DOS & DON'TS











Conocí a estas tres personas en una iglesia católica de nueve pisos de altura creada para los refugiados norcoreanos en Seúl. Desconozco el nombre de la iglesia; el reverendo me dijo que la llamara simplemente la “Iglesia de Seúl”. Parecía la típica iglesia católica de cualquier lugar del campo. Los feligreses llevaban traje de domingo y vestidos, y los niños llevaban tejanos lavados a la piedra y ropa deportiva. En el séptimo piso había una familia comiendo en un restaurante enorme y, en la puerta contigua, cuatro mujeres con delantales intentaban domeñar un aula de niños hiperactivos.




ero yo me dirigía al noveno piso, a un aula que se parecía muchísimo a la típica aula de geometría de un instituto cualquiera. Allí, el reverendo Kwang Il-park distribuía cantorales encuadernados en cuero en una sala llena de refugiados nerviosos. Me senté en las filas de atrás y una adolescente se levantó, se dirigió a un armario situado en la parte delantera de la estancia y regresó con un himnario en inglés. Estaba fotocopiado en papel verde y tenía una tapa de plástico. Encaramado a un estrado, frente a un par de pizarras, el reverendo Il-park pronunció el sermón. Una señora coreana de unos 60 años situada a su izquierda empezó a tocar un teclado eléctrico. Él comenzó a cantar con un micrófono. Los demás se le unieron, y a mí se me partió el corazón. Después, el reverendo me llamó para que subiera al estrado, con mi intérprete, y, en el que posiblemente sea el momento más ridículo de toda mi vida, me presenté, sosteniendo en alto un ejemplar de la revista Vice, y dije que me gustaría hablar con quienquiera que deseara charlar conmigo.

Tres personas se me acercaron. Éstas son sus historias:




Nací en Hamhueng, una de las metrópolis industriales de Corea del Norte. Era un niño muy rico, de modo que practiqué gimnasia desde los cinco a los diez años. Mi casa medía unos 4,5 metros de ancho y tenía dos habitaciones. Estaba dividida por la mitad. Yo compartía habitación con mis padres. Pero no porque mi familia fuera pobre, sino porque en Corea del Norte el Gobierno controla la vivienda. No podíamos comprar una casa diferente: teníamos que quedarnos con la que nos asignara el Estado. Posteriormente el Gobierno le pidió prestado dinero a mi familia para concluir un complejo habitacional. A cambio de ese favor, nos dieron cinco viviendas en el edificio.



Hamhueng se parece mucho a una ciudad industrial de Occidente, salvo que en Corea del Norte hay muy poca electricidad y escasean las materias primas y el dinero. Así que hay grandes fábricas, pero no están operativas. En Occidente, si hay una fábrica, siempre está abierta y hay turnos de trabajadores día y noche. Pero en Corea del Norte tenemos las instalaciones, pero no hay materiales ni electricidad, de modo que las fábricas están cerradas. Y como no hay trabajo, los obreros no acuden a las fábricas ni cobran. De vez en cuando, las fábricas reciben materias primas del Gobierno y fabrican un producto, y luego el Gobierno lo compra. Pero a menudo este proceso no funciona: ni llegan productos al Gobierno ni dinero a las fábricas. Las fábricas permanecen a oscuras, en silencio y completamente vacías, salvo por el personal de mantenimiento y los guardas.

La sociedad norcoreana está integrada por cuatro grupos de personas. El estrato social más elevado lo ocupan los funcionarios gubernamentales; el segundo, la clase media; el tercero, la gente normal y corriente, y el más bajo, la gente que no piensa correctamente: los anticomunistas. Los dos estamentos superiores tienen arroz y hortalizas; en cambio, los dos inferiores no tienen ni siquiera suficiente arroz. Comen hierba y árboles. Cuando llega la primavera, la gente tala los árboles y corta plantas comestibles, los cuece y se los come.

