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You've got to be out of your mind to commit suicide by tiger. Comments/Enlarge | See all


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Frdric Fleury





LOS JUDÍOS MÁGICOS

De Manischewitz a Mescalina

BY HAMILTON MORRIS, PHOTOS BY JESS WILLIAMSON


Cuando entré al departamento en la calle Ridge del Lower East Side de Manhattan, no vi mucho porque las luces estaban apagadas. Era una habitación vacía con sillones pegados a las paredes, botes y botellas vacías en todos lados. A las cuatro de la mañana, lo único que había ahí eran los restos de una fiesta. Nada inusual. Un judío jasídico estaba botado boca arriba. Su kipá estaba en un cojín junto a su cabeza. El celular no dejaba de sonar con música klezmer digitalizada desde el interior de sus pantalones de lana. No se movía. Me acerqué a ver si seguía con vida. El teléfono sonó un poco más antes de que lo tomara y contestara, momento en el que respiré aliviado.

Podía escuchar a alguien cantando en una habitación en el pasillo. Pasé sobre el jasídico desmayado y caminé hacia la siguiente habitación. El interior estaba completamente a oscuras. El aire era tibio y tenía olor a cuerpos. Diez, tal vez quince judíos desnudos estaban parados, cantando en perfecta armonía. Se detuvieron para saludarme; después, siguieron. Me quedé en silencio mirándolos hasta que pude decir algo: “¿Qué está pasando?”. Una voz en la oscuridad me respondió algo incomprensible sobre el LSD, y todos explotaron en carcajadas. Y los cantos continuaron. Sólo me quedé unos minutos observándolos anonadado, hasta que encontré la puerta y salí. De regreso a la otra habitación, un jasídico que no había visto me informó que la fiesta ya había terminado, que ya no había ácido y que debería regresar al día siguiente. Le pregunté cuán seguido hacían ese tipo de cosas. Me respondió: “Constantemente”.

Para muchos, la religión es algo tedioso. Una obligación pasada de generación en generación recompensada sólo con la gracia de ser desagradable. Pocos han tenido una genuina experiencia religiosa, algo que garanticen la adoración, reverencia, tiempo y fe. Sé que yo no he tenido una. En el misticismo judío, Dios es parcialmente definido por su falta de definición. Es infinito e incognoscible, el eterno signo de interrogación. Tuve mi primera experiencia psicodélica fumando salvia en la camioneta de un amigo a los 16. Caí gritando de risa, bañado en lágrimas, mocos y babas. Sabía que algo significativo acababa de suceder, algo que definitivamente cabía bajo el título de “Infinito e inconocible”. Pero decir que fue una experiencia religiosa estaría mal: fue mejor.

Dos días después, recibí una llamada de uno de los judíos. Esperaba que fuera otra invitación a una fiesta, pero, para mi mal viaje, era una petición para ir al funeral de uno de sus amigos. Había muerto de sobredosis de cocaína la noche anterior. Me subí a metro Parkville en Brooklyn y caminé hacia la calle 39 algo nervioso. Ir al funeral de un judío jasídico al que nunca había conocido y sin portar un kipá, con un abrigo morado de piel esponjada, me ponía intranquilo. Fuera de la capilla Shomrei Hadas, pasaban jasídicos fumando nerviosamente. Entré y me senté en la parte posterior, tratando de pasar desapercibido. Al frente de la sinagoga, una pared de judíos vestidos de negro bloqueaba la vista de lo que estaba sucediendo. Escuché las plegarias hebreas seguir automáticamente, y poco a poco mi incomodidad social se convirtió en tristeza. Cuando el funeral terminó, observé la caja de pino ser subida a una Ford Excursion mientras turbas de amigos y familiares lloraban, fumaban y hablaban por sus celulares.

