MESÍAS DE LOS LEPROSOS - PARTE 2
¿Puedes creerlo? La enfermedad aún existe
POR CONOR CREIGHTON, FOTOS DE STEVE RYAN
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El Hospital de Lepra de Lalgadh comenzó, bajo una fundación de caridad llamada Nepal Leprosy Trust, como una cabaña de madera en medio de un área espesa en vegetación y repleta de escorpiones, tarántulas y cobras. Catorce años después, los escorpiones siguen ahí, pero el hospital ha crecido hasta dar cabida a ciento cincuenta pacientes, el personal del hospital y todas sus familias. Para ser un hospital que trata a las personas que sufren una de las enfermedades más horripilantes que existen, es un lugar sumamente positivo, incluso bucólico, con aves que cantan en las ramas de los árboles, enormes plantas de ajo silvestre que expulsan su perfume y búfalos vagando sobre el pasto. En un día claro, puedes subir al mirador y ver las pequeñas puntas blancas del Himalaya hacia el norte. El personal y sus hijos juegan futbol al atardecer en una cancha propiamente armada, con porterías. Los pacientes se sientan a comer enormes cantidades de dahl baht en el comedor, y los únicos quejidos que se escuchan en medio de la noche vienen de chacales cachondos que husmean por la reja del perímetro. Tranquilidad. Es la primera palabra que llega a tu mente cuando entras en el hospital. Es fácil olvidar que ahí se trata una de las peores enfermedades que la ira de los dioses ha puesto sobre nosotros como venganza. Pero, si bien por fuera es muy lindo, las salas y quirófanos son un poquito menos agradables: hay malla de alambre en las ventanas, las camas son más óxido que metal, y la máquina de rayos X es tan vieja que resulta peligrosa tanto para el doctor como para el paciente. Los médicos realizan injertos y amputaciones debajo de un foco que da tanta luz como un teléfono celular. Tienen dos quirófanos: el “limpio” y el “sucio”. El “sucio” es donde hacen amputaciones.
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“La lepra es peor que el sida”, dice Graeme Cugston, el director australiano del hospital. “Por lo menos con el sida, después de un año sin tratamiento más o menos, te mueres. Con la lepra simplemente sigues adelante. Es un infierno”. La enfermedad empieza a atacar en la periferia del cuerpo: dedos de pies y manos, párpados y piel. La bacteria de la lepra genera una reacción autodestructiva en el sistema inmunológico, que empieza como a comerse a sí mismo en un intento de acabar con la infección. Esto lleva a la putrefacción de adentro hacia afuera. Es algo así como arrancarte tu nariz para escupírtela en la cara. Conforme la enfermedad avanza, la piel se insensibiliza. Aquí es cuando los verdaderos problemas, como el de los pies de Makessor, comienzan. Si no sientes dolor, ¿cómo te puedes proteger?
Bakumari es uno de los pacientes más críticamente afectados en el hospital. No sabe decir cuántos años tiene, pero sí que nació el día del gran temblor en Nepal (que fue en 1934). Es una mujer pequeña, con cabello cano muy corto y débiles miembros, los cuales se asoman de su sari como las ramas de un árbol. Ha padecido lepra por catorce años. “Pensé que había sido un castigo de Dios”, dice. El hospital la trata desde hace cinco años, y parte de su tratamiento ha sido educarla respecto a su enfermedad, enseñarle que no es una forma de castigo divino ni karma, sino una enfermedad que cualquiera puede adquirir. A la fecha, no está convencida. “Sé que la lepra es una enfermedad, pero, aun así, pienso que es una maldición”.

Al mirarla, es difícil estar en desacuerdo. Ha perdido la sensibilidad en pies y manos y quedó ciega después de que sus párpados se desintegraran y la infección continuara atacando. Al platicar con ella, las moscas caminan sobre su nariz y los orificios de sus ojos. No las siente. Una cobra podría deslizarse por el pasto hasta enrollar sus pies, y ella nunca se daría cuenta. Bakumari es una mujer maravillosa, inteligente, y, como cualquier abuelita, puede hablar por horas, pero físicamente es menos capaz que un niño de 2 años. Y lo más triste es que la destrucción física de Bakumari pudo haber sido prevenida fácilmente.
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