TEXTO Y FOTOS, POR BERNARDO LOYOLA
Mi mamá es de Cotija, Michoacán. Aunque la mayoría de la gente no lo sabe, este pueblo le ha dado al mundo el delicioso queso cotija, un santo cachetón y uno de los pederastas más famosos de México, el fundador de los Legionarios de Cristo y consentido de Juan Pablo II, Marcial Maciel (a quien los de la “legión” le dicen Mon Père).
Durante once meses del año, Cotija es una especie de pueblo fantasma. En las calles sólo se ven viejos y niños porque todos los jóvenes trabajan en los Estados Unidos. Por lo que sé, la mayoría se va a la pizca de la uva en el Valle de Napa, California. Pero cada diciembre el pueblo se transforma por completo cuando toda la gente regresa de “el otro lado” y la población se triplica. De pronto, la iglesia tiene que abrir horas extras, y hay un bautizo tras otro por todos los niños que “encargaron” el año anterior. Los pocos bares del pueblo y la plaza están a reventar. Mi abuela me cuenta cómo los campesinos han cambiado sus cultivos de maguey por los de marihuana y sobre un laboratorio de metanfetaminas que, supuestamente, opera muy cerca.
Pero uno realmente se da cuenta de que es diciembre cuando los paisanos regresan con sus trocas y le dan la vuelta a la plaza con los estéreos a todo volumen tocando reguetón, narcocorridos y
hip hop; es su forma de decir “Me fui al otro lado y la hice”. Aunque esto pasa mucho en México, los cotijenses tienen una forma particular de decir “La hice”, y eso es dándole la vuelta a la plaza en cuatrimotos enormes. Este año, las motos de moda eran la Yamaha Grizzly 4x3 y la Polaris Sportstman 500. Estas motos son enormes, y se ven aun más chingonas cuando las que las manejan son las chicas guapas del pueblo de mi mamá en pantalones apretados y playeritas sin mangas.