La noche anterior, uno de sus amigos ex jasídicos se había puesto un fiestón de drogas, metiéndose cantidades masivas de coca, éxtasis y todo un surtido de benzodiacepinas. Estaba bien—pedísimo, pero bien—cuando se fue a dormir al lado de su novia. La mañana siguiente, ella despertó junto a un cadáver. Aaron me explicó: “Es un atascón de drogas sin fin y sin educación. Todos estos jasídicos han vivido muy protegidos. No puedes imaginártelo a menos de que hayas estado ahí. Cuando se alejan de sus familias, nadie les ha dicho que no mezclen esto con lo otro, speed con éxtasis, alcohol con Xanax. Se convierte en algo serio y peligroso”. Le pregunté quién les vende estas cosas. “Hay dealers que se divierten con todo el asunto, como: ‘Ey, hay que poner a los jasídicos hasta el culo’, ¿sabes?, y está bien, pero ellos no se imaginan que eso es precisamente lo que les va a pasar: se van a poner muy muy hasta el culo”.

Cuando me dijo esto, me sentí algo frustrado. Tal vez fui egoísta, pero el solo hecho de pensar que todo lo que iba a ver de esta renegada cultura jasídica adicta a las drogas era esta pequeña rebanada, que todo se había acabado y que todo mundo se tranquilizaría después de este susto, desintegrando la escena en la oscuridad antes de que yo siquiera pudiera saber qué había estado pasando ahí, realmente me deprimía. “Supongo que este es el fin”, comenté. Aaron hizo una pausa y dijo: “No, no, para nada”. Y, de hecho, me invitaron a una fiesta la noche siguiente.

Me tomó un momento aclarar mi trasfondo religioso: soy judío. Me hicieron mi bar mitzvá (en Masada, ni más ni menos), pero nunca fui a la escuela hebrea. Nunca fui al templo. Usé CliffsNotes para medio aprender hebreo y memoricé mi lectura del Torá de una grabación en MiniDisc. Resumiendo, no sé nada de judaísmo. Tampoco soy religioso ni espiritual en ningún sentido. Me siento raro diciendo la palabra oración. Los judíos que conocí en la calle Ridge vienen de barrios jasídicos y ortodoxos de Brooklyn. La mayoría habla yiddish como su primer idioma. Fuera de nuestro amor por lo psicodélico y, tal vez, genes, no tenemos nada en común.



Me los presentaron a todos por el amigo de un amigo de un amigo. Le llaman hongos mágicos a los hongos psicodélicos, y bajo esta misma lógica podemos llamarle judíos mágicos a estos judíos. Esa fue mi primera impresión.

El timbre del departamento de la calle Ridge tenía un anuncio de estudio fotográfico, lo cual podía, o no, ser una mentira. Dentro había gran variedad de fauna judía, desde los de atuendo jasídico completo hasta los que parecía que iban llegando de una reunión hippie, todo surgido de un ambiente de extrema opresión religiosa. Algunos eran viejos. La mayoría, sin embargo, eran jóvenes. Casi no había mujeres, y las que estaban no parecían tener mucha relación con el jasidismo. Eran espectadoras, como yo.

En el funeral, Aaron y yo hablamos sobre trabajar con un catalizador espiritual llamado 2C-E. En la fiesta, esa noche, abrimos una bolsita, cortamos el polvo blanco en pequeñas líneas y lo ofrecimos. Alguien preguntó qué era, y yo dije que era un psicodélico sintético de la familia de la mezcalina. Un tipo de pelo largo y ondulado gritó del otro lado del cuarto: “¡El 2C-E no es mezcalina!”. Me pareció extraña su altanería psicodélica, pero estuve de acuerdo con él al subrayar que este químico no es mezcalina, sino que sólo está relacionado. Los judíos se juntaron alrededor de las líneas de polvo. Aaron dio un paso al frente y enrolló un dólar. Se posó sobre las líneas e inhaló una, parpadeó y estornudó el polvo sobre el público que esperaba su turno, la mayor metida de pinche pata con drogas y judíos. Literalmente, un chiste de Woody Allen.

Todos los demás intentaron salvar lo que quedaba con tarjetas de crédito, mientras que Aaron caminaba torpemente hacia un cuarto seguido de una pelirroja. Empecé a masticar un pedazo de kugel con nerviosa anticipación.

