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DOS & DON'TS
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![]() Conocí a estas tres personas en una iglesia católica de nueve pisos de altura creada para los refugiados norcoreanos en Seúl. Desconozco el nombre de la iglesia; el reverendo me dijo que la llamara simplemente la “Iglesia de Seúl”. Parecía la típica iglesia católica de cualquier lugar del campo. Los feligreses llevaban traje de domingo y vestidos, y los niños llevaban tejanos lavados a la piedra y ropa deportiva. En el séptimo piso había una familia comiendo en un restaurante enorme y, en la puerta contigua, cuatro mujeres con delantales intentaban domeñar un aula de niños hiperactivos. Tres personas se me acercaron. Éstas son sus historias: Nací en Hamhueng, una de las metrópolis industriales de Corea del Norte. Era un niño muy rico, de modo que practiqué gimnasia desde los cinco a los diez años. Mi casa medía unos 4,5 metros de ancho y tenía dos habitaciones. Estaba dividida por la mitad. Yo compartía habitación con mis padres. Pero no porque mi familia fuera pobre, sino porque en Corea del Norte el Gobierno controla la vivienda. No podíamos comprar una casa diferente: teníamos que quedarnos con la que nos asignara el Estado. Posteriormente el Gobierno le pidió prestado dinero a mi familia para concluir un complejo habitacional. A cambio de ese favor, nos dieron cinco viviendas en el edificio. ![]() Hamhueng se parece mucho a una ciudad industrial de Occidente, salvo que en Corea del Norte hay muy poca electricidad y escasean las materias primas y el dinero. Así que hay grandes fábricas, pero no están operativas. En Occidente, si hay una fábrica, siempre está abierta y hay turnos de trabajadores día y noche. Pero en Corea del Norte tenemos las instalaciones, pero no hay materiales ni electricidad, de modo que las fábricas están cerradas. Y como no hay trabajo, los obreros no acuden a las fábricas ni cobran. De vez en cuando, las fábricas reciben materias primas del Gobierno y fabrican un producto, y luego el Gobierno lo compra. Pero a menudo este proceso no funciona: ni llegan productos al Gobierno ni dinero a las fábricas. Las fábricas permanecen a oscuras, en silencio y completamente vacías, salvo por el personal de mantenimiento y los guardas. La sociedad norcoreana está integrada por cuatro grupos de personas. El estrato social más elevado lo ocupan los funcionarios gubernamentales; el segundo, la clase media; el tercero, la gente normal y corriente, y el más bajo, la gente que no piensa correctamente: los anticomunistas. Los dos estamentos superiores tienen arroz y hortalizas; en cambio, los dos inferiores no tienen ni siquiera suficiente arroz. Comen hierba y árboles. Cuando llega la primavera, la gente tala los árboles y corta plantas comestibles, los cuece y se los come. En Corea del Norte hay dos grandes poderes: el Ejército y el Gobierno. Sólo hay un poder político, como ya saben, el de Kim Jong-il. La cúpula militar es muy próxima a Kim Jong-il. Vive en Pyongyang. También están las autoridades de las provincias, que componen lo que denominamos la “clase media”, aunque este término no significa lo mismo aquí que allí: en Corea del Norte, hace referencia a la clase alta. La clase normal, las personas como nosotros, somos trabajadores. Yo formaba parte de la clase normal, pero mi familia tenía mucho dinero. Al principio no pensé en desertar porque llevaba una vida muy cómoda en Corea del Norte. Aunque mi familia no detentara ningún poder político, la mayoría de mis amigos pertenecía a la clase media. Pero en 1986 vi una serie de televisión en el mercado negro de Corea del Norte. Era una serie muy célebre en Corea del Sur titulada Hourglass. Era un éxito enorme en Corea del Sur y, como era tan interesante, se la presté a muchos de mis amigos de la clase media, y ellos se la prestaron a todos sus amigos, y se difundió por toda la clase media. Se convirtió en un gran problema. Corea del Norte atravesaba una crisis económica en la fecha y el Gobierno no quería que la cultura occidental, lo que ellos llaman la “Cultura Amarilla”, se propagara en el país. La Seguridad Nacional intentó descubrir quién había empezado a distribuir aquella serie. Muchas de