DOS & DON'TS

Chemical castration for pedophiles, yeah, yeah, whatever. Can we please start talking about what the punishment will be for the people who went to see I Hope They Serve Beer in Hell instead? Comments/Enlarge | See all


Are they trying to sex up the Auschwitz museum tours? Or did a guy in his 40s who owns a flagging lingerie store in Berlin dream up this harrowing display of human frailty? Either way it's making me horny. Comments/Enlarge | See all






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ERUPCIONES MEXICANAS -
PARTE 1

Contrabando, comercio y arte en una de las prisiones más pobladas de México

POR ANTONIO VEGA MACOTELA, NARRADO A GABRIELLA GÓMEZ-MONT












Como intercambio por presenciar los primeros pasos de su hijo, Superaton se pasó tres horas catalogando colillas de ciga-rro en su celda.

He estado visitando la cárcel una vez a la semana durante los últimos dos años. Me quedo aproximadamente siete horas en cada ocasión, así que he pasado más de quinientas horas en prisión. La primera vez que fui me asusté. Hay más de dos mil quinientos hombres en esta cárcel y, cuando vieron a un extraño entrar en su mundo, pues, digamos que no les hizo mucha gracia. Constantemente me molestaban cuando caminaba por los pasillos. Me gritaban desde lejos—y en algunas ocasiones a la cara—que me iban a romper la madre. Inclusive, muchas veces trataron de robarme la bolsa que llevaba con todo mi equipo. A veces se ponía fea la cosa, y frecuentemente me preguntaba si no era un idiota por po-nerme en riesgo por un proyecto de arte. Sentía un nudo en el estómago cada vez que llegaba a la reja principal. Afortunadamente, hice varios amigos adentro, y ahora estos amigos se aseguran de que todos se porten bien conmigo. Sólo los prisioneros pueden garantizar tu seguridad allá adentro, ni los guardias ni nadie más, porque, nos guste admitirlo o no, en realidad son los prisioneros los que mandan en las cárceles. Imagínate, hay un guardia por cada cien internos. Es una extraña jerarquía de poder, compuesta tanto de guardias como de prisioneros dominantes, lo que mantiene el equilibrio necesario para que todo esté relativamente tranquilo.

Empecé a ir a prisión porque he estado trabajando desde hace más de seis años con el concepto del tiempo. Me fui dando cuenta de que las instituciones se han apropiado del tiempo, nos lo han quitado. Desde esta perspectiva, un tanto marxista, me di cuenta con claridad de que el tiempo ha sido transformado en producción, y la producción, en distribución. Nuestra jornada es convertida en salario, y nuestro ocio, en consumo. De manera que podemos llegar a la conclusión de que hoy en día se puede medir el tiempo en billetes y monedas. En el instante en el que el tiempo es transformado en horas, minutos y segundos en lugar de experiencias, bueno, pues, significa que ya nos lo arrebataron. Se vuelve objetivo en vez de subjetivo. Pero el tiempo no es eso. El tiempo no es una representación. El tiempo es los actos libres que realizamos con este y los momentos subjetivos que se generan dentro de él. Siguiendo esta línea de pensamiento, llegué a la conclusión de que una prisión es una forma de representar físicamente esta idea de la apropiación del tiempo. Ahí se vive el tiempo bajo instrucciones de otros, de la institución. Así que empecé a visitar la cárcel para tener un mejor entendimiento de este concepto.

La cárcel que elegí fue la de Santa Martha Acatitla. Empezó hace doce años como una prisión modelo. Sólo admitía a primerizos o convictos con penas menores a diez años y, supuestamente, contaba con todo tipo de programas de readaptación social. Pero las cosas han cambiado desde entonces. Las prisiones en México están superpobladas; la mayoría supera en un 35% su capacidad, y la situación empeora día con día, ahora en gran parte por la campaña gubernamental de combate al narcotráfico. No existe espacio suficiente para encerrarlos a todos. Y muchos de los excedentes de otras prisiones son mandados a Santa Martha. Ahora puedes encontrar ahí adentro a gente con condenas de veinte, treinta y hasta cincuenta años, por crímenes graves obviamente. Hay una prisión para mujeres, y otra, para hombres, una junto a la otra. Ambas están superpobladas. Generalmente, meten a doce personas en celdas diseñadas para ocho.



Como intercambio por festejar a su mamá, todo el tiempo que estuve con su madre, Fernando estuvo localizando todas las cicatrices de su cuerpo y escribiendo sobre ellas la historia de cómo se hicieron.


CONTINUED
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