Aaron es obscenamente carismático y uno de los pocos judíos mágicos que puede pasar por un gentil. Habla sin acento, viste ropa normal y coquetea sin piedad con cualquier mujer a su alrededor. Después de salir del cuarto, le informó a un amigo: “¡Rompí mi voto de celibato después de un día!”. El amigo le respondió: “¡Eres un animal!”. A pesar de todo esto, Aaron viene de una familia a la que define como “ortodoxa a ultranza” y ha pasado todo tipo de pruebas religiosas, igual que el resto de los presentes. Me dijo: “He tenido dos circuncisiones porque mi madre se convirtió, y el judaísmo corre por la madre. Viví en California hasta los 13; después nos cambiamos a Nueva York, donde es más religioso, y dijeron: “Oh, los rabinos de California no son legítimos. Tienes que convertirte de nuevo”. Tenía 14 años y era un muy mal momento para una circuncisión, pero no importó: se pusieron a trabajar en mi pene con un cuchillo. Mi pubertad estaba empezando, y tres rabinos de ochentipico años sostenían mis bolas en las manos. “¿Tengo que hacer esto?”, les pregunté. Me contestaron: “¿Qué no quieres ser judío?”, y yo dije: “¡Claro que no!”. Los papás de Aaron piensan que es un drogadicto degenerado y esperan pacientemente que regrese a la vida de religión ortodoxa en Monsey, Nueva York. Me aseguró que eso nunca sucederá.

En la calle Ridge, otro judío, este en sus treinta, llamado Hershel, se metió una línea de 2C-E. Hershel tiene la barba café claro, y el cuerpo, redondo. Su voz es hipnóticamente suave, y su aura, en general, es como estar envuelto en una toalla tibia. Hershel se casó a la fuerza a los 18. Tiene una esposa y dos hijos en Williamsburg, Brooklyn, de quienes escapó para explorar los psicodélicos. No tiene casa y vaga de un lugar a otro rezando y comiendo LSD. Piensan en él como el líder de los judíos mágicos, pero es muy modesto para aceptar el título. Me explicó: “Tengo una idea. Esta es más jasídicos tomando drogas psicodélicas. Crecí como jasídico, pero no conocía a Dios. Después fui ateo, y luego conocí las drogas psicodélicas y entendí. Los psicodélicos me permitieron redescubrir a Dios. Antes del LSD, odiaba a Dios”.

Entre todo este libertinaje, me pude escapar y empecé a caminar hacia el puente Manhattan. Todo hubiera sido muy extraño si no hubiera estado viajando. Unos días después, recibí una llamada de Aaron. Me dijo que los habían expulsado a todos del departamento de la calle Ridge y que se habían cambiado a una cabaña en las montañas Catskill, un lugar sin electricidad ni agua potable. Me dio una lista de teléfonos y me dijo que me fuera de aventón lo más pronto posible. Conocí al que me iba a dar el raide en su casa, en Brooklyn, donde me recibió con una lagrimeante fumada de un gravity-bong que me dejó comatoso todo lo que duró el viaje al bosque.

Reviví en medio de la oscuridad, mientras el carro frenó en un claro lodoso. Aaron salió de entre los árboles con una antorcha en la mano. Seguí la flama a través de los árboles, despegando mis pies del lodo con cada paso. Frente a mí había una monstruosidad de lámina corrugada de dos pisos con marco tipo A. Detrás había un lago iluminado por la luna con una cascada y cientos de hectáreas de tierras paradisiacas. La propiedad y la casa fueron pagadas por un grupo de misteriosos judíos ancianos que simpatizaba con la causa. ¿Su única petición? Que nadie utilizara la tierra para sembrar mota.

Dentro de la cabaña, iluminada con velas, había mucha gente cantando y hacía un calor extremo por el fuego de un calentador de barril de aceite que estaba en medio de la habitación. Judíos sudados y semidesnudos adornaban el lugar tirados en sillones oscuros, dormidos en camas, esquinas, suelo y vigas. Una mesa de picnic estaba saturada de cajas de bolas de matzo, veladoras de vidrio con imágenes de Jesús y la Virgen María, y botellas de vino Manischewitz. Tomé asiento y me comí un papelito de LSD, y después le di uno a Hershel, quien se rio mientras se lo ponía en la boca. Procedió a calentar trastes con agua en la estufa para poder hacerse un mikvah en una alberca para niños que había afuera. Luego empezó a llover. Estaba muy obscuro como para escribir, así que sólo me recosté y escuché la lluvia de abril en el techo de lámina. Éxtasis total. Se sentía como si cada gota cayera del cielo para hacerle una puñeta a mis tímpanos. Hershel salió de la lluvia, y le comenté cuán hermoso sonaba, a lo que me respondió: “¿Cuál lluvia?”. Estaba seguro de haber descubierto alguna imposiblemente extraña versión del paraíso.



