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DOS & DON'TS
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![]() ![]() Éstas son las historias de cinco soldados del Ejército estadounidense que han elegido solicitar asilo en Canadá en lugar de continuar luchando en las guerras de Iraq y Afganistán ENTREVISTAS DE ROCCO CASTORO FOTOGRAFÍAS DE RYAN FOERSTER ![]() En el 2000, durante mi último curso del instituto, me inscribí en un programa de reserva para la Marina y, dos o tres días después de mi graduación, me enviaron a un campamento de entrenamiento. Aunque mi hermana era un año menor que yo, nos graduamos al mismo tiempo y mis padres tenían que forzar la máquina para conseguir suficiente dinero sólo para poder presentar las solicitudes a las universidades. Yo nunca había sacado muy buenas notas y trabajaba en una tienda de comestibles. Me propuse encontrar un modo de financiarme la universidad para quitarles a mis padres esa carga. Por entonces, lo más grave que estaba pasando en el Cuerpo de Marines es que participaban en un par de misiones de ayuda humanitaria que no obtuvieron mucha cobertura en prensa. Me lanzaron un bono de 5.000 dólares porque la formación para el puesto que quería ocupar (reparación de equipos electrónicos) era muy larga. Visto en perspectiva, el reclutador era un tipo bastante decente. Todo esto ocurrió antes de la guerra y no tenían problemas para cumplir sus cupos. De hecho, yo les ayudé a hablar con otros candidatos. Entonces eran muy, muy selectivos. Si algún candidato tenía problemas de espalda o de pulmones, sencillamente lo descartaban. Mi primera misión fue en Japón, justo después de acabar la formación en California. Unos cuantos meses después de llegar, ocurrió el 11-S y me enviaron a Camp Lejeune, en Carolina del Norte. De vez en cuando, los marines toman una decisión repentina y, sin venir a cuento, decidieron que íbamos a patrullar el Mediterráneo un rato. Pero entonces Bush anunció que íbamos a Iraq a principios de 2003. Y debido a aquel discurso, se canceló la misión para la que habíamos estado entrenando cinco meses. Una vez concretados los planes, me transfirieron a la policía militar. Mis amigos se iban a Iraq. De repente todo se hizo muy real. Empezamos a hacer prácticas en campo con armas e inspecciones de convoyes. No nos comunicaban ninguna fecha para el despliegue, para que nadie preparase su huida… es mejor no estar fuera de su vista durante mucho tiempo.Ese día no tardó en llegar. Nos enviaron a Kuwait en avión. No era un vuelo militar, sino uno comercial con personal militar. Había algo de surrealista en todo aquello. Íbamos a la guerra, nos daban instrucciones de seguridad, comíamos pan de carne e íbamos viendo en la tele En qué piensan las mujeres y Shrek. Al principio no había mucha actividad y dejamos Iraq bastante pronto por la razón que fuera. Yo regresé a Carolina del Norte y esperé a que acabara mi plazo. Un año antes de dejar el ejército se supone que tienes que decidir si quieres quedarte o no. El orientador te da un informe para que se lo entregues a tus oficiales al mando y ellos decidan si recomiendan que vuelvas a alistarte. Fui a la primera persona y dijo que no debería volverme a alistar. Le pregunté por qué. Me contestó que pensaba que no lo llevaba dentro. Luego se lo llevé al resto de involucrados y todos me dieron un no por respuesta. Me había dejado el culo por aquellos cabrones y ahora me decían que no podía seguir. Llegué a pensar en regresar sólo para enseñarles el dedo. Acabaron dándome una bonificación y estampando aquel informe con un sello que decía: “Realistar a toda costa”. Aproximadamente un mes después, me destinaron a Alemania, a una oficina de enlace de un hospital militar donde básicamente nos encargábamos de asegurarnos de que los marines heridos acudieran a sus citas con los médicos y llamasen a sus familias, así como de llevar el papeleo. Fue más o menos entonces cuando el mundo se me empezó a desmoronar. Empezó a llegar gente con quemaduras graves, con brazos y piernas amputados. Hubo un bombardeo en un mercado de comida en Mosul en algún momento de 2004 y mucha gente quedó hecha pedazos. La tienda se incendió y, además de las víctimas provocadas por la bomba, llegó una segunda oleada de gente con quemaduras. Fue a última hora de la noche, de modo que mucha gente estaba durmiendo y quedó atrapada dentro de la tienda. Había que hacer un esfuerzo para pensar que aquella gente que estaba