ENTREVISTA POR MARCO TULIO VALENCIA

La ciudad de México es, hoy por hoy, uno de los principales productores de limpiaparabrisas en el mundo; eso lo tienen claro los cientos de miles de automovilistas que, diariamente, tienen que esquivarlos como si fueran obstáculos en una prueba de manejo. Todo el mundo los rechaza apenas se aparecen, y pocas veces, por no decir nunca, hemos visto que alguien, fuera de regalarles unos cuantos pesos, una bacha, un cigarro o una mandada a la verga, les dedique un momento para platicar y conocerlos. Mucha gente dice que son una bola de vagos, que siempre andan hasta su huevo viendo cómo se pueden chingar al prójimo, y, efectivamente, a veces chingan al prójimo y, sí, con frecuencia están hasta su reputísima madre, pero a nosotros nos caen bien, por lo menos así era hasta antes de que pasáramos un rato a saludarlos y platicar.
Nos acercamos a dos limpiaparabrisas de Garibaldi: Araceli, quien abrazaba una botella de Coca-Cola llena de agua con jabón, y Enrique, quien no podía abrazar absolutamente nada porque estaba hasta su madre inhalando algo que traía en las manos.
Vice: Hola, Araceli. ¿Hace cuánto empezaste a limpiar vidrios?
Araceli: Desde los 14 años. Ya tengo como quince años en esto porque gano más que en una empresa, una... este... ¿Cómo se llama? Una fábrica.
¿Ganas mejor aquí?
Araceli: Sí. Como no tengo papeles, por eso.
¿Dónde duermes?
Araceli: Estoy pagando un hotel.
Enrique: Yo también, yo también. Me llamo Enrique Nicolás Marín.
Oye, Enrique, ¿cómo los trata la gente cuando le quieren limpiar el parabrisas?
Enrique: Dependiendo. Hay mucha gente grosera.
En ese momento, un tercer limpiaparabrisas intentó arrebatarme la grabadora. No lo logró. Apreté mi mano alrededor del aparato y corrí hacia el otro lado de la calle.
El cabrón me siguió: “Detente, hijo de la verga. Te voy a matar. Te voy a romper a chingazos, hijo de la verga”.
Y siguió corriendo detrás de mí, pero no lo suficientemente rápido. De hecho, se veía débil y desnutrido.
Una miniván sin placas se detuvo frente a nosotros y dos tiposque después me enteré de que eran policías federalesse bajaron y empezaron a gritar. Uno de ellos alcanzó al que me había estado persiguiendo.
“¡Regrésate a la alcantarilla, basura!”, le dijo mientras levantaba al limpiaparabrisas de una patada muy bien colocada en su andrajoso culo, quien, como si fuera un perro, se fue con sus compañeros.
“¿Estás bien? ¿No te robaron nada?”, me preguntó uno de los policías.
“Estoy bien”, le contesté.