DOS & DON'TS













Éstas son las historias de cinco soldados del Ejército estadounidense que han elegido solicitar asilo en Canadá en lugar de continuar luchando en las guerras de Iraq y Afganistán

ENTREVISTAS DE ROCCO CASTORO
FOTOGRAFÍAS DE RYAN FOERSTER






ací en Texas y me crié en un barrio residencial llamado Mesquite y situado a las afueras de Dallas. Éramos una familia de clase media-baja qe tenía lo justo, una casa de dos dormitorios para mis padres, mis dos hermanas pequeñas y yo. A decir verdad, las perspectivas laborales no pintaban muy bien: podías dedicarte a ser dependienta en una tienda o en una cadena de alimentación, cosas así. Cuando estaba en el instituto trabajaba en un supermercado Wal-Mart y no pensaba mucho en qué iba a hacer en la vida. Sólo sabía que tenía que ir a la escuela.

Mi madre tuvo que suscribir una segunda hipoteca para saldar las deudas de las tarjetas de crédito y acabó aún más endeudada, así que mi familia no tenía dinero para financiarme la universidad. Nunca se me había ocurrido alistarme en el Ejército, pero en la escuela se intensificaron las campañas de reclutamiento. Permitieron que los militares instalaran mesas a la hora de la comida y distribuyeran panfletos. Un día hablé con ellos y me dijeron que me pagarían la universidad, así que me inscribí en la Reserva del Ejército e inicié los entrenamientos básicos unas pocas semanas después de graduarme. Sin embargo, no llegué a ir a mi puesto permanente porque descubrí que estaba embarazada de mi hijo y me dieron la baja. Regresé a trabajar en Wal-Mart a jornada completa.

Mi esposo y yo nos habíamos mudado varias veces de apartamento; sudábamos sangre para pagar el alquiler y la comida. A mi familia le preocupaba muchísimo cómo íbamos a apañárnoslas. Mis padres nos invitaron a quedarnos con ellos hasta que ahorrásemos un poco de dinero para dar la entrada para una casa, pero no funcionó. Nos obligaron a marcharnos mucho antes de lo esperado.

Por entonces yo tenía 23 años y dos hijos y no dejaba de decirme: “Tengo que hacer algo con mi vida. Tengo dos críos, un esposo, y no gano lo suficiente para vivir”. Si regresaba al Ejército a tiempo completo ganaría el dinero suficiente y obtendría un seguro médico. Pero, cuando finalmente regresé, descubrí que las cosas habían cambiado. La guerra había estallado y habían aumentado el límite de peso y descendido el nivel de cociente intelectual, de modo que prácticamente cualquiera podía alistarse. Les planteé el par de cosas que me preocupaban y me dijeron: “No digas nada de eso. No tienen por qué saberlo. Ya estás dentro”.

Las cosas habían cambiado porque yo tenía un montón de necesidades que no había tenido cuando estaba en la reserva. Se lo montaron bastante bien. No se cansaron de decirme que el Ejército estaba orientado a la familia y que ayudarían a mi marido a conseguir un trabajo. Sin embargo, lo que no me dijeron es que a mí me enviarían a infantería. Estaban entrenando a todas las compañías de apoyo en las tácticas de infantería, porque al final acabarían quedándose sin soldados y tendrían que utilizarlos para hacer incursiones y cosas así. Pensé que sólo era un procedimiento.

Por entonces Bush ya afirmaba: “Hemos ganado. La victoria es nuestra”, así que pensé que lo máximo que me tocaría hacer sería ayudar a reconstruir todas aquellas vidas hechas pedazos en Iraq. Hasta me dijeron que, por el hecho de ser mujer, había pocas posibilidades de que me enviaran a Iraq.

Me destinaron a mi puesto en Colorado y casi de inmediato mi primer sargento me informó de que probablemente partiríamos hacia Iraq al cabo de tres meses. No nos dijeron que teníamos órdenes de hacerlo hasta que un par de soldados vieron que estaban desplegando tropas en la CNN. Fue entonces cuando nos confirmaron que nos enviaban allí. A mí me informaron que iba en calidad de soldado de artillería. Se me cayó el alma a los pies. Pensé: “Genial, ya no regresaré jamás a casa”, porque los francotiradores van contra los soldados de artillería, las bombas en las carreteras acaban con las vidas de los soldados de artillería, así que el destino está casi escrito.

