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DOS & DON'TS
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TEXTO E IMÁGENES DE JON FOX Están las elipsis entrelazadas del símbolo del átomo, la hélice del signo de advertencia de radiación, el símbolo universal de peligro biológico y el vaso de precipitados de color rojo carmín que supuestamente significa “armas químicas”. En junio, el FBI izó una pancarta sobre Miami para anunciar la primera Cumbre Mundial sobre Terrorismo Nuclear organizada por la Iniciativa Mundial para Combatir el Terrorismo Nuclear. Apenas había transcurrido un año desde que el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, y el mandatario de Rusia, Vladimir Putin, habían anunciado la formación de la Iniciativa Mundial para Combatir el Terrorismo Nuclear como actividad suplementaria de la cumbre del G-8 celebrada en San Petersburgo, Rusia. Al pregonar a los cuatro vientos su acuerdo bilateral, ambos líderes esperaban suscitar un mayor grado de cooperación internacional para evitar que un agente no estatal (término eufemístico para referirse a “terrorista”) perpetrara un ataque nuclear en solitario, cosa que la mayoría del mundo coincide en afirmar que sería una de las peores cosas que podrían suceder. La Iniciativa Mundial la pusieron en marcha inicialmente sólo Rusia y los Estados Unidos, pero, desde su fundación, más de 50 países la han suscrito. Sin embargo, aún no está claro el grado de cooperación multilateral que se está dando. En el nivel más básico, todos han acordado en principio que el terrorismo nuclear es una amenaza y hay que prevenirlo. Sin duda, se trata de una buena premisa, pero ¿cuál es el siguiente paso para evitar un ataque atómico contra la libertad? Elemental: un viaje financiado por el Gobierno a la soleada Florida del Sur, donde el clima siempre acompaña. Fue allí donde contemplé por primera vez la mencionada águila graznando en la portada del programa de la cumbre que me entregaron al llegar a Miami para cubrir aquel evento de una semana de duración. Fue uno de los viajes de negocios más extraños que he realizado, y eso que mi empresa me había enviado antes a Moscú y a Staten Island. Fue una semana repleta de charlas sobre armas nucleares improvisadas y bombas radiológicas que podían convertir la ciudad de Nueva York en un erial radioactivo asolado. Pero también hicimos excursiones en autocar escoltados por la policía hasta South Beach y un viaje al estadio Orange Bowl, donde un equipo del SWAT, la división de Armas y Tácticas Especiales del FBI, recreó el asesinato de falsos terroristas con pistolas de bolas de pintura auténticas. Luego desactivaron una bomba falsa con algo que se parecía sorprendentemente a Johnny Five, el robot de Cortocircuito. Observé atentamente toda aquella pantomima desde las gradas del estadio, mientras bebía agua embotellada por el Gobierno. Y luego todo el mundo se fue de fiesta. Pero empecemos por el principio… Tras obtener mi pase de prensa a primera hora de la mañana del lunes, menos de una hora después de que mi avión de las seis de la madrugada procedente de Washington tomara tierra, entré a trompicones en una inmensa y oscura sala de conferencias de Miami. Sonaba una música épica enardecedora y había unos 400 policías, agentes del FBI, funcionarios del Gobierno de los Estados Unidos y representantes de los Ministerios de Defensa de países extranjeros escuchando a un maestro de ceremonias con un pico de oro hablar sobre lo escandalosamente serio que es el asunto del terrorismo nuclear. Luego se lanzó al centro del escenario para interpretar una auténtica versión operística del himno nacional estadounidense cantada a todo pulmón por un tipo vestido con un uniforme de policía. Se parecía mucho a Team America, pero sin muñecos. Tras una conexión mediante videoconferencia con una cumbre sobre terrorismo nuclear paralela que se celebraba en Kazajstán, un discurso pronunciado por el director del FBI y unos cuantos comentarios por parte de un integrante de la FSB (antigua KGB) rusa, un científico nuclear que trabajaba para el Departamento de Seguridad Interna de los Estados Unidos subió al estrado y afirmó que los terroristas se contentarían con contar con un arma nuclear que estallara con una potencia equivalente a 