DOS & DON'TS















FOTOGRAFÍAS DE LUCA GABINO


levo años oyendo fábulas y leyendas sobre la existencia de un lugar en China. Había oído rumores en Internet y en boca de algunos amigos chinos sobre montañas de ordenadores averiados, montones de chips, placas madres y cartuchos de impresora que cubrían prácticamente las calles de una población sudasiática. Pero el célebre Gobierno chino, con su política de censura, lo había silenciado todo. Era algo así como el santuario de los elefantes que uno nunca encuentra, pero con residuos tecnológicos y vigilado por comunistas malvados. Me marqué como misión llegar hasta allí. Poco a poco fui descubriendo que el 80 por ciento de los residuos tóxicos electrónicos recogidos en el mundo acaba en Guiyu, una pequeña población al sur de China, en la provincia de Guangdong. Guiyu importa más de un millón de toneladas de residuos de este tipo cada año. Prácticamente el 90 por ciento de los ordenadores de Hong Kong acaba aquí, pero el 60 por ciento de los residuos totales procede de Estados Unidos. La ubicación exacta de Guiyu se ha guardado en secreto por orden de las autoridades, pero yo sabía que Shenzhen era la mayor metrópolis de Guangdong y que estaba a tan sólo una hora y media de distancia de Hong Kong.

Aunque Hong Kong haya vuelto a manos chinas, tuvimos que atravesar las fronteras para llegar a Shenzhen. Subimos a un autocar en dirección a Cheng Dian, suponiendo que ésa sería la ciudad más cercana a Guiyu. La cosa se puso peliaguda en el autocar, cuando la azafata sacó una cámara de vídeo y empezó a filmar a cada pasajero por “motivos de seguridad”. Yo era el único occidental a bordo. Durante el trayecto de tres horas de duración en autocar, los televisores retransmitieron repetidamente el mismo anuncio. Mostraba Shenzhen como una ciudad de diversión, felicidad y lujo. Al observar a través de la ventana las fábricas grises, el mar de cemento y las columnas de humo, me pregunté si el resto de los pasajeros se estarían tragando aquellas falacias. En la última parte de mi periplo conocí una universitaria que hablaba un poco de inglés. Haciendo de tripas corazón, le pregunté dónde estaba Guiyu. Al principio pareció perpleja y luego me respondió que ese lugar no existía. Pero yo intuía que ella sabía algo, así que le supliqué hasta que me garabateó unas instrucciones en un trozo de papel.

Llegamos a Cheng Dian por la noche. Me instalé en una habitación de un hotelucho. Pasé todo el día siguiente intentando encontrar a alguien que me contara algo sobre Guiyu. Los lugareños negaban su existencia. Por suerte encontré un taxista dispuesto a llevarme allí por el pastón que son en China 40 euros. Le di las instrucciones que la chica del tren me había escrito y partimos rumbo a Guiyu en medio de una oscuridad casi total. El taxista me dejó en el único hotel cercano a la población. Desde el coche, lo único que pude ver era un bloque de cemento blanco rodeado de basura. Salí al paisaje más surrealista que he visto en toda mi vida.