Cuando me reclutaron, yo era uno de esos estadounidenses belicosos y patriotas. Creía en todo lo que veía en televisión: que Sadam Husein estaba relacionado con los ataques terroristas a las Torres Gemelas y que Iraq tenía conexiones con Osama bin Laden. Todas esas cosas. Es fácil sentir rabia, porque uno ha perdido a gente de su propia nación, pero una vez se llega allí y se ve en directo lo que los iraquíes están padeciendo, uno se da cuenta de que no es tan diferente. Me rompió el corazón, sobre todo conocer a las iraquíes con las que trabajé en la puerta de Bagdad. Sus vidas habían cambiado por completo, y no había nada que yo pudiera hacer por ayudarlas.

Cuando llegamos a Kuwait nos sometieron a más tareas de formación y, una vez llegamos a Iraq, nos asignaron nuestros puestos. El mío me lo cambiaron. Me dijeron que no iba a ser soldado de artillería porque necesitaban a gente para proteger la puerta de la base y estar al tanto de lo que ocurría en la ciudad. Yo no vi combates en directo, pero sí me di cuenta de que algunos de los soldados que trabajaban conmigo no regresaban. Y pregunté: “¿Qué ha pasado con tal y cual?”. “Ah, le han volado un brazo y lo han enviado a Alemania”. Dejé de preguntar.

El tiempo libre que tenía lo pasaba al teléfono hablando con mi marido. Echaba tanto de menos mi vida… No comía ni dormía bien. Al cabo de tres meses, en enero, me enviaron a casa de permiso. Estaba totalmente confundida. No sabía dónde buscar, pero lo que sí sabía es que aquello no era lo que yo quería hacer. Bajo ningún concepto pensaba enfrentarme a mis superiores para que me dieran de baja, pero el sargento de mi equipo y su ayudante ya pensaban que yo podía no querer regresar porque había pasado mucho rato hablando con mi marido. Me lo dijeron porque estábamos en guerra y podían sentenciarme a muerte si desertaba.

Cuando regresé a casa, mi marido y yo pasamos un montón de noches sin dormir hablando sobre lo que yo pensaba hacer. Se aproximaba el momento de regresar al aeropuerto para partir. Empezamos a buscar en Internet para averiguar si había algo que el Ejército nos estuviera ocultando. Encontramos la página web de la campaña de opositores a la guerra y hablamos con su abogado. Nos dijo que podía solicitar el estatus de objetora de conciencia, pero era un poco tarde para que yo hiciera algo así, porque me faltaba menos de una semana para tener que reincorporarme.

No le dije nada a mi familia porque ellos ya intuían que no iba a regresar. Mi madre incluso se puso en contacto con el centro de reclutamiento y les dijo que estaba pensando en escapar. Me telefonearon y me echaron una bronca. Entonces le escribí un mensaje de correo electrónico a mi cadena de mando, solicitándoles una ampliación de permiso porque pensaba que podía estar embarazada otra vez. Pero me dijeron que el único modo de obtener la baja oficial era ir a mi base en Colorado y hacerme allí la prueba. Era invierno y había noticias de avalanchas en aquella zona, así que tuvimos que dar un largo rodeo para llegar hasta allí.

Cuanto más al oeste nos desviábamos, más terror sentíamos. Empezamos a viajar hacia el este y el norte, hasta el río Misisipí, hasta que llegamos cerca de Canadá y notificamos a la campaña que íbamos a atravesar la frontera. Pensamos que era la decisión correcta. No tuvimos problemas en la aduana. Nevaba en toda Pensilvania y Nueva York, y había unos nubarrones oscuros y densos. Pero al acercarnos a la frontera, ocurrió algo surrealista: las nubes desaparecieron y el cielo se tornó del azul más bonito que se haya podido ver. Nos lo tomamos como una señal de que habíamos hecho lo correcto.

Los primeros dos días fueron sobrecogedores. No daba crédito a que hubiera tantos extraños dispuestos a ayudarnos. Más o menos a los tres meses de llegar, encontramos nuestra propia casa, y desde entonces vivimos aquí. No tenemos el permiso legal para trabajar en Canadá aún, pero nuestras solicitudes están en trámite.

He solicitado el estatus de refugiada y tengo que presentarme ante el tribunal dentro de unas semanas. Estoy muy nerviosa, me invaden todo tipo de sentimientos. No quiero que me digan que tengo que marcharme, pero estoy mentalizándome por si lo hacen. El primer ministro, Harper, parece estar de acuerdo con Bush en muchas cosas, y eso me preocupa. Pero espero que no influya en mis posibilidades de permanecer aquí. Me encanta este lugar. No cambiaría mi situación actual por nada del mundo. No tenemos demasiado, pero la sensación de tener la conciencia limpia merece la pena.


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