TEXTO Y FOTOS, POR ALIX LAMBERT
El señalamiento de metal recargado contra el tronco del árbol dice:
Estas sencillas palabras, seguidas de un teléfono de casa y uno de oficina, conducen a un paisaje callado: un par de hectáreas sin nada distintivo, cercadas, y a la distancia, un cobertizo, un remolque abandonado, unos cuantos árboles y algunos senderos de tierra. Hay filas de lonas impermeables cubriendo montículos en el suelo. Hay pequeñas áreas acordonadas aquí y allá con una cinta amarilla que, en letras negras, dice “ESCENA DE CRIMEN”. Una inspección más cercana revela cráneos humanos y otro tipo de huesos esparcidos entre las hojas, y pronto resulta claro que hay hordas de gusanos haciendo su trabajo en los restos. Restos humanos. El Complejo de Investigación Antropológica, o la granja de cuerpos, como le apodan para disgusto de sus empleados, se dedica al estudio de la velocidad de la descomposición humana. Es un campo de la ciencia forense muy importante que apenas se está desarrollando y ayuda a identificar y encerrar homicidas y les da a los escritores de series detectivescas el mejor material.
El doctor Bill Bass, fundador del complejo, tiene el doble de energía que un hombre con la mitad de su edad y se comporta cálida y amablemente. No es, definitivamente, lo que uno esperaría de alguien que le ha dedicado el trabajo de su vida al estudio de cuerpos en descomposición. Pero Bass es puro carisma y sonrisas. Cuando lo conocí, en el complejo en Knoxville, Tenesí, rodeado por todos lados de cuerpos en varios niveles de descomposición, me respondió con mucho entusiasmo preguntas acerca de cómo abrió este centro de investigación.
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