ra un mar de basura. Las montañas de residuos empezaban a acumularse junto a las paredes del hotel y se extendían hasta donde alcanzaba la vista. La ciudad en su conjunto era como unas obras de construcción en las que los antiguos barracones de madera se hubieran sustituido por casas inacabadas. El pasado rural de Guiyu aún puede apreciarse en los barracones que sin duda un día constituyeron la mayor parte de la población, pero la economía de los residuos electrónicos exigía más alojamiento para los 200.000 trabajadores que han emigrado allí en los últimos seis años. Todo el mundo a nuestro alrededor trasladaba o descargaba piezas de ordenador. Inmensas pilas de carcasas externas yacían junto a obras en construcción; capas y capas de placas madres y reproductores de CD se acumulaban en los patios interiores, y miles de bolsas de chips esparcidas por todos sitios formaban montañas inmensas entre las pequeñas viviendas. Los niños se dedicaban a clasificar los chips diminutos por colores en la calle. Los adultos asaban placas de circuitos en barbacoas. Fundían las soldaduras y retiraban los chips. Y luego las mujeres distribuían los distintos componentes en bolsas y los lavaban con agua. Después de remojar los circuitos en ácido para recuperar las pepitas de oro, por fin se enterraban o se incineraban. Vi a niños de edades comprendidas entre los cinco y los diez años trabajando en barracones sin ventilación, rodeados de gente que quemaba de todo, desde componentes informáticos metálicos hasta cables para extraer el cobre. Cuando el PVC y el material ignífugo con bromo que protege los cables arden emiten elevados niveles de dioxinas cloradas y furanos, dos de los contaminantes orgánicos más persistentes. A resultas de todo ello, el río que discurre por el lugar está tan contaminado que los niveles de acidez son prácticamente totales. Se calcula que el agua supera en 2.400 veces los niveles recomendados de plomo, algo que no resulta difícil de apreciar: el río es literalmente negro, debido a las tintas de los tóners y cartuchos de impresoras y al lavado de las placas madre quemadas. Los tóners contienen negro de plomo, un cancerígeno conocido, pero los lugareños se bañan en sus aguas, lavan en ellas sus ropas y las usan para cocinar. El agua es tan tóxica que aún hirviéndola se está lejos de purificarla. Por encima del agua, el aire es denso a causa del humo. Alrededor, la tierra está envenenada de forma tan irreparable que no crece nada en ella. Toda la comida y el agua potable se importa de fuera de la población.

En mi tercer día en Guiyu logré llegar al vertedero principal. Las montañas de piezas de ordenador que había visto hasta entonces no eran nada en comparación con lo que me aguardaba. Las carreteras estaban indefectiblemente colapsadas por el tráfico de camiones, motocicletas e incluso mulas que transportaban componentes para “reciclarlos”. Era el infierno. El humo era tan denso que formaba nubarrones negros. Dolía hasta respirar. Me detuve un instante a tomar fotografías. De repente, una mujer iracunda salió de la nada y empezó a aporrearme con una escoba, mientras intentaba arrebatarme la cámara. No tenía intención alguna de meterme en líos en un vertedero de residuos tóxicos ilegal del sur de China, de modo que huí corriendo y me refugié en el coche. Ella me siguió, blandiendo la escoba como si fuera un bate de béisbol. Empezó a golpear las lunas del taxi. Al final logró romper el parabrisas. Estaba ciega de ira e intentó arrancar los cristales con las manos desnudas. Cuando se dio cuenta de que no podría hacerlo, metió la escoba por el agujero que había hecho en la luna delantera y empezó a golpearme en la cabeza.

Entonces apareció la policía y yo, ingenuo de mí, pensé que había venido a rescatarme de aquella loca. No podía estar más equivocado. Me ordenaron que aguardara en el coche mientras interrogaban a todos los testigos, salvo a aquella mujer, a quien dejaron regresar como si tal cosa a su barracón. En torno al taxi se había agolpado una multitud. Me observaban como si fuera un animal exótico en una jaula. Transcurrida una hora, los agentes ordenaron al conductor que los siguiera hasta la comisaría, donde me interrogaron durante una hora con ayuda de un intérprete. Les dije que era un universitario de vacaciones. Previamente había escondido mis mejores carretes, de modo que no tuve inconveniente en que me decomisaran los que pensaba que no me servirían. Me permitieron regresar al hotel, custodiando al pobre taxista cuyo coche había abollado aquella vieja loca.

A los pocos días alguien llamó a la puerta de mi habitación. Eran los polis otra vez. Me llevaron de nuevo a comisaría, donde seis agentes me interrogaron. Pensaba que me iban a dar una paliza hasta que confesara. Transcurrida una hora de repetir la misma historia, logré convencerlos de que no era más que un estudiante de vacaciones. ¡Se lo tragaron! Hasta que le pidieron al propietario del hotel el documento de identidad que había utilizado para registrarme. En el apartado de profesión decía: “fotógrafo”. Mal asunto. El interrogatorio volvió a comenzar. Me hice el tonto y les dije que no era más que un estúpido estudiante que toma fotografías de aficionado y que no tenía ni idea de qué ocurría en aquel lugar. Tres horas después me dejaron por fin en libertad y a mí me faltó tiempo para poner pies en polvorosa. No tengo intención de regresar nunca más allí.

LUCA GABINO