DOS & DON'TS

Used to be a dad like this would have the kid in therapy at age 10. These days divorce and addiction in the family are so common that kids are just like: "Meh, fuck this loser. Who wants to go spend what I just stole from his wallet?" Comments/Enlarge | See all


I wish I could tell you whether or not this Venice Beach Robocop’s legs were going “kzzzzzzzt kzzzzzzzt kzzzzzzzt kzzzzzzzt” with each step, but it was hard to hear over the sound of my mouth going “Haaaaa Haaaa Haaaa Haaaa.” Comments/Enlarge | See all






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UN EX TORERO


ENTREVISTA POR TONI L. QUEROL, FOTO CORTESÍA DE ÁLVARO MÚNERA


En 1984, un toro llamado Terciopelo corneó al torero colombiano Álvaro Múnera, alias el Pilarico, en una plaza de toros de Albacete, España, lo que lo dejó en silla de ruedas. Por aquel entonces, Múnera tenía 18 años. Meses después, su mejor amigo, el Yiyo, murió en otra plaza de toros, y a los tres años el apoderado de ambos se suicidó. A su regreso a Medellín, Múnera se convirtió en un acérrimo defensor de los derechos de los animales y en poco menos que un anticristo para los aficionados taurinos. Actualmente trabaja en el concejo de la ciudad de Medellín, cargo desde el cual defiende los derechos de las personas discapacitadas y promueve campañas antitaurinas.

Vice: ¿Por qué te hiciste torero?

Álvaro Múnera:
Nací en Medellín y, desde que tenía 4 años, mi papá me llevaba a los toros. En mi casa no se hablaba de fútbol ni de otras cosas, solamente de toros. A los 12 años decidí que quería ser torero. Inicié mi carrera taurina y, a los 17 años, resulté triunfador en la Feria de Medellín. Eso me sirvió para que el apoderado de José Cubero el Yiyo, Tomás Redondo, me apoderara y me llevara a España. Allí toreé en veintidós ocasiones, y en Albacete, el 22 de septiembre de 1984, un toro me cogió por la pierna izquierda y me tiró por los aires. Tuve lesión medular completa, trauma craneoencefálico y un diagnóstico contundente: no podría volver a caminar. Después me llevaron a Estados Unidos para mi rehabilitación, tiempo que aproveché para ingresar en la universidad. Me convertí en defensor de animales y desde entonces he trabajado por el derecho que tiene todo ser vivo a no ser torturado.

¿Pensaste alguna vez en dejarlo antes de que un toro te dejara inválido?

Hubo varios momentos críticos, sí. Cuando maté a una vaquilla embarazada y vi cómo sacaban a su feto del vientre, en ese momento quise dejarlo porque la escena era dantesca. Me puse a llorar y vomité. Pero me dieron la palmadita en la espalda, y mi apoderado me dijo: “Tranquilo, tú vas a ser una figura del toreo. Estos son gajes del oficio”, así que desaproveché esa primera oportunidad, continuando mi carrera taurina, de lo que hoy en día me avergüenzo. En ese momento yo tenía 14 años y no fui capaz de dejarlo.

Luego, cuando, a puerta cerrada, maté a un toro de cinco o seis espadazos y el animal, con sus órganos internos de fuera, se aferraba a la vida con las pocas fuerzas que le quedaban, también me sentí muy impresionado y contemplé el retiro. Pero ya tenía preparado mi viaje a España, donde vino la tercera oportunidad, contundente, como si Dios hubiera pensado: “Si no quiere comprender por la razón, va a hacerlo por otro método”, y ahí sí aprendí la lección. Fue una experiencia muy bonita porque, como ser humano, significó superar mi situación clínica y empezar a trabajar para reparar todos mis crímenes.

Muchos defensores de los animales han aplaudido tu cambio de opinión, pero otros tantos dicen que no pueden perdonarte y te llaman asesino de masas.