llegando eran seres humanos, porque estaban carbonizados, no tenían cara, era casi imposible discernir dónde tenían la cabeza y dónde los pies. Y todos ellos gritaban como posesos porque la morfina no les hacía efecto. No paramos de trabajar durante dos o tres días enteros. Un par de tipos incluso nos suplicaron que los matáramos. Aquello me destrozó. Al cabo de seis meses, me llamaron adelantando mi fecha de reingreso porque necesitaban gente para Iraq. Entonces caí en la cuenta de que todo aquello de volverme a alistar había sido un gran error. No había manera de escapar. Según el reglamento del Cuerpo de Marines, uno debe declararse objetor a todas las guerras para que se le considere objetor de conciencia. Y yo no creo que todas las guerras sean malas. La gente tiene derecho a defenderse, y así lo había expresado, así que la objeción de conciencia no era una opción a mi alcance. Esta vez estuve en Iraq siete meses, en gran medida haciendo trabajos de mantenimiento en la base, y no ocurrió nada demasiado grave. Hacia el final de mi ciclo allí recibí un mensaje de correo electrónico de mi oficial al mando en el que me informaba de que me ordenaban ir a Japón una vez regresara, pero yo quería quedarme en Estados Unidos y dejar de ir de un lado a otro en misiones hasta el fin de mi vida. Cuando regresé solicité que me transfirieran a una unidad estática. Fue la única vez que me dieron lo que pedí. Me enviaron a Greensboro a instruir a reservistas en la reparación de artículos electrónicos. Puesto que era una base pequeña, conseguí visitar a un psiquiatra civil con la debida formación y las cosas empezaron a irme mejor. Entonces, un par de meses después, empezaron a llamar a reservistas a jornada completa y los enviaron a recoger partes de cuerpos humanos en los márgenes de las carreteras de Iraq. El primer mes nos solicitaron que enviáramos a cuatro tipos y el mes siguiente otros cuatro. Les preguntamos por qué y nos contestaron: “Bueno, los otros han muerto”. Nunca deberían haber enviado allí a aquellos chicos: no estaban entrenados para aquel trabajo. Muchos de ellos no eran más que chavales del instituto. Aquello empeoró las cosas para mí porque, en lugar de ir yo mismo a Iraq y exponerme a morir, me encontraba en un lugar seguro enviando a niños a la guerra. En aquel momento empecé a pensar en dejarlo lo antes posible. Intenté que me expulsaran por motivos psicológicos, pero la psiquiatra me dijo que no veía razón alguna para que me dieran la baja. Descubrí la Campaña de Apoyo a los Objetores de la Guerra y mantuve conversaciones con ellos durante un par de semanas. Un día de principios de diciembre, me estaba preparando para ir al trabajo, tomándome el café y contemplando mi propio reflejo en la tostadora. De repente, tomé la decisión. Le pedí a un amigo que me dejara en la base alrededor de las 4.30 de la madrugada. Desde allí atravesé el bosque y llegué a mi banco. Me había cambiado de banco hacía poco y aún no había recibido mi tarjeta MTA (modo de transferencia asíncrono), esperé varias horas frente a la puerta de la sucursal. Estaba increíblemente cerca de donde yo trabajaba, de modo que, si a alguien se le hubiera ocurrido asomarse a la ventana, me habrían visto. Al final, el banco abrió y yo retiré todo mi dinero. Luego me dirigí a la estación, pero el siguiente autocar en dirección a Toronto no salía hasta las 16.30h. Compré el billete utilizando mi descuento para militares y me fui a esperar al bar. Regresé a la estación y subí al bus. Cada vez que bajaba a orinar esperaba que apareciera alguien y me arrestara. Mis padres se imaginaron lo que estaba ocurriendo y me telefonearon, preocupados. Pasé de Detroit a Windsor sin problemas; incluso le mostré a la oficial de aduanas mi tarjeta de identificación militar. Hicimos unas cuantas paradas más y finalmente llegamos a Toronto. Me reuní de inmediato con otros opositores y unos simpatizantes me acogieron en su casa, donde dormí más profundamente de lo que recordaba haberlo hecho nunca. Ahora comparto piso con unos cuantos tipos. La gente aquí es mucho más amable. Entablan conversación contigo porque sí. Para muchos norteamericanos, lo que yo hice probablemente es algo incluso peor que ser un violador. Me gustaría obtener la ciudadanía canadiense. La única queja que tengo es el precio de los cigarrillos, pero puedo comprar Zoloft por dos dólares, así que tampoco me quejo tanto. CONTINUED: RESISTENTES A LA GUERRA | 1 | 2 | 3 | 4 | |