En Corea del Norte hay dos grandes poderes: el Ejército y el Gobierno. Sólo hay un poder político, como ya saben, el de Kim Jong-il. La cúpula militar es muy próxima a Kim Jong-il. Vive en Pyongyang. También están las autoridades de las provincias, que componen lo que denominamos la “clase media”, aunque este término no significa lo mismo aquí que allí: en Corea del Norte, hace referencia a la clase alta. La clase normal, las personas como nosotros, somos trabajadores.

Yo formaba parte de la clase normal, pero mi familia tenía mucho dinero. Al principio no pensé en desertar porque llevaba una vida muy cómoda en Corea del Norte. Aunque mi familia no detentara ningún poder político, la mayoría de mis amigos pertenecía a la clase media. Pero en 1986 vi una serie de televisión en el mercado negro de Corea del Norte. Era una serie muy célebre en Corea del Sur titulada Hourglass. Era un éxito enorme en Corea del Sur y, como era tan interesante, se la presté a muchos de mis amigos de la clase media, y ellos se la prestaron a todos sus amigos, y se difundió por toda la clase media. Se convirtió en un gran problema. Corea del Norte atravesaba una crisis económica en la fecha y el Gobierno no quería que la cultura occidental, lo que ellos llaman la “Cultura Amarilla”, se propagara en el país. La Seguridad Nacional intentó descubrir quién había empezado a distribuir aquella serie. Muchas de las personas que la vieron, la grabaron y la distribuyeron pertenecían a la clase media, es decir: tenían poder. Sus padres trabajaban para el Gobierno. Pero aunque mis padres tenían dinero, no trabajaban para el Gobierno. No tenían ninguna influencia política, de modo que me cogieron como cabeza de turco por aquel incidente y el Gobierno decidió desterrarme a China. Tenían que castigar a alguien y yo pagué el pato. El Gobierno dijo: “Destiérrenlo a China y, cuando todo el mundo se olvide de lo ocurrido, podrá regresar”.

Permanecí en la zona de Wharyong durante un tiempo, porque está cerca de la frontera. Decidí que quería quedarme en China, de modo que me adentré más en la península, pero me cogieron y me devolvieron a Musan, donde unos funcionarios norcoreanos me sometieron a interrogatorios durante toda una semana. Luego me transfirieron a Chung Jin y soldados de la Seguridad Nacional me sometieron a nuevos interrogatorios. No me permitían tumbarme por la noche: los guardias me lo impedían. Parte de mi castigo consistía en dormir en posición sentada. Me alimentaban una vez al día con un pequeño cuenco de maíz, judías y hortalizas. Y luego durante 40 días me llevaron a diario a otra habitación con una mesa y dos sillas, y dos hombres me torturaron. Tenía muchísimo miedo, un miedo de muerte. La labor de los investigadores era descubrir a espías anticomunistas, y con ese fin me torturaron. Me rompieron todos los huesos del cuerpo. Me hicieron las mismas preguntas una y otra vez. “¿Por qué te adentraste más en China? ¿Dónde conseguiste la cinta de vídeo? ¿Tienes contactos con espías surcoreanos? ¿Tienes alguna otra cinta de vídeo? ¿Por qué eres anticomunista?”.

Cuando no respondía a sus preguntas o no les daba las respuestas que querían, me asestaban patadas y puñetazos o me golpeaban con grandes palos de madera. También me sometían a una tortura llamada “la paloma”: me ataban las manos y los pies detrás de la espalda y me colgaban por las ataduras del techo, de modo que quedaba sobrevolando la estancia como una paloma. Normalmente me dejaban colgado entre dos y tres horas. La cabeza pesa mucho y, en la posición de la paloma, cae, la sangres se te agolpa en la cara, el cerebro empieza a no funcionar debidamente y uno pierde la conciencia. Entonces, cada vez que me desmayaba, me sumergían la cabeza en agua para que me despertara y todo el proceso volvía a comenzar de nuevo. A menudo, cuando me desmayaba, me olvidaba de dónde estaba y entonces me despertaba y recordaba. Transcurridos unos diez días de palizas y torturas, uno sólo piensa en que quiere morir lo antes posible. Por eso, cuando me despertaba y descubría que seguía estando en la cárcel, lo único que pensaba era: “¿Por qué sigo aún vivo? Quiero morirme, quiero morirme”. Mucha gente muere durante los 40 días que dura la investigación, así que me había preparado para morir. No albergaba esperanzas de salir libre, de manera que lo único que quería era que todo acabara cuanto antes: el dolor físico y toda aquella insensatez. Sólo quería morir. Después de recibir tantas palizas llega un momento en el que uno ya no siente nada, ni el dolor, sólo una especie de aturdimiento constante. Es como en los torneos de boxeo, el boxeador no nota mucho dolor… Los sensores del cuerpo se nublan. Así que, tras un determinado tiempo sometido a torturas, ya no sentía dolor.

