MESÍAS DE LOS LEPROSOS - PARTE 3
¿Puedes creerlo? La enfermedad aún existe
POR CONOR CREIGHTON, FOTOS DE STEVE RYAN
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Un tratamiento de seis meses con distintos medicamentos elimina la bacteria para siempre. Es una combinación muy fuerte. Los efectos colaterales incluyen hepatitis, sicosis, una violenta reacción en la que la piel se cae y una diarrea tan intensa que el paciente tiene que dormir sobre una bacinica algunos días. Pero ya no son leprosos cuando todo esto termina. Si se hace a tiempo, alguien con lepra puede escapar a las deformidades físicas asociadas a la enfermedad. La razón por la cual no se toma a tiempo es porque el estigma de la lepra es tal que la gente prefiere ocultarla que ir a un hospital y curarse. En Nepal, si alguien de tu familia ha tenido lepra, aun tus abuelos, las posibilidades de que te cases o te den trabajo son prácticamente nulas. Es como tener un tío que enloqueció y fue a disparar en la oficina de correos. La gente asume que el fruto no cae lejos del árbol. Gran parte del estigma es atribuible a los hospitales mismos. En Lalgadh no estarían tan ocupados si no fuera porque los doctores y enfermeras de cualquier hospital del sur de Nepal rechazan a cualquier persona que tenga los más tempranos síntomas de lepra.
La lepra es medianamente contagiosa y solamente ataca a personas con muy bajas defensas. Las posibilidades de que un nepalés sano contraiga lepra son muy pocas. Las posibilidades de que un occidental se contagie de lepra son casi las mismas de que caiga un piano del cielo sobre tu cabeza. Los Estados Unidos tiene nuevos casos de lepra cada año, pero se trata de inmigrantes africanos o sudamericanos. La típica alegre familia estadounidense con sus sueños de libertad no tiene nada que temer respecto a la lepra. Pero en el lado más remoto de Nepal, donde sólo se sobrevive con la agricultura, la desnutrición es muy común, y la única certeza es que diariamente se mete el sol. Mantener un sistema inmunológico fuerte y evitar enfermedades no es algo fácil.
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En el hospital, el encargado de dar tratamiento es el doctor Krishna. Él nació en una colonia con lepra. Sus padres la padecieron. Su madre se deformó al punto tal de tener pinzas en lugar de manos y una sola pierna. Sus abuelos también tuvieron lepra. “Creo que por eso tengo tanta resistencia”. Y añade bromeando: “Pero igual checo mis brazos de vez en cuando”.
Asegura que no fue fácil crecer. “Mi padre no tenía deformidades y podía trabajar. Mi madre estaba en lo suyo, cuidando de la familia. Algunos niños me gritaban leproso cuando iba por la calle”. Krishna es la prueba viviente de cómo la ayuda internacional puede servir. Apoyos suecos y holandeses le permitieron realizar sus estudios antes de que el Nepal Leprosy Trust lo llevara a entrenarse como doctor. El técnico del laboratorio del hospital también es hijo de leprosos, igual que todas las enfermeras. Trabajan por la mitad del salario que tendrían en un hospital del estado. Si todos reciben su pago, aunque sea la mitad de lo que ganan, fue un buen mes. Así como no siempre alcanza para completar la nómina, no siempre tienen vendas, guantes e hilo de pescar para tratar de juntar la piel. Sin importar todo lo anterior, el nivel de cuidado que dan a los pacientes en el hospital podría hacer pensar que el equipo trabaja en una clínica exclusiva, adonde los ricos y poderosos van a tratarse.
La Organización Mundial de la Salud ha llamado a la lepra una enfermedad abandonada. Dinero que debió ser canalizado al hospital, a encontrar una vacuna, a luchar contra la estigmatización y a ayudar en la rehabilitación de los dos millones de personas que padecen lepra en el mundo fue desviado a quién sabe dónde.
El cáncer tiene a Bill Gates; el sida, a Bono, y los huérfanos, a Angelina Jolie y a Madonna pelándoselos como si fueran bolsas de mano en una rebaja; pero la lepra no tiene quien la apoye públicamente. La Organización Mundial para la Salud tiene una nueva estrategia contra la lepra, apoyando el autodiagnóstico y terapias multidrogas. El último gran mal que la ciencia pudo erradicar fue la viruela. Eso fue hace casi tres décadas. Librar al mundo de la lepra sería de gran ayuda para una organización que ha estado huevoneando por mucho tiempo. Existe entre los expertos la certeza de que es inminente poner manos a la obra antes de que la enfermedad mute o se vuelva resistente a la terapia multidrogas. Cuando le pregunté si pensaba que le tocaría ver la desaparición de la lepra, el doctor Krishna sonrió. “La lepra es un misterio”, asegura, “siempre ha sido un misterio. Mientras viva, no sé. Quizá a mis hijos les toque verlo”.
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