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DOS & DON'TS
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![]() ![]() Éstas son las historias de cinco soldados del Ejército estadounidense que han elegido solicitar asilo en Canadá en lugar de continuar luchando en las guerras de Iraq y Afganistán ENTREVISTAS DE ROCCO CASTORO FOTOGRAFÍAS DE RYAN FOERSTER ![]() A los 17 años, mi padre me alentó a unirme a la Guardia Costera en calidad de reservista. Fue un poco después del 11-S y todos estábamos furiosos, porque nos creíamos lo que nos habían explicado en las noticias acerca de Bin Laden y la conexión de Al Qaeda con Iraq. De hecho, nos habría decepcionado que no se hubiera declarado una guerra. A medida que fueron pasando los años, el conflicto en Oriente Próximo iba en aumento y yo no sabía muy bien qué hacer con mi vida. Me mudé a Gainesville, donde trabajaba en un supermercado paki y me sentía muy frustrado por ganar sólo 7,50 dólares a la hora. No quería suscribir un préstamo para asistir a la escuela. De hecho, ni siquiera sabía qué quería estudiar. Estaba bastante familiarizado con el Ejército, así que pensé que podría acercarme a un reclutador y convencerle de que me ofreciera un trato mejor que a cualquier niñato de 18 años recién salido del instituto. Visité a un reclutador e intenté llegar a un acuerdo para obtener el máximo dinero posible para financiarme los estudios. No quería luchar en el frente. Buscaba más bien algún tipo de trabajo en comunicaciones, para poder encontrar algo similar cuando me reintegrara a la vida civil. Me aseguraron que no participaría en combate tras la formación. Me destinaron a Fort Gordon en Georgia. Fue una maldita pesadilla. Nuestros barracones se habían construido a principios de los años sesenta y los habían declarado en estado de ruina. Se caían a trozos y conozco al menos treinta personas que padecieron infecciones respiratorias a causa de vivir en ellos. Toda la cadena de mando estaba integrada por cabronazos a cuál peor que, sin venir a cuento, decidieron hacernos la vida imposible. A mi sección se le ordenó que hiciera al menos ocho formaciones al día sólo para asegurarse de que nadie se ausentara sin permiso. Nos hacían hacer cosas ridículas sólo para “justificar nuestras nóminas”. Cada día teníamos que hacer alguna tarea de ínfima importancia con el único fin de mantenernos ocupados, como recoger colillas y cortar el césped aunque estuviera demasiado corto para pasar la máquina cortacéspedes. Incluso nos obligaban a formar filas en un vertedero lleno de hierbajos. La moral era prácticamente inexistente y reinaba el descontento. La mayoría de los que estaban allí tenían insignias militares y los trataban como si acabaran de salir de la formación básica. Me daba la sensación de haber acabado por error en Leavenworth; nos trataban como a los presos de una cárcel. Yo no dejaba de pensar: “¿Si voy a Iraq, mis superiores van a ser gente como ésta?”. Me di cuenta del peligro real de la situación y me quedé helado. Era la primera vez que prestaba atención a lo que se decía en los medios sobre la coyuntura política en Oriente Próximo y la vinculación de Iraq con el 11-S. Nada de lo que el Ejército me había dicho había sido sincero y directo, y caí en la cuenta de que necesitaba salir de allí o acabaría luchando una guerra gratuita. Estaban desplegando a todos los que me rodeaban. Había soldados de ambos bandos luchando y muriendo sin más motivo que la hegemonía geopolítica. No quería contribuir a aquello aunque me destinaran a convoyes de aprovisionamiento en lugar del frente. Muchas personas se ausentaban sin permiso, pero nadie hablaba de abandonar el país ni nada por el estilo. Tenía un colega desplegado en Alemania que regresó de forma inesperada, me dijo que su padre había fallecido y que se iba a su funeral. Dos semanas después estaba mirando MySpace y vi que él y su esposa estaban en Canadá. Fue la primera vez que pensé en la posibilidad de hacer algo así. Durante las siguientes semanas leí mucho sobre el tema. Había intentado que me dieran de baja suspendiendo y saltándome algunas pruebas de entrenamiento físico, pero no había tenido éxito. El reglamento del Ejército estipula que todo nuevo recluta que suspende tres pruebas de entrenamiento debe ser reevaluado para comprobar si está capacitado para servir al país. Yo había suspendido a propósito más de 50 y me había saltado otras 27. Además, comía pizza a mansalva y cenaba comida china cada noche para engordar y parecer un vago y un inútil. No funcionó. Lo único que hicieron fue derivarme al psicólogo y decirme que volviera al trabajo. Acabaría con los huesos en Iraq a menos que diera un paso en serio. Había una estación de autocares Greyhound cerca de la base y, sin decírselo a nadie, compré un billete para Toronto para el fin de semana de Acción de Gracias. Crucé la frontera sin problemas y me reuní con algunos amigos, que me acompañaron a ver a algunos otros opositores a aquella guerra. Al final llamé a mi madre para decirle dónde estaba. Unos días después, mi segundo comandante la telefoneó para comunicarle que me había ausentado sin permiso y le pidió que me convenciera para regresar. Treinta días después, le enviaron una carta diciéndole que se había emitido una orden de arresto federal contra mí por deserción. Mi madre se asustó porque pensó que el FBI vendría a Canadá a arrestarme, pero la verdad es que estoy protegido mientras mi solicitud de refugiado político está en trámite. Tras tres meses de espera para obtener mi permiso de trabajo, acabo de empezar a trabajar por las noches en el departamento de informes médicos. Tengo novia. Todo va viento en popa. Es como si alguien hubiera pulsado el botón de reiniciar y mi vida hubiera comenzado de nuevo justo antes de enrolarme en el Ejército. Lo único que me da miedo es que, si me deportan, creo que el Ejército preferirá enviarme a Iraq en lugar de a la cárcel porque necesitan a toda la gente que puedan reunir. Todo lo que aprendí acerca del patriotismo durante mi infancia es una falacia. Me gustaría pensar que hay esperanza para Estados Unidos, pero sinceramente creo que no la hay. Tomar esta decisión me ha convertido en un traidor para mi país. De por vida. Pero espero no tener que hacer frente a esa acusación nunca. En Canadá parece haber un mejor entendimiento de la humanidad. No me importaría vivir aquí hasta el fin de mis días. CONTINUED: RESISTENTES A LA GUERRA | 1 | 2 | 3 | 4 | |