Desperté bruscamente la mañana siguiente por una discusión entre dos judíos. “Si te portas de esta manera, no llegarás a ningún lugar. Quieres tener mujeres, ¿verdad, Yoni? ¿Quieres cogerte a una mujer en su vagina?”. Yoni traía un kipá y todavía estaba en el área gris entre jasídico y mágico, algo así como una muy incómoda pubertad psicodélica, dudoso de las viejas maneras, pero temeroso de las nuevas. Ofendido por los íconos cristianos, le había rascado las caras a Jesús y a María de sus respectivas veladoras durante la noche. Un judío llamado Lavvy le gritó: “¡Jesús te ama aunque le hayas rascado la cara!”. Yoni gritó: “¡No, no, no! ¡A la verga con Jesús!”, mientras se tapaba los oídos en agonía. Esta clase de escenas no era inusual, y fue por el bien de Yoni. Una aparentemente insignificante lección se convirtió en una dolorosa crisis teológica que le destruyó su realidad y paradigmas. Lavvy, quien viene de la misma parte de Brooklyn que Yoni, se ajustó con más tranquilidad. Se ha hecho reputación como diseñador de moda, lo cual ha ocasionado revuelo en la atmósfera judía ortodoxa por mandar modelos por la pasarela vistiendo atuendos hechos de chales de oración deconstruidos, kipás y otro tipo de vestimenta judía.

Lavvy se cansó de reeducar a Yoni, se envolvió en la bandera de los Estados Unidos, se puso un casco de motociclista y se fue por la puerta como una versión israelita de Evel Knievel. Se fue desnudando conforme se internaba en el bosque que rodeaba la casa, donde hay un cementerio de automóviles. Lavvy se montó en la cabina de un autobús a punto de desintegrarse vistiendo sólo su casco. En este punto, me pregunté cómo iba a regresar a casa. Busqué al judío con el que había llegado, pero, para mi desgracia, lo encontré inconsciente en un disfraz de Clifford el perro rojo. Me cercioré de que respirara, y después lo sacudí un poco en un inútil intento por despertarlo. Para cuando volvió a oscurecer, me di cuenta de que el único con intención de partir era yo. Me serví una copa de Manischewitz y me recosté. No había comido nada aparte de matzo y LSD en las últimas veinticuatro horas.

Cuando ya había abandonado toda esperanza, se me acercó una pareja que regresaba a la ciudad y a la que yo no había visto o conocido la noche anterior. Subí a su carro y manejamos a casa escuchando un CD rayado de Ricky Martin. La chica me preguntó qué hacía en el bosque, ya que me veía diferente al resto. Le dije que estaba escribiendo un artículo sobre el uso de drogas en la comunidad jasídica, que era lo que le contaba a todos. Nadie dijo nada por unos momentos, y después ella dijo: “Sí, es todo un problema”. Hizo una pausa, bajando el volumen del estéreo, y prosiguió: “Mi novio murió hace dos semanas por una sobredosis de cocaína”. Mi corazón se detuvo. “Estuve en el funeral. Fue muy triste”, le dije. “Sí”, me respondió con la voz quebrada. Su nuevo novio cambió su posición en el asiento y le dijo: “Fue muy triste, pero sabes que tienes que seguir adelante”. “Sí, sí, claro”, acepté, “no puedes quedarte en el pasado”. El novio puso la mano en el hombro de la chica y subió el volumen de “Livin’ la vida loca”. Nadie habló por el resto del camino. De regreso a la ciudad, me bajé en la calle Canal sintiendo una sobredosis de confusión.