Cuando concluyeron los 40 días, me enviaron en tren a una cárcel de Corea del Norte. En el tren me sentía muy deprimido. No podía soportar el hecho de que me encarcelaran en Corea del Norte y decidí suicidarme. Me lancé del vagón en marcha a un río, pero, milagrosamente, no morí. Después de aquello, me abrí camino hasta Corea del Sur.




Mi padre nació en Corea del Norte y mi madre en Corea del Sur, pero durante la guerra 6/25 [la guerra de Corea], mi madre se enroló como voluntaria en el ejército de Corea del Norte. Yo nací en Pyongyang y llevaba una vida muy agradable allí. El Gobierno norcoreano raciona los alimentos entre la población y en Pyongyang todo el mundo recibe arroz, independientemente de la clase social.

Pyongyang es una ciudad bellísima, mucho más bonita que Seúl. Está muy limpia y tiene una ópera muy bonita. Todo tiene muy buen aspecto. Pero cuando uno entra en un edificio, como no hay electricidad, no se pueden usar los ascensores. Hay que subir por las escaleras. Cuando cortan el suministro eléctrico, los edificios también se quedan sin agua, así que la mayor parte del tiempo uno abre un grifo y no sale agua. Hay que cargar el agua a mano y subirla en cubos por las escaleras. Los edificios carecen de sistemas de calefacción porque no hay electricidad, de manera que hace frío y hay que llevar ropa de abrigo todo el tiempo. Es una situación bastante cómica.



Cuando tenía 14 años, el Gobierno decidió que, aunque había luchado de su lado en la guerra, mi madre había nacido en el Sur y no era de fiar. Expulsaron a mi familia de Pyongyang. El primer año vivimos en On-sung, en una casa compartida con varias familias que se encontraban en una situación parecida. Después de ese primer año, nos echaron de la casa y encontramos una casita en el campo.

En Pyongyang, mis padres ejercían de médicos, pero, tras la expulsión, tuvieron que realizar trabajos físicos en obras de construcción de viviendas y en las minas. Trabajar en las minas se consideraba un castigo, cosa que impidió a mis padres hallar la felicidad en aquel lugar. Pese a ello, estaban agradecidos por no estar en prisión. Seguían gozando de cierta libertad y daban las gracias por ello. Conmigo pasaba lo mismo. No pensaba nada malo de Kim Il-sung, porque era joven y a los jóvenes nos adiestran continuamente para pensar que él es el gran padre de todos los norcoreanos. Yo pensaba que era una buena persona y que nos daba arroz para alimentarnos. Él era quien nos daba de comer, y ropa para vestirnos. Le estaba muy agradecida.

En los años noventa, mucha gente murió de hambre, y yo empecé a pensar en desertar. On-sung es un lugar fronterizo, cercano a la provincia septentrional de China. Veía a un montón de gente viniendo de China con arroz y dinero. Pensé que si me quedaba en On-sung moriría de inanición, pero también sabía que si me pillaban intentando desertar, me matarían. Pese a ello, decidí probar suerte, porque, si me quedaba en Corea del Norte, me moriría de hambre.

China estaba en la otra orilla del río de On-sung, así que lo único que tenía que hacer era atravesarlo. Vivía en una ciudad en expansión y conocía a todos los guardias y a qué hora iban y venían.

