ACK SHAW BROS. VOLUMEN 2
Celestial Pictures/DeA Planeta
Algunos géneros cinematográficos parecen existir sólo para que gente que frisa la cincuentena llene su columna en diarios y revistas con confesiones que a nadie importan sobre lo bien que se lo pasaban décadas atrás en pringosos cines de los de sesión doble, empapuzándose inmundicias fílmicas con generoso acompañamiento de pipas. Oh, qué nostalgia… Ah, qué tiempos aquellos… ¡A la mierda! Estos columnistas, que lo único doble que ahora gozan es la papada, mejor harían diciéndole adiós de una puñetera vez a su juventud, que ya tardan. O absteniéndose de compartirla con nosotros: no nos interesa. Vaya desde aquí mi más enérgico corte de mangas. Los zetosos géneros que dichos puretas facción irónico-posmoderna se empeñan en revalorizar no precisan de su intervención, ni de su prosa para que los veamos con otros ojos. Se bastan y sobran para cumplir su cometido, que era y sigue siendo el de entretener a la parroquia apelando a sus más bajos instintos. El western europeo es un ejemplo perfecto de cine cuyo destinatario es el humanoide al que el subtexto se la trae floja. Las películas de artes marciales, también. Entre zooms mareantes, saltos inverosímiles, caras de estreñimiento, sables relucientes y dedos apuntando amenazadores al rival transcurren estos films, facturados en cadena en Hong Kong durante los años 50, 60 y, sobre todo, 70: material abonado no precisamente al análisis sesudo sino al endurecimiento neuronal. Cojonudo, yo no pido más. No obstante su carácter desechable, no deja de ser triste su destino último, salir al rescate de un escritor en blanco que tiene que cumplir como sea con su editor.
Ahora bien, dentro del cine de kung-fu hay, como en todo, distintos niveles de degradación. Poco tienen que ver esas películas de monos borrachos y grullas de Shao Lin que ahora se encuentran en los bazares chinos con las mucho más dignas producciones que, en especial desde mediados de los cincuenta, se ensamblarontambién en cadena, eso sí, en la factoría Shaw Organisation, posteriormente Shaw Brothers. El boyante emporio cinematográfico que levantaran al alimón los filántropos hermanos Run Run y Runme (localicen al primero en los créditos de Blade Runner), en su época el mayor de todo el sudeste de Asia, surtió de luchadores de nombres onomatopéyicos y moños redondos a varias generaciones, llegando su fondo fílmico a más de setenta obras. Tres de ellas, en nada lujoso pero práctico y económico pack, llegan estos días a nuestras tiendas, y a las tres cabe referirse en términos similares: el marco histórico es el mismo, la China medieval; los argumentos son simples pero su exposición es enrevesada; los efectos especiales son rupestres pero cumplen; se antepone la lucha con espadas al cuerpo a cuerpo, aparece siempre un santón calvo de barba cana aunque no venga a cuento, la música no casa con las imágenes (¡rock progresivo a la manera occidental! ¡plagios descarados de Morricone!), y el apartado técnico es correcto con puntuales momentos de brillantez. Haciendo caso omiso del abuso de zoom y de algunas transiciones desconcertantes, sendos films demuestran que sus respectivos directores, profesionales que bregaban con lo que les echasen, sabían lo que se hacían. Como mínimo, plantar la cámara. Describámoslas.
Rodada en 1966 por Hu King-chuan, aka King Hu, Bebe Conmigo narra la historia de una espadachina que recibe el encargo de rescatar al hijo del gobernador, a quien un ejército de bandidos comandados por un sarasa con exceso de maquillaje ha hecho prisionero con objeto de canjearle por un tipo de aspecto rocoso, que según cuentan es su jefe, al que la Ley transporta por esos mundos de Confucio dentro de una caja de madera como si fuese un regalo sorpresa. Confundida al principio por un mendigo, cosa extraña pues aunque está plana se nota a la legua que es una chica, la aguerrida agente, no sin antes intercambiar acrobacias, se alía con un bardo que, o es un borracho, o se hace pasar por tal. Tanto da, porque el sujeto reparte guantazos como el maestro que en realidad es, y maneja el sable con la consumada habilidad de un gorrón profesional. Entre luchas que desafían la ley de la gravedad (Newton aún no había nacido, así que la verosimilitud queda a cubierto) y encuentros y alejamientos entre los dos protagonistas transcurre una película que alcanza el clímax con el enfrentamiento entre un monje que, pese a estar a las puertas de la tercera edad, brinca como un gamo y sacude como una mula, y el bardo beodo, que ya tuviera con él algún que otro altercado en el pasado.
Por su parte, En La Orilla (Chang Che, 1972), basadaapuesto a que muy librementeen un par de capítulos de una novela por lo visto clásica dentro de las letras chinas, vendría a ser una especie de X-Men en clave kung-futeca y no-va-más: ciento ocho forajidos, honrados pese a estar fuera de la ley, se enfrentan a las fuerzas del gobernador, que está más corrupto que un alcalde marbellí, desequilibrando la balanza a su favor el concurso de unos capitanes, cada uno de ellos con sus propias habilidades de combate, que reciben apodos del jocoso calibre de ‘Lluvia Oportuna’, ‘Mensajero Mágico’ o ‘Huracán Negro’. El desencadenante de la acción es el, por supuesto injusto, encarcelamiento de ‘El Unicornio De Jade’, un rico hacendado que en vez de un cuerno tiene dos, pues su mujer se la pega desde hace años aprovechando que el hombre sólo piensa en perfeccionar la difícil disciplina de apagar velas con el aire que levanta con un bastón. O algo así.
La Tela De La Muerte (Chu Yuan, 1976), la más delirante de las tres, incide en el destripamiento y la patada voladora, pero introduce en la ecuación algo de magia arcana, varios clanes enfrentados, una araña que despide gases y rayos de colorines que matan con eficacia cien por cien asegurada y líos de faldas propios de una comedieta madrileña de mediados de los 80. ¿Coherencia, dicen? Ninguna. ¿Y diversión? Toda. Y con el marchamo de credibilidad del que el jeta de Tarantino carece.
JESÚS BROTONS