DOS & DON'TS

These guys remind me of what vikings would have been like if they were slightly more courteous and also dressed like gaylords. Comments/Enlarge | See all


I hate these suicidal poets who are pushing mid-30s and dress like tampons just so they can maybe sneak up a drunk student's gash. Comments/Enlarge | See all






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SI TIENES QUE VIVIR COMO REFUGIADO

La nueva raza de homeless japoneses clavados en la web

POR TOMOKAZU KOSUGA. TRADUCIDO, POR LENA OISHI
ILUSTRACIÓN, POR SHINTARO KAGO



En el milenario concurso, la heroica batalla de campeones para decidir qué país tiene los mejores cafés internet, ninguno puede competir con Japón y sus instalaciones. En Japón, los establecimientos para navegar en la web consisten en cuartos personales, cada uno con su respectiva computadora, televisión y silla reclinable. Venden botanas en el mostrador, y, no importa cuán mierda esté el lugar, siempre hay una esquina con bebidas gratis. Así es: ¡refrescos gratis! Algunos tienen hasta regaderas, y todos cuentan con una extensa y bien surtida librería de manga. La mayoría de estos mágicos establecimientos está abierta las veinticuatro horas los siete días de la semana, así que, si te da sueño mientras haces tus cosas importantes en la red, sólo presionas un botón, y tu silla reclinable se convierte en algo así como una cama. Antes de que lo sepas, ese legendario sol naciente de la tierra del sol naciente estará naciendo (aunque no lo podrás ver dentro de los confines de tu cueva de tablarroca y yeso). No importa: conseguiste alojamiento durante una noche en el ultracaro Japón por un precio que oscila entre los 1,000 y los 1,500 yenes. Observen el precio, y después reflexionen sobre el creciente número de japoneses sin trabajo y sin casa, y así podrán adivinar el resultado: una nueva raza de homeless nipones.

De hecho, mientras más homeless han ido descubriendo este tipo de alojamientos disponibles por una pequeña cantidad de dinero, la práctica de encontrar refugio nocturno en un café internet se ha convertido en un pilar de la sociedad. De acuerdo con un estudio hecho por el Ministerio de Salud, Trabajo y Bienestar en Tokio y Osaka, en 2007 más de cinco mil cuatrocientos refugiados de cafés internet duermen en estos lugares. Comúnmente, son trabajadores que subsisten con lo que les pagan al final de cada día. El ministerio cita que personas en sus veinte representan el mayor porcentaje, con 27.7 por ciento, seguidas por personas de cincuenta, con 25. Entre los refugiados de Tokio, más de la mitad cita “renuncia al trabajo” como el motivo de la pérdida de su casa. (Las estadísticas de 2008 todavía no están disponibles, pero indudablemente estas cifras han aumentado con la creciente tasa de desempleo).

En Tokio, el sueldo promedio mensual de estos refugiados es de 107,000 yenes, alrededor de 17,000 pesos. Mientras tanto, sus gastos mensuales estimados son de 28,000 yenes por alojamiento; 26,000, por comodidades; 29,000, por comida, y en lo que se refiere a necesidades adicionales, como teléfonos celulares, andan un poco debajo de los 100,000 al mes. No es nada extraño que no puedan juntar los cuatro meses de renta para el depósito de un lugar que les permita tener una dirección, lo que los posibilitaría de trabajar como empleados regulares. ¿Cómo se dice Trampa 22 en japonés?

El servicio de consulta para refugiados de cafés internet fue creado en Tokio y Osaka después de una tormenta de mierda por parte de los medios, que llamaron a estos ciudadanos los “homeless escondidos”. Los refugiados elegibles para consultar son residentes de Tokio que han estado en la ciudad por seis meses pero no tienen un lugar donde vivir. Obviamente, esto excluye a mucha gente pobre. Y además, tal vez por coincidencia, las oficinas del servicio de consulta están en Kabukicho, en Shinjuku, el distrito de entretenimiento sexual más peligroso de Tokio. En palabras del gobierno, Shinjuku tiene el mayor número de cafés internet. Está bien. Solamente agregaremos que esa política apesta a cuarentena y lo dejaremos ahí.

