DOS & DON'TS













TEXTO DE TRACIE EGAN, ILUSTRACIÓN DE JIM KREWSON



engo la fantasía recurrente de que me violen. Y culpo de ella al hecho de ser feminista. Nunca he ocultado mis preferencias acerca de cómo me gusta que me follen, pero, por el hecho de ser una chica, mi equipamiento puede resultar algo peliagudo de manejar, y por eso siempre siento la necesidad imperiosa de ser yo la que manda en el dormitorio para asegurarme de que me lo hacen como es debido. Sin embargo, a veces resulta agotador ser siempre la que está al mando. Y da que pensar que la gente acostumbre a fantasear con lo opuesto a su realidad. Supongo que precisamente por eso yo sueño con que mis encuentros sexuales, por lo común edulcorados, estén de vez en cuando salpimentados con un poco de fuerza bruta. Y supongo que fue por eso por lo que decidí que el mejor modo de ceder el control, conservando eso sí una pequeña dosis por mi propia seguridad, sería contratar a alguien para que hiciera la faenita. Para ser más exactos, quería que un puto me violara.

Mi primera idea fue contratar al artista Brock Enright, fundador de Video Games Adventure Services en 2002, una empresa que provee “secuestros a medida” harto violentos, pero el precio que piden constituye un asalto para el bolsillo más que para el cliente. Había oído decir que algunas empresas proveedoras de acompañantes recrean escenas de violación y secuestro con una verosimilitud similar y por un precio muy inferior. Yo no quería una violación particularmente violenta, con golpes y todo eso. (No me importaba que me hicieran algunos morados, pero la cara tenía que quedarme intacta para poder seguir teniendo sexo gratis cuando me placiera.) Y tampoco quería nada de cinta aislante ni que me amordazaran de ningún otro modo (a menos que fuera, evidentemente, con una polla).

Así empezó mi aventura para contratar a un violador. Empecé por consultar los perfiles de los chaperos colgados en páginas web de chicos de compañía, pero se me fueron las ganas por completo. Incluso los que aseguraban que sólo proporcionaban servicios a mujeres tenían un aspecto de homosexuales que tiraba de espaldas. No me malinterpretéis. No tengo nada en contra de los gays. Pero no quiero que me viole uno. Sabía que no estarían a la “altura” del encargo, ja, ja ja. De hecho, tuve mucha más suerte en el apartado de “servicios eróticos” de la Craigslist. No tuve que lidiar con ningún intermediario y todos los tipos con los que me escribí se mostraron más que dispuestos a enviarme fotografías gratis de ellos desnudos.

Las fotografías revestían una gran importancia para mí. Una de mis principales preocupaciones a la hora de contratar a un puto era que fuera feo. Yo no soy una de esas mujeres que necesita tener una conexión emocional para follar con un tío. De hecho, ni siquiera necesito saber cómo se apellida. Ahora bien, lo que sí tiene que ser es atractivo. Las fantochadas y el ingenio pueden ayudar bastante. Pero yo necesito que alguien me guste de cara. Y no estaba segura de que la cosa saliera bien si me tocaba uno feo. Para evitar sorpresas, decidí que tendría que ponerse un pasamontañas, porque así no sabría si era guapo o feo y porque, además, añadiría un poco más de miedo, emoción y excitación al asunto. De todos los tipos que escogí, sólo uno de ellos tenía un pasamontañas, pero también mencionaba en la misma frase que tenía una pistola que podíamos utilizar y aquello puso fin a su breve titularidad en mi lista de seleccionados.

Acabé concertando una cita con un chico de 21 años (llamémosle Dick), quien me aseguró que se dedicaba exclusivamente a satisfacer a mujeres. Me gustó porque, en la foto que me envió al móvil, no me pareció feo. Tenía una pinta a medio camino entre un hiphopero blanco y un universitario, y la combinación me pareció bastante adecuada para una bonita violación. Me aseguró que podría hacer realidad mi fantasía de que me violaran, pues la interpretación era su fuerte. Dick dijo que representaría toda la fantasía, sin límite horario, por 300 euros.

Aunque no tenía pinta de tío abyecto, le pedí que se pusiera el pasamontañas. Dadas mis ideas preconcebidas sobre la fiabilidad y el carácter en general de los putos, decidí que sería yo quien tomara las riendas en lo de proporcionar el pasamontañas. Me dirigí a una tienda de ropa de deportes, donde descubrí que los pasamontañas estaban fuera de temporada. Vaya por Dios. Al salir de la tienda, sin pasamontañas, me asaltó la duda acerca de cuán real era todo aquel asunto. Iba a encontrarme cara a cara con mi violador en pocas horas. Telefoneé a Dick y le dije que había un cambio de planes. En lugar de aproximárseme fuera de mi bloque de pisos, decidimos que lo mejor sería concertar una cita para la violación. Quedamos en encontrarnos en un bar de mi vecindario y tomarnos unas copas antes.

Fui a una farmacia y compré condones y una pomada. Estaba tan nerviosa que me sentía a punto de tener diarrea. Sabía que sólo se trataba de un puto, pero no quería que me viera con el culo sucio. También hice una parada en una bodega, compré dos botellas de vino y empecé a beber en cuanto llegué a casa, para relajarme un poco.