A ver, hay gente que opina que simplemente soy una persona resentida por el percance. Esa teoría es absurda porque el resentido no sólo debe serlo, sino también parecerlo. He reconstruido mi vida totalmente y la he dedicado a ayudar a cientos de discapacitados a salir adelante y a trabajar por los derechos de los animales. Además, no conozco ningún resentido que defienda a su victimario. ¡Un toro me dejó en silla de ruedas, y otro toro mató a mi mejor amigo! Soy la última persona a la que debería importarle la suerte de los toros. Y otra pregunta: ¿por qué se es resentido al proponer la tauromaquia incruenta, que se toreen los toros sin hacerles daño, como lo hacen los recortadores? Los taurinos no pueden decir nada de toros que yo no conozca y, al no poder desmentirme, me calumnian.

¿Cuál fue el factor decisivo que te empujó a convertirte en defensor de los animales?

Mi carrera taurina fue entre los 12 y los 18 años. De allí me trasladaron a Estados Unidos, donde me tuve que enfrentar a una sociedad totalmente antitaurina que no concibe que existan pueblos donde hay espectáculos en los que se torturan y asesinan animales y que nos ve como países atrasados.

Pero esa misma sociedad que no concibe las corridas de toros sí concibe la pena de muerte y, en los años en los que tú estuviste ahí, aún ejecutaba a menores de edad y a minusválidos síquicos.

A ver, a mí no me ayudó a entrar en razón el gobierno de los Estados Unidos. Lo hicieron mis compañeros de estudio, los médicos, los discapacitados, los amigos de fiesta, mi novia gringa, la tía de una amiga, que no dudó en decirme que me merecía lo que me había pasado. Al final, tuve que aceptar que estaba equivocado. Muchas veces los pueblos no son responsables de las decisiones de sus gobernantes. Prueba de ello es que en España y en Colombia predomina el sentimiento antitaurino entre sus habitantes, pero una minoría de torturadores amparados por los gobiernos de turno mantiene esa crueldad.

Si en ambos países domina un sentimiento antitaurino, ¿por qué siguen existiendo las corridas? ¿Tanto dinero mueven?

No creo, ya que la tauromaquia incruenta también movería mucho dinero. Creo que, si la corrida no elimina los elementos lacerantes de tortura y muerte, desaparecerá. La mayoría de los jóvenes educados repudian las tradiciones crueles. Y algo hemos adelantado: desde España se ha llevado el debate al Parlamento Europeo y, en Colombia, al Congreso de la República. De los diecisiete países taurinos que había en el siglo pasado, ya sólo quedan ocho.

Quizá estén haciendo algo mal las asociaciones antitaurinas al no lograr que una opinión mayoritaria se imponga políticamente, ¿no?

Un grave error son las formas que utilizan. La confrontación a base de insultos derrumba los argumentos que están de nuestro lado; cualquier persona sensata lo entiende. El debate tiene que ser desde las ideas. Soy más partidario de las manifestaciones pacíficas en otros escenarios: ante estamentos políticos o en el exterior de las iglesias, por ejemplo, para que la iglesia católica se replantee por qué patrocina semejante barbarie bajo el manto de sus iconos de santidad.

En tus artículos asocias la tauromaquia a la ignorancia. ¿No te parece un poco simplista? ¿Cómo explicas que personajes como Ernest Hemingway, Orson Welles y Pablo Picasso hayan sido grandes aficionados a la tauromaquia?

Mira, tener un gran talento no te hace más humano ni sensible ni sensato y, mucho menos, solidario. Un coeficiente intelectual superior a la media ha sido común denominador incluso en grandes asesinos de la historia. Sobran los ejemplos. Sólo quien se solidariza con el dolor ajeno va en el camino correcto para ser mejor persona. Los miserables que ven en la tortura y muerte de un animal inocente un motivo de diversión, por mucho que pinten cuadros o publiquen libros, son—y serán—salvajes de espíritu. Una pluma también puede escribir con sangre, y muchos terroristas del siglo XXI tienen diplomas universitarios colgados en la pared.


Gracias a Julio Ortega Fraile (www.findelmaltratoanimal.blogspot.com)


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