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DOS & DON'TS
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JODIDOS POR UNA BÚSQUEDAUna generación entera, desnuda en la webPOR SAM MCPHEETERS
Algo curioso sucedió mientras caminaba a la cabina en mi impermeable amarillo con una caja de repostería. Una mujer negra muy pasada de peso se dirigió hacia mí, y yo asumí que era la gerente de la tienda o una policía disfrazada. “¿Qué andas haciendo?”, me dijo molesta. “Me voy a tomar unas fotos”, le respondí. “Mmm-hmmm”, rumió sospechando de mí. Como ya no había nada más que decir, entré a la cabina, cerré la cortina, puse unas monedas en la máquina y me lancé el pie en la cara. Y ahí, una vez más, aprendí algo nuevo sobre la condición humana: un pie de crema de coco en la cara es más peligroso de lo que parece en la tele: el relleno se empieza a meter por tu nariz y no puedes respirar. Además, la mujer negra pasada de peso estaba afuera de la cabina preguntando qué sucedía. “¿Qué haces ahí adentro?”, gritó. Terminado el experimento, limpié mi cara de la mejor manera que pude y salí a esperar que la máquina me vomitara las fotografías. Mi nueva guardiana esperaba junto a mí. Ni siquiera fingía ver los artículos en los estantes. Después de lo que parecieron ser horas de ruidos mecánicos de gestación, la cabina me entregó mi tira de fotografías. Intenté guardarla antes de que la mujer negra con sobrepeso las pudiera ver, pero simplemente las tomó de mis manos y se molestó con la evidencia. Por un momento extraño, me quedé ahí estupefacto, inseguro de si me iba a regresar las fotos o no. Era sólo un niño sin ningún recurso aparente. No sabía que ella no era ni gerente de la tienda ni policía y, definitivamente, no me sobraba dinero como para comprar otro pie. Hubo una pausa muy larga e incómoda, y finalmente gruñó y me regresó lo que era mío. “Gracias”, le dije humildemente. Por años, me ha aterrorizado ese momento de cobardía adolescente disfrazada de amabilidad. Sólo recientemente entendí que ese agradecimiento, de hecho, estaba garantizado. Le debo a esta mujer haberme proporcionado una analogía certera para mi vida de adulto. Ahora sé que hay una mujer negra con sobrepeso y muy enojada al pendiente de todo lo que hago. Su nombre es El Internet, y no descansará hasta que todos los pies autoembarrados hayan sido contados, archivados y expuestos para que todos los vean. Una docena de años después, me encontraba en un vuelo hacia Anchorage. Mi banda iba a tener varios shows en Alaska, y el viaje se sentía como una aventura jacklondonesca para chicos. Cuando aparecieron los primeros picos escarpados de nuestro destino por la ventana, me vino un pensamiento. “¿Sabes? Podríamos hacer cualquier cosa en nuestros shows aquí”, le dije a nuestro guitarrista. “Nadie sabría jamás. Podríamos recitar un discurso de Hitler o hacer algún performance tipo Karen Finley. ¿Cómo se enterarían en casa?”. Esto fue, por supuesto, una equivocación. Para la gente que lea esto en las décadas finales del siglo XXI: deberán entender que internet estaba vivo y funcionando a mediados de los noventa. El ciberespacio no era todavía eso de sexo-virtual- anónimo-con-quien- sea-en-el-mundo al que se han acostumbrado y adoran, pero funcionaba bien si querías mandar un mail y comprar tus regalos de Navidad. Y servía también muy bien para esparcir chismes. Para la era Clinton, ya estábamos conscientes de los sistemas de tablones de anuncios, y, aun así, no lograba imaginar un futuro que incluyera una versión seria de internet. Androides, cañones láser y teletransportación, sí, pero ¿bancos en línea? ¡Por favor! Es sólo una modita, decía una voz en mi cabeza. No le pongas atención. Para el final de la década, ya era consciente de mi error. En 1999, mi abuela me mandó un mail diciéndome que buscó mi nombre en alguna página y que se había sorprendido por el “lenguaje”. Asumiendo que había descubierto mi encarnación pública como Wacko Band Jerk, me puse a escribir un mail de emergencia explicándole la sátira y sutiles distinciones de racismo irónico utilizados para ser antirracista. Me rendí a la hora. “No le pongas atención”, le