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DOS & DON'TS
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Vice: ¿Por qué decidió criar conejos? Karl Szmolinsky: Todo empezó con una feria a la que acudí en 1964. De todos los conejos, la raza que más me gustaba era la de los Deutsche Riesen. Tenían una buena estructura ósea y una forma magnífica. Compré una hembra y cuatro crías. Desde entonces me dedico a criar conejos. Pero en los primeros tiempos nadie creía que se pudiera criar un conejo de más de 5,5 kilos. Nosotros lo hicimos. A partir del año que viene van a poner un límite de 125 kilos como peso para competir. Lo entiendo. Cada uno de los jueces del concurso tiene que pasar revista a unos 70 conejos y le aseguro que, al día siguiente, se tienen agujetas en los brazos. ¿Qué cualidades debe tener un conejo para ser proclamado ganador? Los jueces analizan el peso, la postura, la longitud de las orejas y las proporciones faciales. Luego se aseguran de que no sean producto de mutaciones o no tengan ninguna rareza, como penes sobresalientes. Los conejos tienen que tener unos anillos negros alrededor de la parte superior de las orejas. La gente hace todo tipo de trampas. Hubo un tipo que le pidió a su novia, que era peluquera, que le tiñera las orejas al conejo, pero los jueces se dieron cuenta del truco porque el color les pringó las manos. Les prohibieron concursar en los siguientes dos años. ¿Cómo se consigue que un conejo alcance este pavoroso tamaño? Como suele decirse, cada maestrillo tiene su librillo. Mi amigo Siegfried alimenta a sus conejos con judías, pero yo le insisto en que nunca va a conseguir que sean tan grandes si no les cambia la dieta. Yo utilizo diversos productos alimenticios, todos ellos orgánicos. También cocino para mis conejos. Tres veces a la semana les cocino una comida fresca con muchas hortalizas. Las hierbas son esenciales para prevenir que padezcan gripe intestinal. Pueden hincharse por la noche y, por la mañana, encontrártelos muertos.
Un día me telefoneó el presidente de nuestro club. Me dijo que los norcoreanos querían comprar un par de Riesen. Yo tenía previsto sacrificar algunos por Navidades, de modo que le dije que adelante. La Embajada norcoreana nos preguntó si podían venir a inspeccionar mis conejos. Dos meses después lo que parecía todo el personal de la Embajada se presentó ante mi puerta. El ministro de Agricultura también apareció por aquí. No dejaba de repetir: “Riesen... Riesen, 10 kilos... ¡10 kilos!”. Era lo único que les importaba. Dijeron que se llevarían los seis conejos más grandes, incluido el ganador del premio, Robert. Les hice un precio especial porque me informaron de que era para una buena causa. Iban a criar mis conejos para alimentar a los niños hambrientos de su país. También les regalé un libro sobre la cría de conejos. Pero fue un gran error. ¿Por qué? ¿Qué ocurrió? Un mes más tarde enviamos mis conejos a Corea del Norte. Intentamos telefonear para asegurarnos de que habían llegado bien, pero nadie respondió nuestras llamadas. Luego nos dijeron que los conejos estaban en un museo, cosa que me pareció un poco rara. Habían estudiado el libro que les había regalado y concluyeron que ya no me necesitaban para nada, pero aún con todo estaban dispuestos a pagarme el viaje a Corea del Norte para supervisar el centro de cría que estaban construyendo. Estaba emocionadísimo. He vivido toda la vida en este pueblecito. Nunca había visitado el extranjero. Pero luego, el día antes a mi supuesta partida, me llamaron a las 5:35 de la madrugada y me dijeron: “Herr Szmolinsky, ya no le necesitamos. Lo tenemos todo bajo control”. Probé a telefonear a la Embajada, pero en cuanto mencioné mi nombre colgaron sin más. Había llegado a un acuerdo con el ZDF [un canal televisivo local]. Iban a filmar una película sobre mí. Me habían hecho un sombrero y una chaqueta para mí. Pero los norcoreanos dijeron que sin visado no les permitirían entrar en el país. Luego se hizo el silencio. ¿Llegó a descubrir qué les había sucedido a sus conejos? Al cabo de pocas semanas me telefoneó un periodista londinense. Acababa de regresar de las celebraciones del aniversario de Kim Jong-il y me informó de que había visto mis conejos, Robert incluido. Se los estaban comiendo el jefe de Estado y sus invitados. Tengo claro que todo aquello fue un gran chanchullo. Enviaron a sus ministros y se inventaron aquella historia para timarme, con el único fin de que su líder se diera un banquete. En mi opinión, todos los políticos son unos ladrones. Lo que tengo muy claro es que no van a ver ni uno más de mis conejos. ¿Alguien más se ha interesado por comprarlos? El ministro de agricultura de Camerún vino a hacer una inspección. Querían empezar a criar conejos para combatir la hambruna generalizada, pero era un plan sin sentido. En Camerún hace demasiado calor para criar conejos. Ahora mismo estoy en negociaciones con el Gobierno chino. No me importa venderles a los chinos. Un amigo de un tipo al que conozco tiene una casa allí y dice que es muy parecido a Occidente, no como Corea del Norte. ENTREVISTA DE TOM LITTLEWOOD COORDINACIÓN: HECTOR MUELAS
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