DOS & DON'TS

How hard would it be to have a bad trip around these two? You could get off a train in Nazi Germany and they’d be like, “Yeah, it kind of sucks here, but we know a couple spots.” I bet they even smell laid back. Comments/Enlarge | See all


It's about time the Natural History Museum's tit-makers started taking their cues from back issues of Cheri. That said, let's all pray to God they found a more recent source for the crotches. Comments/Enlarge | See all






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ERUPCIONES MEXICANAS -
PARTE 2

Contrabando, comercio y arte en una de las prisiones más pobladas de México

POR ANTONIO VEGA MACOTELA, NARRADO A GABRIELLA GÓMEZ-MONT









Como intercambio por visitar a su hermano y escucharlo tocar y cantar en su estudio, Chucho realizó un dibujo para representar todos sus respiros mientras su hermano y yo estábamos juntos.

Después de volverme amigo de algunos internos, les propuse un trato: yo usaría parte de mi tiempo en realizar encargos para ellos en el exterior, en un día y una hora específicos, acordados entre ambos. Al mismo tiempo, ellos harían lo que yo, como artista, les pidiera. Así, ninguno estaría perdiendo el tiempo: lo estaríamos intercambiando. Por lo general, lo que me piden es que, literalmente, tome su lugar en el mundo de afuera. He visitado las tumbas de sus hermanos para decir un par de palabras. Le he pedido perdón a sus familias en su nombre. He ido a bailar con sus madres. He conocido a sus hijos y actuado como si fuera el padre de ellos por un día. He leído una carta en voz alta a un pariente agonizante en el hospital. Un prisionero, incluso, me pidió que fuera a la casa de su novia y viera cómo se masturbaba, para poder luego describirle la escena a detalle.

En la medida en que nuestro cuerpo es nuestra única forma real y subjetiva de medir el tiempo, lo que les pido a cambio es que usen su cuerpo para medir el tiempo, y esto se vuelve mi obra artística. Entonces, les digo: “¿Quieres que vaya a cocinarle a tu familia? Hecho. Entonces, tú vas a poner una mano en tu cuello por tres horas y a hacer un garabato en una hoja de papel por cada latido que sientas. Me vas a dar todos tus latidos durante estas tres horas”. Como realizamos nuestras tareas a la misma hora, se crea una fuerte y extraña conexión entre nosotros. Ahora hago cinco de estos intercambios a la semana. Ellos se vuelven yo, y yo me vuelvo ellos, por un rato.

Además, algunos de los internos me enseñan sus “talentos” particulares a cambio de mi tiempo. Uno de ellos, por ejemplo, por haberle enseñado a leer a su hija, me mostró cómo matar a alguien con una agujeta. Básicamente, lo único que tienes que hacer es sostener la agujeta de manera que, cuando estreches la mano de alguien, su dedo índice quede atrapado en un pequeño lazo que haces con ella. Entonces, jalas bruscamente, la persona pierde el balance, y luego tú enredas y jalas la agujeta contra su cuello tan fuerte como puedas. El prisionero que me enseñó esto es un tipo chaparrito, pero puede hacerlo todo con un solo movimiento y es increíblemente veloz. Es extraño observarlo. Es casi como si llevara a cabo un truco de magia. Él solía ser un cerrajero y dice que inventó una cerradura que ni él mismo puede violar. Me pidió que le ayudara a patentarla, así que le estoy investigando las leyes de patente para la semana que entra.

Este proyecto me ha llevado a los barrios más peligrosos de la ciudad de México. Es raro, pero creo que esto de tomar su lugar, de ser ellos por un par de horas, sirve de protección cuando estoy haciendo sus encargos. Inclusive familias formadas completamente por criminales de veras duros y peligrosos me tratan con muchísima calidez y el mayor respeto. Es como si yo representara a su familiar por unas pocas horas. Y pasan otras cosas extrañas en estos encuentros que me recuerdan a la psicomagia de Jodorowski. Por ejemplo, en una ocasión un prisionero me pidió que fuera a visitar a su hijo, viera sus calificaciones y le preguntara cómo le iba en la escuela. Su familia había dejado de visitarlo desde hacía unos años—tenía un carácter de la chingada y, la neta, no los culpo—. Pero fui, vi las calificaciones del niño y hablé con su familia un par de horas. Mi visita parece haberlos conmovido: a la semana siguiente, la familia comenzó a visitarlo de nuevo.

Ya no me aceptan en la prisión de mujeres de Santa Martha, pero debo decir que fue un alivio que eso pasara. Es mucho más difícil que con los hombres, lo creas o no. Muy deprimente. Por ley, todos los niños menores a 6 años deben quedarse en prisión con sus madres, de manera que hay niños de esta edad que nacieron en la cárcel y no conocen el mundo exterior. El vínculo que se crea entre los niños y las madres es un tanto extraño debido a las condiciones que los rodean. Y, de pronto, el día que cumplen 7 años, se los quitan porque ya no los dejan estar en la cárcel. Hay, además, muchas mujeres que no han recibido visitas en los últimos diez años. Recientemente leí la estadística de que, de mil quinientas mujeres que hay en Santa Martha, sólo setenta y nueve tienen una pareja en el exterior que haya firmado su petición para hacer visitas conyugales. Cuando los hombres entran a la cárcel se convierten en niños para sus familias; cuando una mujer entra se vuelve un fantasma. Son negadas y olvidadas. El estigma social es mucho. La mayor parte de las veces se vuelven muy duras y agresivas. No les queda otra opción. Ahí en Santa Martha, por ejemplo, está la mataviejitas.



Como intercambio por buscar la tumba de la mamá de Víctor para hablarle en su nombre, este hizo un mapa de su recorrido a pie por la prisión durante ese período, que fue de tres horas.

Por lo general, los hombres me piden favores relacionados con sus familiares y amigos, mientras que las mujeres piden cosas relacionadas con la fe, como caminar de rodillas en la Basílica de Guadalupe, hacer penitencia en su nombre, rezar por ellas e ir a poner flores en el altar de la Santa Muerte. Es como si buscaran esperanza más allá del ámbito humano porque sienten que este ya no está a su alcance.

Fueron los prisioneros quienes llegaron con la idea de su serie de objetos. Un día varios de ellos me dijeron: “Muy bien, Macotela, mira: si el arte es—como tú dices—la modificación de la vida diaria, o la modificación de objetos y actos cotidianos para darles un nuevo significado, entonces te tenemos una pregunta: ¿no crees que la supervivencia aquí puede ser arte también? Porque aquí tomamos objetos normales y les damos nuevos significados”. Y es cierto. En la cárcel, el asa de una cubeta deja de serlo para convertirse en un arma que, a su vez, se transforma en poder. Un ladrillo más unos cables sueltos son una parrilla eléctrica; un pedazo de vidrio, un cuchillo. Así que me propusieron que la tecnología de la supervivencia fuera su arte y que una de las cosas que hiciera por ellos fuera vender estas piezas de arte en su nombre en el mundo exterior. Eso es lo que estamos empezando a hacer ahora. Incluso recientemente formaron su propio colectivo de arte. Se hacen llamar Los Rashes, de rash, “erupción” en inglés, porque dicen que son como esos pequeños bichos color carne que se prenden de las vacas, les producen erupciones y son difíciles de matar; que son, al mismo tiempo, completamente visibles en sus efectos y terriblemente invisibles en sí mismos. Me reí mucho cuando me dijeron que así era como se querían llamar.


CONTINUED
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