Antes de visitar a los burócratas en Kabukicho, y antes de ir al más famoso de estos cafés convertidos en alojamiento barato, decidí hacer una práctica en un café menos conocido del área. Para prepararme, pasé días sin rasurarme ni lavarme el pelo ni cambiarme la camiseta sudada. Simple, ¿no? Convertirse en uno de ellos, vivir como viven, obtener experiencias reales para poner en mi historia. Pero, una vez que llegué al café, el personal de la recepción me dijo que el lugar estaba lleno y que había una lista de espera. Fue una amable pero transparente manera de decir “No hay manera de que te demos un cuarto, pinche homeless arrastrado”. En mi cabeza, esto me certificó oficialmente como refugiado de cafés internet. ¿Qué me quedaba hacer aparte de mezclarme con mis “compatriotas”?

Afuera, pude ver a un señor desaliñado de unos treintipico que balbuceaba algo para sí mismo. Le pregunté: “Oye, ¿quieres ir a desayunar algo conmigo? Yo te invito. Comer sin compañía es muy solitario, ¿sabes?”. Pero me miró como si yo fuera un maniático y se alejó. Me acerqué a otros refugiados y obtuve el mismo resultado. ¿Me estaban viendo como un sicópata gay en busca de homeless para violar y matar? Taaaal vez. Todo ya dicho, viví entre ellos por una semana y nunca logré progreso alguno. Pero eso tiene sentido porque casi todos son jornaleros, una colección de individuos que ha sido segregada por la sociedad japonesa. Eso, combinado con el hecho de que no tienen hogar, una condición de vergüenza en un país en el que circula la vergüenza como plato de gravy el día de acción de gracias, hace que no sea nada raro que estos tipos odien hablar con extraños. Aun así, me pregunté si no era debido mi técnica. De mala gana, cambié mi táctica y me vestí como un reportero de los medios. Cada vez que me acercaba a alguien, me rechazaban antes de terminar una frase.

Eventualmente, llegué a Kamata, un suburbio de Tokio que ha sido objeto de varios reportajes y retratado como un punto de concentración para refugiados. Escogí el café internet que había aparecido en más reportajes, que se encuentra a unos minutos de la estación en un edificio de diez pisos que está en pésimas condiciones. Algunos hombres desaliñados y de aspecto salvaje vagaban por ahí, y, como siempre, ahí estaban las bebidas y la gran colección de manga. Inesperadamente, había parvadas de chicos de secundaria entrando al edificio a las 7:00 de la tarde a estudiar. Los viejos se salían y esperaban a que pasara la hora de los chicos oliendo impacientemente sus camisetas sucias o cambiando incómodamente el pie sobre el que apoyaban su peso junto al elevador.

Este café provee dos tipos de habitaciones: unas, con tatami (tapete de paja tradicional japonés) en el suelo y una televisión, y otras, con una silla, escritorio, computadora y... nada de espacio. Como los de tatami sólo tienen espacio para una tele sin sillas, el espacio extra se usa para dormir o masturbarse, supongo. Opté por una “habitación individual”, que anda alrededor de los 100 yenes la hora. Si comparamos esta suma con los 400 yenes que cobran los otros cafés no resulta difícil entender la popularidad que tiene este. Lo que renté fue media habitación separada por una cortina, y, como las otras, no tenía privacidad ni seguridad. Los robos han aumentado entre refugiados. Había casilleros en cada piso afuera del elevador y una cadena con candado alrededor de la televisión y la computadora, ambas en muy mal estado. Le hacían falta letras al teclado y estaba cubierto de una película babosa que me perturbaba. El piso estaba manchado por colillas de cigarro y basura, y las paredes estaban hechas trizas. Vaya instalaciones de primera en Japón, ¿no? Todo esto era en un espacio lo suficientemente grande como para deslizarme en medio del escritorio y la silla reclinable. Aun así, los japoneses, como regla general, encuentran comodidad en espacios reducidos. Yo no soy la excepción. Si no hubiera sido por la tos persistente de mi vecino, hubiera jurado estar cómodo.