La siguiente llamada que recibí de mis judíos mágicos me informó que los habían corrido de la cabaña de las montañas. Resultó que, después de todo, los ancianos no eran los dueños. Se juntaron todos de nuevo en una sinagoga en el Lower East Side. Llegué a medianoche para encontrar judíos saliendo a la calle con cigarros encendidos, bebiendo y coqueteando con las shiksas. Un jasídico que nunca había visto me tomó de la mano y me dijo: “Bienvenido a casa”. Dentro pude ver la palabra rabino escrita en una pared con un símbolo de anarquía sustituyendo la a. En la esquina, un judío estaba sentado al piano tocando “Stairway to heaven”. Tomé asiento, y se me acercó Aaron, quien me sugirió que fumáramos DMT en la parte de atrás. Un polvo amarillo con el color y consistencia de cerilla de oído seca fue cuidadosamente colocado en una pipa.

Inhalamos los dos sentados uno al lado del otro en unos escalones sin iluminación, cobijados por las ramas bajas de un árbol. Mi cerebro se dividió en dos; después, en cuatro; luego, en ocho. Exhalé y, de pronto, me di cuenta de que había un tipo en chanclas frunciéndonos el ceño del otro lado de la calle. Me pregunté de nuevo qué significaba todo eso.

En los sesenta, rabinos judíos reformistas empezaron a utilizar drogas psicodélicas para buscar a Dios. Algunos llegaron a la conclusión de que la experiencia psicodélica era mucho más importante que la experiencia religiosa; en algunas ocasiones, llegando tan lejos como para decir que compararlas sólo serviría para desacralizar la santidad de las drogas psicodélicas. En 2000, se descubrió que un grupo de judíos ortodoxos que vivía en Queens vendía más de cien mil tabletas de MDMA a la semana. La policía decomisó más de un millón de tabletas en su departamento. Algunos periódicos dijeron que fue el decomiso más grande en la historia de Nueva York. Pero ¿por qué sorprende esto? Todo el mundo se droga. En este momento, en algún lugar, hay una monja alucinando con jarabe para la tos y un monje inhalando limpiador de polvo para computadoras. Lo que importa es cómo se hace. Mientras algunos de sus contemporáneos alegan sobre si es permisible fumar mota en el Sabbath o si el LSD es kosher, los judíos mágicos han abandonado toda burocracia religiosa y destilan lo que conocen de judaísmo a sus esencias más deliciosas, consumiéndolo sin vergüenza y esperando que otros sigan su ejemplo. De alguna forma, es una religión psicodélica de la manera más pura posible.

Durante mi viaje a las montañas Catskill, una planilla de LSD fue adquirida y consumida en cuestión de minutos. Los judíos mágicos espumeaban de la boca con lujuria psicodélica. Hershel tomó mi brazo y me dijo que le gustaría hablar conmigo a solas. Caminamos por un sendero sin iluminación y vimos nuestras siluetas. “¿Sabes, Hamilton? Algunas personas quieren hacer esto por los motivos equivocados”, dijo Hershel. Asentí mientras seguía. “A veces sólo quieren orgías, y a veces tenemos orgías, pero debes entender tus intenciones”. Asentí de nuevo, preguntándome qué querría decir. Continuó: “Estos son lugares poderosos. Cuando pones luz de nuevo en el cuadro, automáticamente remedia mucha de la oscuridad; pero no pienso que sea necesariamente bueno. Creo que destruye todo lo que tienes. Si estás enfocado, puedes reconstruir. Pero no todos lo están”. En este punto, los dos estábamos viajando muy duro, y yo era capaz de entender tanto como él lograba sentir. Aun así, pienso que fue algo dentro de estas líneas: “Estamos jugando con cosas poderosas, y algunos de nosotros no somos muy brillantes y, por lo mismo, podríamos quedar permanentemente llamados por lo que estamos haciendo”.

Unas horas después, uno de los judíos mágicos se chingó una línea de ketamina mientras navegaba sobre el lago en un bote de remos. Regresó a la playa, se colapsó en la entrada, vomitándose todo y perdiéndose en un muy profundo agujero de Special K mientras los demás lo veíamos aterrorizados. Eventual-mente, todos se distrajeron, lo pusieron de costado, y regresó a la fogata a meterse más ketamina. Mientras el sol salía y los cantos alienígenas de lo que ahora identifico como pájaros armónica de vidrio me ponían en trance, vi a Hershel salir del bosque. Traía un libro con oraciones en las manos, sonriendo y fumando un cigarro. Los dos escuchamos a los pájaros por un minuto, mientras yo aceptaba la posibilidad más extraña de todas: la posibilidad de que todo tuviera sentido.


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