Alrededor de una hora antes de nuestra cita recibí un mensaje de texto de Dick: “Eh, no quiero cobrar por esto”.

Le contesté: “Yo prefiero mantener las cosas tal como habíamos acordado”. Y él respondió con un: “¿Eres un poli?”.

¡Ostras!, pensé. Llamé a Dick y le expliqué que no quería que me violaran gratis, porque consideraba que el hecho de que hubiera una transacción económica era el único modo de que yo me sintiera capaz de mantener la pequeña cuota de poder que necesitaba para estar cómoda. Además, llegados a aquel punto, parte del atractivo de todo aquel asunto radicaba en el hecho de que iba a tirarme a un puto. Que me lo hiciera gratis me robaría esa oportunidad. Se lo dejé claro y una hora después recibí un mensaje en el móvil en el que me decía que ya estaba en el bar. “Aquí estoy, cariño”, fueron las palabras que utilizó.


Fotografíás desenfocadas de la autora (parece ser que es difícil hacer buenas fotos cuando estás siendo violada).


Mientras caminaba por la calle en dirección al bar, lo vi fumándose un cigarrillo en la puerta. Era bastante guapo, pero más flaco que en la fotografía, y parecía menor de 21 años. Yo tengo 28. Dios mío, pensé para mis adentros, ¿quién demonios es el violador aquí?

Nos dimos un breve abrazo, entramos en el bar y empezamos a trincarnos vodkas con soda para rebajar la tensión. Me sorprendió agradablemente que Dick tomara el control desde el principio. Decidió que nuestra palabra clave sería sorpresa, y también que iba a embestirme con toda la fuerza de la que era capaz hasta que me oyera pronunciarla. Jugamos unas cuantas partidas en una de esas máquinas de encontrar diferencias en fotografías eróticas que hay en algunos bares. Yo me estaba tomando en serio la partida, pero él no le prestaba demasiada atención. No dejaba de rozarme el cuello con la cara y decir cosas estúpidas, aunque adecuadas para la ocasión, como “Vaya, así que eres una guarrilla, ¿eh?” y “Vaya, me ha gustado cómo le has tocado la teta”, en alusión a la chica desnuda que salía en el juego. Lanzó sobre mí toda la artillería del cortejo, toqueteándome las tetas y deslizando su mano entre mis piernas, por debajo de mi minivestido.

Llegados a aquel punto, yo estaba lo suficientemente bebida y los jueguecitos de aquel adolescente infame me estaban poniendo cachonda. Tenía los muslos mojados (cosa que, por supuesto, él señaló). Empecé a pensar que no estaba cortada para interpretar el papel de víctima, porque me estaba esforzando por reprimir a la putilla que llevo dentro, que se moría de ganas de apretar la entrepierna contra su mano, en lugar de retirarla, tal como dictaba mi fantasía. Sabía que había llegado el momento de echar a rodar el espectáculo, antes de que lo arrojara todo por la borda y arrastrara a aquel niñato hasta los aseos del bar y me lo follara en uno de los lavabos.

Regresamos a mi edificio y subí las cuatro plantas que hay hasta mi piso, con él pisándome los talones y sin apartar las manos de mi culo. En cuanto entramos en casa, empezó a morrearme en el sofá.

“Vamos a tu habitación”, me susurró al oído. Estaba a punto de decirle “Sí, vamos” cuando recordé por qué estábamos allí, así que lo que dije fue “Ah, no”.

“Venga, sí”, insistió, poniéndose de pie y tirando de mí hasta mi dormitorio.

Nos sentamos en la cama y empezamos a besarnos de nuevo. Me tumbó y yo intenté educadamente recuperar la posición inicial y sentarme, pero no me dejó. ¡Guau!, pensé, ¡está pasando de verdad! ¡Bendita sea! Me agarró por las muñecas y me las sostuvo con una mano mientras se desabrochaba frenéticamente los pantalones con la otra. Intenté zafarme de él, pero no pude.

“No actúes como si no lo estuvieras pidiendo a gritos, zorra”, dijo con tono despectivo.

Entonces fue cuando empecé a luchar con él de verdad, porque quería asegurarme de que se ponía un condón. Lo último que quería en mi vida era un bebé por error. O pillar un virus del papiloma humano. Alcancé con una mano la mesilla de noche y cogí la tira de condones que había dejado allí horas antes.

Me levantó el vestido y me tapó la cara con él, de modo que no podía ver lo que estaba haciendo. Entonces empezamos a batallar de verdad con mis muslos: yo intentaba mantenerlos cerrados y él abrírmelos. La lucha se prolongó aproximadamente 90 segundos antes de que mis muslos cedieran. Me la metió.

Uno, dos y se corrió. No exagero: dos putos segundos y todo había acabado. Humm, pensé, tal vez esto sea lo que sucede en las violaciones auténticas. Tiene sentido. A los violadores probablemente no les preocupe la eyaculación precoz. Lo único que quieren es correrse ellos.