100 toneladas de dinamita, menos de una centésima parte de la potencia de la bomba que arrasó Hiroshima. Un arma de tal calibre sembraría una destrucción increíble, aventuró. Pero para eso tenemos que asumir que los terroristas fueran capaces de reunir todo el material físil, y por el momento ningún grupo terrorista tiene capacidad para producir uranio o plutonio por sí mismo. Una vez logren hacerlo, construir una bomba será una posibilidad real. “No estamos ante algo trivial, pero, tal como ha señalado el Departamento de Inteligencia, no se trata de una tarea insuperable”, explicó. Luego se abrió el turno de preguntas. Había cientos de funcionarios y ni uno solo de ellos levantó la mano para preguntar nada. Parecía imposible que en aquel salón repleto de expertos y dignatarios nadie fuera a plantear ni siquiera un par de preguntas. El tipo volvió a preguntar si alguien tenía alguna duda… y finalmente me puse en pie. (Ah, por cierto, yo era el único periodista dentro de la zona de prensa acordonada. Los medios no se preocupan demasiado de cubrir este tipo de eventos.) Mi única pregunta fue qué probabilidades calculaba el Departamento de Seguridad Interna que existían de que un grupo terrorista metiera una bomba nuclear dentro de un contenedor de transportes y la enviara hacia los Estados Unidos. Mientras los miembros del Congreso continúan exigiendo que se escanee el cien por cien de los contenedores de transportes en busca de radicación, algunos sectores de la seguridad interior empiezan a apuntar que es poco probable que se envíe así una bomba nuclear. “Abandonar un arma nuclear metiéndola en un contenedor y enviándola a flotar alrededor del mundo durante un par de semanas es una auténtica locura”, se había comentado desde la Oficina de Detección Nuclear un tiempo antes ese mismo año al debatir tal amenaza. El Departamento de Seguridad Interna prevé invertir más de mil millones de dólares para instalar detectores de radiación de última generación en los puertos de Estados Unidos, de modo que mi pregunta, en esencia, era si pensaba que tal dispendio merecía la pena dada la amenaza percibida. El científico de Miami, como era su deber, no me respondió y yo volví a tomar asiento. Parece ser que cometí un error por el mero hecho de formular aquella pregunta. Se supone que los periodistas no están ahí para preguntar. ¿Quién lo hubiera dicho? Diría que para eso es para lo que nos pagan. Pero ahí estábamos, a media mañana del día uno, y parece ser que yo ya me las había apañado para enfurecer a los organizadores del FBI y estaba a pique de que me arrebataran la acreditación, según supe algo más tarde por una conversación que mantuve con un agente especial. El tipo parecía un dibujo animado de los años cincuenta, el prototipo de estadounidense, rubio, con la nariz recta y la mandíbula cuadrada. Una especie de Johnny Unitas (el legendario quarterback) formado en operaciones especiales, en resumidas cuentas. Me preguntó si acaso no había leído el “resumen” de las reglas protocolo. Íbamos los dos en el ascensor de camino a mi habitación, que estaba en el piso 34 del hotel. Le contesté que no, que a mí nadie me había entregado ningún resumen de las reglas de protocolo. Lo único que me habían dado era una acreditación de prensa naranja con mi fotografía pegada y un programa. “Bueno, si por mí fuera”, dijo, “te habría quitado la acreditación.” No pude descifrar si hablaba en broma o en serio. Esa misma tarde, horas después, me hallaba deambulando por la zona de promoción comercial instalada fuera de la sala de conferencias. Había gente que intentaba vender detectores de radiación, software que guarda un registro de los movimientos efectuados en Internet y equipos de comprobación de exposición a radiación. En más de un stand se pregonaba la venta de unos retroproyectores molones. Para mí sigue siendo un misterio qué relación guardaban aquellos proyectores con el terrorismo, pero fue en ese punto dónde caí en la cuenta del verdadero propósito de aquella cumbre: vender todo tipo de puñetas a las autoridades locales encargadas de velar por el cumplimiento de la ley para que piensen que están preparadas para afrontar posibles atentados radiológicos terroristas en sus poblaciones. Podría decirse que es el equivalente actual