las personas que la vieron, la grabaron y la distribuyeron pertenecían a la clase media, es decir: tenían poder. Sus padres trabajaban para el Gobierno. Pero aunque mis padres tenían dinero, no trabajaban para el Gobierno. No tenían ninguna influencia política, de modo que me cogieron como cabeza de turco por aquel incidente y el Gobierno decidió desterrarme a China. Tenían que castigar a alguien y yo pagué el pato. El Gobierno dijo: “Destiérrenlo a China y, cuando todo el mundo se olvide de lo ocurrido, podrá regresar”. Permanecí en la zona de Wharyong durante un tiempo, porque está cerca de la frontera. Decidí que quería quedarme en China, de modo que me adentré más en la península, pero me cogieron y me devolvieron a Musan, donde unos funcionarios norcoreanos me sometieron a interrogatorios durante toda una semana. Luego me transfirieron a Chung Jin y soldados de la Seguridad Nacional me sometieron a nuevos interrogatorios. No me permitían tumbarme por la noche: los guardias me lo impedían. Parte de mi castigo consistía en dormir en posición sentada. Me alimentaban una vez al día con un pequeño cuenco de maíz, judías y hortalizas. Y luego durante 40 días me llevaron a diario a otra habitación con una mesa y dos sillas, y dos hombres me torturaron. Tenía muchísimo miedo, un miedo de muerte. La labor de los investigadores era descubrir a espías anticomunistas, y con ese fin me torturaron. Me rompieron todos los huesos del cuerpo. Me hicieron las mismas preguntas una y otra vez. “¿Por qué te adentraste más en China? ¿Dónde conseguiste la cinta de vídeo? ¿Tienes contactos con espías surcoreanos? ¿Tienes alguna otra cinta de vídeo? ¿Por qué eres anticomunista?”. Cuando no respondía a sus preguntas o no les daba las respuestas que querían, me asestaban patadas y puñetazos o me golpeaban con grandes palos de madera. También me sometían a una tortura llamada “la paloma”: me ataban las manos y los pies detrás de la espalda y me colgaban por las ataduras del techo, de modo que quedaba sobrevolando la estancia como una paloma. Normalmente me dejaban colgado entre dos y tres horas. La cabeza pesa mucho y, en la posición de la paloma, cae, la sangres se te agolpa en la cara, el cerebro empieza a no funcionar debidamente y uno pierde la conciencia. Entonces, cada vez que me desmayaba, me sumergían la cabeza en agua para que me despertara y todo el proceso volvía a comenzar de nuevo. A menudo, cuando me desmayaba, me olvidaba de dónde estaba y entonces me despertaba y recordaba. Transcurridos unos diez días de palizas y torturas, uno sólo piensa en que quiere morir lo antes posible. Por eso, cuando me despertaba y descubría que seguía estando en la cárcel, lo único que pensaba era: “¿Por qué sigo aún vivo? Quiero morirme, quiero morirme”. Mucha gente muere durante los 40 días que dura la investigación, así que me había preparado para morir. No albergaba esperanzas de salir libre, de manera que lo único que quería era que todo acabara cuanto antes: el dolor físico y toda aquella insensatez. Sólo quería morir. Después de recibir tantas palizas llega un momento en el que uno ya no siente nada, ni el dolor, sólo una especie de aturdimiento constante. Es como en los torneos de boxeo, el boxeador no nota mucho dolor… Los sensores del cuerpo se nublan. Así que, tras un determinado tiempo sometido a torturas, ya no sentía dolor. Cuando concluyeron los 40 días, me enviaron en tren a una cárcel de Corea del Norte. En el tren me sentía muy deprimido. No podía soportar el hecho de que me encarcelaran en Corea del Norte y decidí suicidarme. Me lancé del vagón en marcha a un río, pero, milagrosamente, no morí. Después de aquello, me abrí camino hasta Corea del Sur. Mi padre nació en Corea del Norte y mi madre en Corea del Sur, pero durante la guerra 6/25 [la guerra de Corea], mi madre se enroló como voluntaria en el ejército de Corea del Norte. Yo nací en Pyongyang y llevaba una vida muy agradable allí. El Gobierno norcoreano raciona los alimentos entre la población y en Pyongyang todo el mundo recibe arroz, independientemente de la clase social. Pyongyang es una ciudad bellísima, mucho más bonita que Seúl. Está muy limpia y tiene una ópera muy bonita. Todo tiene muy buen aspecto. Pero cuando uno entra en un