Dick empezó a disculparse inmediatamente, diciendo cosas como: “Es que eres tan sexy. Dame un minuto. Volveré a trempar. Dame un minuto para que me recomponga”. Pero yo ahogué el sonido de su voz con el de mi vibrador. Era imposible que me corriera después de todo aquello. Intentó consolarme metiéndome los dedos, pero yo le aparté la mano con un “Sorpresa”.

Al cabo de cinco minutos me había corrido dos veces. Luego arrojé el vibrador al suelo. Dick estuvo mirándome todo el rato. Volvió a intentar tocarme el coño, que entonces, después de masturbarme, estaba más suave. “Sorpresa”, le dije entre dientes una vez más, antes de saltar de la cama e ir a trompicones al salón.

Me serví una copa de vino, me dejé caer en el sofá, cogí el mando a distancia y me puse a hacer zapping en la tele. Dick salió de mi habitación vestido sólo con los calzoncillos. Se sentó a mi lado y me acarició el muslo. “Quiero hacer que te corras otra vez”, me susurró al oído. Me reí en su cara.



“Eres tan guapa, me gusta que te rías de las cosas que digo”, dijo y empezó a besarme otra vez. Pero esta vez, cuando cerré los ojos, la cabeza empezó a darme vueltas y me di cuenta de lo borracha que estaba. Pensé que iba a vomitarle en la boca y lo aparté de mí.

“¿Por qué no te vistes?”, le dije.

“No, quiero hacerlo otra vez. Venga. A ti también te apetece, no lo niegues...”

Como estaba claro que no iba a darse por vencido, me vi obligada a gritarle: “¡Sorpresa! Vístete. Es hora de que te largues”.

Se vistió y, cuando se estaba atando las bambas, cogí mi bolso y saqué un sobre con el dinero que le debía, más 50 euros de propina. Se lo entregué y él dijo: “Sigo sintiéndome mal por haberme corrido tan pronto”.

“Ya”, le dije, “lo entiendo”. De modo que cogí el sobre y saqué dos billetes de 20 euros. “Esto es por las bebidas que he comprado.” Reflexioné un momento, volví a coger el sobre y cogí otros 20 euros. “Y esto por correrte tan rápido.” Metí los 60 euros en mi monedero.

Él sacudió la cabeza y dijo: “Vale, me parece justo”.

Le pedí un taxi por teléfono y literalmente tuve que echarlo de casa a empujones. No dejaba de intentar abrazarme y darme besos por toda la cara. Yo hacía todo tipo de muecas y aspavientos para esquivar sus intentos de abrazarme, besarme o Dios sabe lo que intentaba hacer. En cuanto se marchó, volví a desplomarme en el sofá. Unos cinco minutos después recibí un mensaje de él en mi móvil: “¿Estás segura? Sólo quiero que vuelvas a correrte. Eso es todo”.

Pero ¿qué demonios le habría hecho pensar que había conseguido que me corriera la primera vez? No le contesté. Seis minutos después recibí otro mensaje: “Vaya, fantástico. La historia de mi vida. Ja, ja. Hablamos pronto, espero”.

Tampoco contesté. Ocho minutos después recibí un tercer mensaje: “Eh, en serio, has estado fantástica. Espero que me llames pronto”. Me bebí el vino y al final me quedé dormida en el sofá. El teléfono me despertó varias horas después, alrededor de la una de la madrugada. ¡Era él! Pulsé la tecla de “ignorar llamada” con más ímpetu del que le había puesto jamás en mi vida. Vi que tenía otros dos mensajes de texto nuevos. Uno era de las 23:54, unas dos horas y media después de que se hubiera marchado de mi casa. Decía: “¿Sigues despierta? Apuesto a que sí… Llámame”.El otro era un autorretrato de Dick en el que aparecía completamente desnudo, salvo por una pajarita. El texto decía: “Me gustas mucho”. Joder. Había encargado una violación y me habían servido un plasta. Algo pasadas las tres de la madrugada recibí el último mensaje de texto de la noche: “¿Estás despierta? Te echo de menos”.

Por la mañana consulté mi correo electrónico. ¿Y qué me encontré? ¡A Dick en el buzón de entrada! Me había escrito: “Eh, damita, perdona por llamarte tantas veces anoche. Creo que estaba más borracho de lo que pensaba. Pero, de verdad, eres genial y me gustaría volver a verte. Deberíamos quedar otro día. XXX”.Le contesté con un escueto: “Sí, yo también estaba muy borracha. Cuídate”. Me pareció una despedida bastante clara.¿Quién creéis que me telefoneó dos días después? Pues sí, Mr. Puto Lapa. No he vuelto a coger ninguna de sus llamadas, ni le he contestado a ningún mensaje de móvil ni a ningún correo electrónico. Pero ¿sabéis qué es lo que más me molesta? Que la gente no se corta en acusar a las tías de involucrarse emocionalmente en cuanto se acuestan con un tío. Sin embargo, yo nunca he oído hablar de ninguna puta que haya intentado quedar con un cliente gratis porque le ha gustado mucho.