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ATRAPADA
EN LA ESCLAVITUD SEXUAL,
¿QUÉ TAL? -
PARTE 2

Canadá es hoy el principal
portal de tráfico de personas


TEXTO Y FOTOS
BY DOUGLAS HADDOW
Yo-Yo tiene dos hijos en Taiwán y disfruta ver fotos de amigos y familiares cuando no está fingiendo que goza coger con canadienses pendejos.

Los burdeles están generalmente localizados en condominios de una habitación en el centro de la ciudad. Cada uno tiene de una a tres chicas esperando llamados desde el mediodía hasta las cuatro de la madrugada.

Los padrotes las despersonalizan asignándoles nombres caricaturescos, como Cherry, Apple, Bobo, Gigi. La típica semana laboral dura unas ochenta y cuatro horas. Muchas chicas terminan trabajando para pandillas que manejan burdeles vecinos. Cuando un tipo llama por su probadita semanal, la “mamá” contesta el teléfono, revisa un itinerario general para ver cuáles chicas están disponibles y, tras esto, dirige al cliente al burdel correspondiente. Cuando el cliente llegue para comenzar su sesión de cuarenta y cinco minutos, será la primera vez que hable con la chica. Ella es responsable de entregar 120 dólares a la administración, no importa cuán atemorizante, abusivo y sucio sea el sujeto.

Cuando conocí a Candy, una chica de 20 años de Taiwán, tenía un mes encerrada en un condominio del centro de la ciudad después de haber llegado de San Francisco. Le parecía extraño conocer a un canadiense que no tuviera pensado eyacular dentro de ella y, gustosamente, aceptó una cita para tomar un café al día siguiente. Cuando nos encontramos, vestía ropa para hacer ejercicio de color rosa y parecía no haberse dado un baño ni dormido.

Yvonne llegó de Hong Kong hace unos meses. Le dijeron que podría ser modelo, pero ya ha abandonado toda esperanza y se ha resignado a estar acostada todo el día en el condominio. Su padrote le dijo que la van a llevar a Calgary pronto, así que quiere ver el mar una vez más antes de irse.

Aunque tuvo que hacer una salida abrupta después de recibir una llamada de su padrote, Candy parecía libre de hacer lo que quisiera durante su tiempo libre. Era doloroso presenciar su desorientación y fatiga mental, al igual que los moretones en sus muñecas. Estaba orgullosa de su reloj Gucci y lo mostraba con una sonrisa. Y, aunque no pudo ir a la escuela como se lo prometieron, estudiaba inglés en su tiempo libre. Fuimos por un café la siguiente semana y hablamos sobre sus estrellas de cine favoritas, pero la próxima vez que le hablé su teléfono estaba muerto. Nunca volví a saber de ella.

El reciente auge en el desarrollo de vivienda en Vancouver ha ayudado mucho a los esclavistas sexuales. Muchos condominios nuevos son adquiridos por empresarios asiáticos que los ven más como una pequeña inversión que como un lugar para vivir. Cada chica esclavizada implica un ingreso de 100,000 dólares al año, por lo que las pandillas no tienen dificultad en comprar o rentar varios condominios en el mismo edificio, convirtiendo una inversión estática en una máquina de hacer dinero alimentada por mentiras y enfermedades venéreas.

Un día, después de platicar con Yo-Yo, me paré para retirarme. Entró en pánico. Me rogó que hablara con su jefe y le explicara por qué no había tomado el servicio completo. Después de hablar a la administración y explicar su situación, Yo-Yo me pasó el teléfono.

–¿Bueno?

–¿Qué pasar? Tú no obtener servicio completo –me dijo una mujer.

Buscando no revelar que soy un reportero que investiga su pinche imperio de esclavos, quise calmarla un poco.

–Sí. No tengo tiempo hoy, así que sólo pedí un masaje en la espalda. Yo-Yo es una gran chica. Definitivamente, voy a regresar.

–La próxima ocasión, avísame antes, ¿okey? –me gritó y me colgó.

Yo-Yo ama a Hello Kitty y gasta todo su dinero extra en baratijas kitsch que venden en el mall que está enfrente de su departamento. Yumiko, de 23 años, es de las afueras de Pekín. Venía a Canadá a aprender inglés y conseguir trabajo, pero ahora da masajes de cuerpo completo en un motel.


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