edificio, como no hay electricidad, no se pueden usar los ascensores. Hay que subir por las escaleras. Cuando cortan el suministro eléctrico, los edificios también se quedan sin agua, así que la mayor parte del tiempo uno abre un grifo y no sale agua. Hay que cargar el agua a mano y subirla en cubos por las escaleras. Los edificios carecen de sistemas de calefacción porque no hay electricidad, de manera que hace frío y hay que llevar ropa de abrigo todo el tiempo. Es una situación bastante cómica. ![]() Cuando tenía 14 años, el Gobierno decidió que, aunque había luchado de su lado en la guerra, mi madre había nacido en el Sur y no era de fiar. Expulsaron a mi familia de Pyongyang. El primer año vivimos en On-sung, en una casa compartida con varias familias que se encontraban en una situación parecida. Después de ese primer año, nos echaron de la casa y encontramos una casita en el campo. En Pyongyang, mis padres ejercían de médicos, pero, tras la expulsión, tuvieron que realizar trabajos físicos en obras de construcción de viviendas y en las minas. Trabajar en las minas se consideraba un castigo, cosa que impidió a mis padres hallar la felicidad en aquel lugar. Pese a ello, estaban agradecidos por no estar en prisión. Seguían gozando de cierta libertad y daban las gracias por ello. Conmigo pasaba lo mismo. No pensaba nada malo de Kim Il-sung, porque era joven y a los jóvenes nos adiestran continuamente para pensar que él es el gran padre de todos los norcoreanos. Yo pensaba que era una buena persona y que nos daba arroz para alimentarnos. Él era quien nos daba de comer, y ropa para vestirnos. Le estaba muy agradecida. En los años noventa, mucha gente murió de hambre, y yo empecé a pensar en desertar. On-sung es un lugar fronterizo, cercano a la provincia septentrional de China. Veía a un montón de gente viniendo de China con arroz y dinero. Pensé que si me quedaba en On-sung moriría de inanición, pero también sabía que si me pillaban intentando desertar, me matarían. Pese a ello, decidí probar suerte, porque, si me quedaba en Corea del Norte, me moriría de hambre. China estaba en la otra orilla del río de On-sung, así que lo único que tenía que hacer era atravesarlo. Vivía en una ciudad en expansión y conocía a todos los guardias y a qué hora iban y venían. Mi marido no podía acompañarme, porque tiene un montón de hermanos y hermanas en Corea del Norte y, si él desertaba, tomarían represalias contra ellos. Teníamos dos hijas. Una tenía diez años y la otra cinco. Me llevé a la mayor cuando crucé el río. Descubrí que China era un lugar muy agradable para vivir porque había arroz en todos sitios. La gente tiraba el arroz, porque estaba saciada. Me sorprendió ver que tanta gente vivía sin pasar hambre. Pensé que debía ir en busca de mi hija pequeña y regresé a por ella. A primera hora de la noche, iba bordeando el río para ir en busca de mi hijita y unos soldados norcoreanos me atraparon. Me preguntaron cosas como: “¿De dónde vienes? ¿Por qué andas bordeando el río? ¿Pretendes atravesarlo?”. Contesté: “No, no, mi casa está allí, sólo voy de regreso”. Pero llevaba perfume chino y en On-sung nadie tenía perfume. Además, iba vestida con unas bonitas ropas chinas: chaqueta y pantalones de algodón. Los norcoreanos sabían que venía de China, de modo que me llevaron presa y me encarcelaron durante cuatro meses. Había unas diez mujeres en una estancia de unos 2,5 por 2 metros. En una habitación de esas dimensiones sólo caben diez mujeres tumbadas como sardinas. Había un grifo con agua y un lavabo. En el techo había una tubería que no paraba de gotear. Excepto a la hora de dormir, tenía que estar sentada, sin moverme. Todo el mundo tenía que estar sentado. Sólo nos permitían movernos cinco minutos cada dos horas. Era nuestro castigo: sentarnos quietas. Por la noche, cuando la gente dormía, podíamos levantarnos y caminar.
Una de las mujeres había dado a luz a un bebé aproximadamente un mes antes de mi llegada, y aún no se le había recuperado el cuerpo. No podía moverse. No podía ni siquiera caminar desde su lugar hasta el lavabo. Teníamos que llevarla en brazos. Empezó a llorar y a gritar diciendo que no podía caminar, así que al cabo de diez días la sacaron de allí y la devolvieron a su casa. |