Los clientes del café, en su mayoría, estaban bronceados y vestían uniformes sucios de construcción. No es necesario decirlo, pero nunca vi a ninguna clienta. Ni siquiera vi jóvenes (sin contar, claro, las visitas breves de estudiantes a la salida de la escuela), que, según el gobierno, conforman el mayor grupo demográfico aquí. De hecho, sólo vi a una sola persona joven (la cual, obviamente, no quiso hablar conmigo). Los clientes que venían a este café a dormir eran tipos desaliñados en sus 30 o cuarentipico y viejos en sus 50 o 60. ¿Adónde fueron los chicos en los que el gobierno basó sus estudios?

Esto nos lleva al extraño caso del siguiente programa gubernamental. Para propósitos de estudio, llamaron a todos los cafés internet del país y pidieron que les proporcionaran el número promedio de clientes que dormían ahí y, también, el de clientes frecuentes que se quedaban en sus cafés por lo menos la mitad de las noches de la semana. El hecho de que todo esté basado en la memoria de los dueños de los cafés hace que estos datos no sean muy confiables e imposible saber exactamente cuán erradas están las cifras citadas en el estudio. También dejaron cuestionarios en ciento cuarenta y seis cafés internet seleccionados para que los clientes los llenaran, pero ¿cuántos de estos mudos sacos de tristeza cargados de vergüenza creen que les dedicaron una segunda mirada?

Una vez de regreso en Tokio, fui a los sucios confines de Kabukicho en busca del servicio de consultores de refugiados de cafés internet para obtener un poco de orientación respecto a esta problemática y el papel del gobierno. Caminé durante más de una hora durante las horas de patrulla indicadas en la página web del servicio, pero no tuve suerte.

Llamé a las oficinas al día siguiente, y me dijeron que habían cancelado todas las patrullas a las 19:30 horas porque se aproximaba un tifón. Le reclamé que no había llovido el día de ayer, y me contestó: “Eso probablemente lo decidió el personal que estaba en el lugar la noche anterior. Esta patrulla es un recurso para encontrar y hablar con potenciales refugiados de cafés internet, pero, en lugar de andar caminando buscándolos durante una patrulla, creo que le iría mejor si reserva una sesión de consulta en nuestra oficina”. Está bien, pero ¿cuál es el punto de anunciar la patrulla en su página de internet si no quieren que la gente los busque? “Es que no mucha gente revisa nuestra página”. Bien. Estos refugiados, que por los propios descubrimientos del gobierno se supone que son jóvenes conocedores de internet, no usan el internet para averiguar sobre dinero gratis. Tiene sentido que utilicen el teléfono, ¿cierto?

Esta incompetencia del sistema entero ha llevado al nuevo programa de sistema de préstamos del gobierno, que comenzará con el año fiscal 2009. El sistema ofrece, por un período de tres a seis meses, 150,000 yenes al mes para gastos de alojamiento con la condición de que quienes reciban la cantidad asistan a la oficina de empleo público regularmente. Ya que los trabajadores con un ingreso anual menor al millón y medio de yenes están exentos de pagar el préstamo, podrías decir básicamente que este es, en esencia, un programa de beneficios. Así que... ¡bien por ellos! El gobierno dedicará 100,000,000 de yenes a esta iniciativa. Sin embargo, sólo los trabajadores temporales de 35 años para abajo y que duermen regularmente en cafés internet son elegibles. En otras palabras, los ancianos pobres sin recursos que estén trabajando no son cubiertos. Y hay otro detalle: como cuesta alrededor de 700,000 yenes mantener a un refugiado, el presupuesto de 100,000,000 de yenes sólo beneficiaría a unos doscientos refugiados, es decir, al 27 por ciento de los cinco mil cuatrocientos refugiados que el gobierno encontró en su estudio de 2007. Sé que les acabo de lanzar muchos números, así que lo plantearé de otra manera: el gobierno está tratando de apagar un incendio fuera de control con un escupitajo, y muchos de los ancianos homeless de Japón van a pasar mucho de su tiempo en internet en 2009.


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