DOS & DON'TS















POR JENNY ZHANG. RETRATO DE LA AUTORA: RICHARD KERN


onocí a John Mark Karr un verano en París, a los 18 años. La escuela me había becado para escribir relatos breves ambientados en Francia. Evidentemente, no lo hice, pero ¡qué más da eso! Estaba demasiado ocupada trabando amistad con un asesino sedicente y supuesto pedófilo, y dejando que me acariciara el cabello y me llamara con apodos repulsivos sin oponer resistencia.

John se alojaba gratis en la librería Shakespeare & Co. y, desde buen principio, supe que era un paria. La mayoría de los viajeros y escritores que vivían en aquella librería se mantenían alejados de él, y algunos urdían planes para expulsarlo. Yo me dejaba caer por allí por las tardes, al principio para intentar flirtear con un chico escandinavo, Nels. Pero me di por vencida bastante pronto y, en su lugar, me hice la mejor amiga de John.

John era divertido. Siempre sudaba, pero, inexplicablemente, las gotas de sudor se le detenían antes de llegar a las cejas y puntuaban su frente como si fuera una segunda línea de nacimiento del pelo. Tenía los ojos inyectados en sangre. No recuerdo haberlo visto pestañear.

Solía esperarme junto a la sección de ficción de Henry Miller cada noche. Siempre llevaba ropas hechas harapos y unas cuantas tallas demasiado grandes para él. Parecía el hermano pequeño de alguien, ese hermano que se la machacaba viendo porno guarro, guarro, el que se escondía en las taquillas del colegio y les escribía cartas de amor de diez páginas a las chicas, que estallaban en risas histéricas cuando los otros chicos le llamaban “chiflado y marica pichacorta”.

Se sentaba en un taburete muy bajo y me contaba anécdotas de la época en la que trabajaba de niñero. Era muy raro mirarlo desde arriba, ver en picado a un hombre de 40 años hablándote de cómo bañaba a niños pequeños. Baños sin prisas. “Me encantan los niños”, dijo.

Foto: Reuters
A menudo aludía de forma tangencial al hecho de que le hubieran expulsado de Alemania y Austria, donde tenía prohibida legalmente la entrada a causa del “incidente”. Siempre que salía a colación el “incidente”, el rostro se le ensombrecía y se limitaba a decir: “No entendió nada [la madre de los niños]. Yo no quería hacerles nada. Lo hice por amor”. Su angustia siempre me pareció un tanto artificial, construida con mucho esmero para parecer más profundo y dramático. “Ella no sabía lo que era el amor. Si lo hubiera sabido, no me habría tratado así. Está enferma. Se inventó mentiras enfermas y me echó la culpa de ellas.”

Cuando era pequeña había aprendido la técnica de reírme de las cosas perturbadoras que me contaban los tipos viejos que se me querían follar y luego llorar en mis brazos, y la utilicé a menudo con John. Me daba palmadas en las rodillas y yo me reía al tiempo que exclamaba: “Ostras, tío. Tú y tus desquiciadas historias inventadas sobre huir de Alemania porque abusabas de niños… Venga ya, ¿y ahora con qué me vas a salir?”.

Yo le gustaba porque le recordaba a una niña alemana de ocho años llamada Jenny a la que le había hecho de canguro. Me llamaba “dulce Jenny” y me daba un cacahuete cada vez que aparecía por la librería con trenzas.

Se preocupaba mucho por mí y me advertía de los pervertidos que me acechaban en todas las esquinas, esperando a que cruzara la calle para saltar sobre mí, sacarse la polla y correrse en mi cara.

“Tienes que tener cuidado. Eres mi niñita dulce y John no dejará que te pase nada. No confíes en nadie, Jenny. En nadie.” A mí me alegraba que me prestara tanta atención. Ponía la voz más aguda a propósito y me vestía con faldas más cortas. Cuanto más hablábamos, con más frecuencia se refería a sí mismo en tercera persona.

“¿Jenny?”

“¿Qué?”

“A John le gustaría pedirte permiso para acompañarte hasta la parada del metro esta noche.”

“Ah, claro.”

“¿Y podría John coger de la mano a su niñita durante el trayecto?”

“Claro, ¿por qué no?”

Se convirtió en una rutina. John me acompañaba cada noche hasta la parada del metro y me cogía de la mano como yo solía cogerle la mano a mi madre de pequeña, sin apretar pero como si me fuera la vida en ello.

Lloró el día de mi última noche en París. Me anotó su dirección de correo electrónico con una caligrafía esmerada y clara. No recuerdo si por entonces ya se llamaba John Mark Karr. Quizá era sólo John. Ahora me cuesta recordar esos detalles.

En cuanto llegué a casa, en Nueva York, recibí un correo electrónico de John con una fotografía adjunta. Era un autorretrato en primer plano enorme… tan grande, de hecho, que tuve que desplazar el cursor por la pantalla para verle toda la cara. Parecía tener los nervios destrozados. Tenía los mofletes caídos y una sonrisa como de dolor que dejaba entrever sus dientes. Se podían contar las gotas de sudor que tenía en el rostro del mismo modo que uno se cuenta los granos que le salpican la cara a los 14 años. Me escribía algo así como: “John estaba tan feliz de haber conocido a su pequeña Jenny en París este verano… Por favor, no olvides a John. A él le daría mucha pena no volver a saber nada de su niñita nunca más”.

Le reenvié el mensaje y la foto a mi novio de entonces con el siguiente asunto: “JAJAJAJAJA, mira este pedófilo que me ha estado tirando los tejos todo el verano”. No pensé que aquello haría que no quisiera ser más mi novio. No sabía que podía ocurrir algo así.