? A relajarse. A estar contentos con lo que tienen. ¡La gente aquí tiene demasiado! El sistema social es muy bueno, pero hace a la gente floja. ¿Y viceversa? El respeto a los demás y a sus cosas. Y también lo que significa tener un verdadero amigo. En Brasil no puedes confiar en un amigo. Nunca. ENTREVISTA, POR KEMI SUSANNE FATOBA FOTOGRAFÍA, POR DAVID TYNNAUER
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