Mi marido no podía acompañarme, porque tiene un montón de hermanos y hermanas en Corea del Norte y, si él desertaba, tomarían represalias contra ellos. Teníamos dos hijas. Una tenía diez años y la otra cinco. Me llevé a la mayor cuando crucé el río. Descubrí que China era un lugar muy agradable para vivir porque había arroz en todos sitios. La gente tiraba el arroz, porque estaba saciada. Me sorprendió ver que tanta gente vivía sin pasar hambre. Pensé que debía ir en busca de mi hija pequeña y regresé a por ella.

A primera hora de la noche, iba bordeando el río para ir en busca de mi hijita y unos soldados norcoreanos me atraparon. Me preguntaron cosas como: “¿De dónde vienes? ¿Por qué andas bordeando el río? ¿Pretendes atravesarlo?”. Contesté: “No, no, mi casa está allí, sólo voy de regreso”. Pero llevaba perfume chino y en On-sung nadie tenía perfume. Además, iba vestida con unas bonitas ropas chinas: chaqueta y pantalones de algodón. Los norcoreanos sabían que venía de China, de modo que me llevaron presa y me encarcelaron durante cuatro meses.

Había unas diez mujeres en una estancia de unos 2,5 por 2 metros. En una habitación de esas dimensiones sólo caben diez mujeres tumbadas como sardinas. Había un grifo con agua y un lavabo. En el techo había una tubería que no paraba de gotear. Excepto a la hora de dormir, tenía que estar sentada, sin moverme. Todo el mundo tenía que estar sentado. Sólo nos permitían movernos cinco minutos cada dos horas. Era nuestro castigo: sentarnos quietas. Por la noche, cuando la gente dormía, podíamos levantarnos y caminar.


Una de las mujeres había dado a luz a un bebé aproximadamente un mes antes de mi llegada, y aún no se le había recuperado el cuerpo. No podía moverse. No podía ni siquiera caminar desde su lugar hasta el lavabo. Teníamos que llevarla en brazos. Empezó a llorar y a gritar diciendo que no podía caminar, así que al cabo de diez días la sacaron de allí y la devolvieron a su casa.

Los guardias me dieron palizas. Hasta hacerme sangrar. Me torturaron en la cárcel. Me asestaron patadas y me golpearon hasta hacerme perder la conciencia. Estuve en coma durante 20 horas. Tumbada en un charco de mi propia sangre, en la sala con las otras nueve mujeres. Mis compañeras intentaron limpiarme y ayudarme, pero en aquella cárcel no había ni medicamentos ni médicos. Transcurridos unos diez días, me desperté. Había una pasa de tifus y me contagié. Temblaba de fiebre. Tres o cuatro mujeres tenían tifus en aquel momento. Cuando nos recuperamos, las otras se contagiaron, y así sucesivamente, nos lo pegábamos las unas a las otras. Se propagó por todo el corredor hasta las otras celdas. Durante la noche, cuando todo estaba en silencio, oíamos los lamentos de las enfermas.

Durante todo aquel tiempo, mi hija de diez años estuvo en China con una pareja que se compadeció de nosotras. Logré desertar de nuevo al salir de la prisión, y pagué a un agente chino para que nos llevara a mí y a mis hijas a Seúl. Me costó unos 7.000 dólares en total, una cifra que pude cubrir con la paga de reasentamiento que recibí del Gobierno surcoreano a mi llegada. On-sung es una ciudad rural, así que cuando llueve todo el mundo se calza botas de lluvia. Cuando llegué a Corea del Sur, lo primero que hice fue ir a unos grandes almacenes para comprarles unas botas de lluvia a mis hijas. El vendedor me preguntó para qué quería comprar unas botas de lluvia en Seúl y yo le pregunté: “¿Es que en Seúl no llueve? No quiero que mis hijas se ensucien los pies”. A él le pareció muy divertido.




El tema de la violación de los derechos humanos en Corea del Norte es ciertamente muy urgente. La situación que se vive es pésima. Aproximadamente tres millones de personas murieron de hambre entre 1993 y 1998. Todo empezó en 1993, el año en que murió Kim Il-sung. Tras su muerte, la sociedad se sumió en el caos más absoluto y los altos funcionarios dejaron de preocuparse por el bienestar de los ciudadanos de a pie, porque ya estaban bastante ocupados intentando salvar su propio pescuezo.