escribí sin ninguna explicación. Si hubiera sido honesto con ella y conmigo mismo, hubiera enviado una carta muy distinta. Querida abuelita, le hubiera escrito. Perdón por las aterradoras revelaciones, pero, honestamente, ¿quién hubiera podido predecir el surgimiento de una red global de computadoras? No soy científico, y pienso que la mayoría de los científicos no lo vio venir. Nunca cruzó por mi cabeza que compartimientos distintos de mi vida tuvieran que fusionarse eventualmente. Es mejor pensar en mí como en uno de esos pobres oficiales de la CIA que no pudo ver la caída de la Unión Soviética, una víctima de las circunstancias. Estaba en el lugar y momento equivocados. No soy el único. Las navidades del 95, 96 y 97 resonaron con la angustia de algunos amigos músicos que fueron de visita a sus casas y resultaron emboscados con AOL o AltaVista. Querido, pusimos tu nombre en internet: ven a ver. Diez años después, otra ola de vergüenza llegó a mi círculo social una vez que YouTube entrelazó una red más incriminante de indiscreciones en el escenario. Mi antiguo baterista, G., de Manassas, una vez le enseñó su culo a una cámara de video frente al público. (Aun peor, no sólo enseñó el culo: también bailó sexy). Años después, su hermana le habla. “¿Cómo encuentro el video de tu culo?”, le dijo ebria. “Necesito la dirección para mostrárselo a mis amigas”. El dilema de G. es el símbolo de todos nosotros, histéricos de principios de los noventa que ahora enfrentamos una nueva era. Esa noche, su culo era para unas personas en específico; para nadie más. Por principios morales y legales, tenía una buena expectativa de que mover un culo en 2002 no sería equivalente a una humillación pública en 2008. Lo que sea que los fundadores de esta gran nación hayan tenido en la cabeza para nuestro país, les garantizo algo: no era un video de mi amigo moviendo el culo. La actual generación vive bajo la ilusión de compartir esa vergüenza con nosotros. Tal vez algunos de ustedes, posgeneración X de veintitantos, hayan sufrido un poco de arrepentimiento cuando un pariente o jefe encontró algo que no les gustó en su MySpace. Pero pendejadas de redes sociales son sólo eso: pendejadas. Olvidar usar Photoshop para cubrir el pezón de alguien es equivalente a dejar las llaves dentro del carro o los lentes en un bar. Son pequeñeces. No es para nada equivalente a que saquen tus esqueletos viejos y los pongan a la luz pública. Y no es para nada equivalente a que saquen tus esqueletos recientes, esqueletos arrancados de una faceta previa y paralela de tu vida, a la luz. Mi subgrupo de la generación X, la generación de los jodidos por una búsqueda, está más cercana a las estrellas del cine mudo que no pudieron dar el salto al cine sonoro. Nos arrolló la tecnología. E incluso esa no es la analogía correcta. En realidad, no hay precedente para la generación de jodidos por una búsqueda. En el mejor de los casos, mi grupo debe conformarse con ser precedente para futuras generaciones. Nuestros traumas servirán como referencia, más adelante en este siglo, para personas que se tatúan cosas vergonzosas años antes de que se perfeccione la visión de rayos X o que pinta TENGO HERPES en los techos de sus casas sólo por sacar patada unos años antes de que los carros voladores se empiecen a producir. ¿Saben quién debe de estar ardido por todo esto? San Pedro. Durante toda la historia de la humanidad, hasta los noventa, había sólo un motor de búsqueda. Le pertenecía a Dios, y Pedro era quien entraba a esa base de datos cuando llegabas para ser juzgado. “Veamos ahora algunos momentos de tu vida”, diría amablemente Pedro parado sobre una nube frente a las puertas del Cielo con tu eternidad dependiendo de unos cuantos momentos sacados de contexto. Escribiría algunas palabras en un banco de nubes, y repentinamente aparecerías proyectado en unas nubes por el proyector celestial diciendo pendejadas en un escenario con tu banda. “Estoy un poco sorprendido por tu uso del lenguaje”, diría Pedro sonriendo amablemente. Sonreirías también con amabilidad. Después sólo esperarías que no saliera ese video de tu culo. | |||||||||||||||||||||||||||||||||