En aquella época pasé hambre. Después de no comer durante diez o más días, uno se queda sin energía. Se pierde por completo la energía para andar. Cuando conseguí salir caminando a la calle, vi a un hombre caerse ante mis narices y no tenía fuerzas para volverse a poner de pie. Se quedó allí, tumbado en medio de la carretera, sin nada en el estómago. Yo no pude ayudarle, porque también tenía el estómago vacío; pasé de largo y él murió allí mismo. Vi a mucha gente tumbada en la calle.



En aquella época, los jóvenes norcoreanos se escapaban de sus hogares porque no había comida. Huían y convivían con otros jóvenes. A estos muchachos los llamamos koseibi, que significa “chicos que revolotean por ahí como golondrinas”. Robaban o mendigaban, y así conseguían sobrevivir el día a día. En Corea del Norte hace mucho frío y, si cinco de ellos se veían obligados a dormir en una estación, sólo dos o tres lograban despertarse. Morían de frío. Había tantos cadáveres en las estaciones ferroviarias que el Gobierno creó una organización especial para que se ocupara de retirarlos. Se la conocía como el Servicio Público 918. Cada día morían más y más koseibi y el Servicio Público 918 intentaba sepultar sus cuerpos en las montañas cercanas. Durante el invierno, el suelo está helado y no es posible cavar lo suficiente para enterrar los cadáveres. Simplemente cavaban hoyos poco profundos, metían dentro los cuerpos y los cubrían con un poco de tierra.

Cuando estaba en el instituto, mi amigo estaba en un campo de arroz de un pueblo cercano tras el cual se erguía una de esas montañas que se utilizaban como cementerio. No había suficiente piedra para hacer las lápidas, de manera que se señalaban con unas placas blancas con el nombre del muerto. La montaña estaba totalmente sembrada de palos con placas blancas. Durante la primavera y el verano, cuando la nieve se derritió, los cadáveres que no estaban enterrados lo bastante hondo empezaron a quedar a la vista. El hedor era terrible. Con los esqueletos no pasaba nada, porque no olían, pero algunos cadáveres no habían acabado de descomponerse y aún tenían carne adherida a los huesos. Y esa carne apesta.

Mi padre estaba encerrado en una cárcel política y mi madre trabajaba en la ciudad para conseguir algo de dinero para darnos de comer a mí y a mi hermano, así que nos quedábamos solos en casa con un cuenco de maíz que tenía que durar cinco días. Yo me comía un grano de maíz cada hora.

Se necesitan 15 millones de toneladas de arroz para garantizar la supervivencia de la población norcoreana durante un año. Desde los años 60, la producción de arroz ha sido de sólo 8 millones de toneladas. La Unión Soviética y la Alemania Democrática antes nos ayudaban, pero ahora Corea del Norte no recibe ninguna ayuda, ni de sus aliados.

El único modo de que la situación mejore es dar a conocer al mundo lo horripilante que es la vida de los norcoreanos en la actualidad. Lo que Estados Unidos está haciendo en estos momentos afecta a corea del Norte. Prohíben las transacciones económicas entre Corea del Norte y otros países. Y esta medida es responsable de la hambruna que se vive en mi país hasta cierto punto, pero el principal motivo por el que los norcoreanos sufren es que el Gobierno de Kim Jong-il rehúsa abrirse porque para llegar adonde está ha tenido que cobrarse infinidad de vidas. No pueden abrirse al mundo porque tendrían que someterse a un juicio militar.

La mayoría de los refugiados que viven en Corea del Sur y otros países envían dinero a sus familiares en Corea del Norte, porque en Corea del Sur, aunque uno no tenga dinero, puede sobrevivir, pero en Corea del Norte, si no tienes dinero, te mueres. Es una vida extraña… Es lo único que puedo decir en estos momentos.

ENTREVISTAS: AMIE BARRODALE