al método de ponerse a cubierto ante cualquier posible ataque que se enseñaba en las universidades en los años cincuenta o a los refugios antiaéreos que se cavaron en los patios traseros de las casas de Estados Unidos. En un puesto, un hombre intentaba suscitar el interés por un camión teledirigido de 15.000 dólares capaz de tirar de un tráiler para colocar una carga cerca de un artefacto explosivo improvisado sospechoso. La idea en sí consistía en que el camión podía detonar una mina de tierra de fabricación casera antes de que ésta hiciera volar por los aires un Humvee del ejército. Una vez más, tampoco me quedaba del todo claro qué tenía que ver esto con el terrorismo nuclear. Por lo que yo sé, la insurgencia en Irak aún no tiene plutonio para meter en sus bombas de construcción rudimentaria. Tampoco entiendo del todo por qué costaba 15.000 dólares, teniendo en cuenta que parecía un cacharro normal y corriente diseñado por un aficionado, salvo porque estaba pintado de negro camuflaje y tenía una cámara giratoria incorporada. Parece ser que los asistentes a aquella convención tampoco se dejaron impresionar. Mientras consultaba mi correo electrónico esa tarde en unos ordenadores habilitados junto a la sala de conferencias, el camión teledirigido me trepó por los pies. En su caja en miniatura había una nota escrita a mano con bolígrafo que decía: “Sígueme hasta el puesto número 35”. El camión me pasó de largo y se dirigió hacia las puertas del salón de conferencias al que los vendedores tenían prohibida la entrada. Un tipo trajeado del FBI empezó a reprender al camión como si fuera una persona. “No puedes entrar aquí. Tienes que estar en la zona de ventas”, dijo, encorvándose ligeramente, dirigiendo sus amonestaciones a la cámara diminuta colocada en la parte frontal del camión. Un hombre con un mando a distancia gigante colgado del cuello dobló una esquina, se disculpó y alteró el rumbo del camión. En otro puesto hablé con un joven comercial que vendía medicamentos antiarmas químicas. En la mesa redonda que había ante él había todo un despliegue de tubos de plástico del tamaño de rotuladores de tinta invisible. Eran autoinyectables de atropina, pero sin atropina ni jeringa. Eran cartuchos para aprender a ponerse inyecciones uno mismo, que deduzco que debían de tener alguna utilidad si a uno lo gaseaban con gas neurotóxico de mentira. Me regaló uno. “Paso 1: arranque el precinto de seguridad gris.” “Paso 2: agite el inyectable y presiónelo con fuerza contra la parte externa del muslo hasta oír un ‘clic’. Manténgalo apretado contra el muslo durante aproximadamente diez segundos.” Repetí la operación hasta convertirme en un maestro de la técnica. La próxima vez que me gaseen con gas neurotóxico, voy a sobreponerme tan rápidamente que los terroristas se van a quedar boquiabiertos. EL SEGUNDO DÍA DE LA CONFERENCIA, Richard Falkenrath, ex asesor de Seguridad Nacional del presidente Bush y actual director de la Oficina de Lucha Antiterrorista del Departamento de Policía de la ciudad de Nueva York, apuntó que el foco que se ha puesto en supervisar los contenedores de transporte que llegan por mar carece de sentido. “Me da la sensación de que Washington se ha concentrado en un sistema de reparto en concreto (los contenedores de transporte internacionales) por motivos que no alcanzo a comprender”, afirmó. En cierto sentido, estaba respondiendo a la pregunta que no me habían contestado el día anterior. También argumentaba que la iniciativa por valor de 40 millones de dólares consistente en instaurar un anillo con equipamiento para detectar radiación alrededor de la ciudad de Nueva York no debería dividirse en dos, tal como el Congreso acababa de proponer. En lugar de preocuparse tanto por los contenedores de transportes, la población, sobre todo de las ciudades, debería preocuparse por las furgonetas y los camiones que podían mezclarse con el tráfico general e ir cargados con una bomba radiológica, dijo. “Ése es el tipo de vehículo de reparto que más nos preocupa.” En una ciudad tan densa como Nueva York, un ataque de estas características sería “una catástrofe potencial”, añadió. Pese a que no tendría unas consecuencias tan nefastas como un ataque nuclear improvisado, sin duda se trataba de una posibilidad mucho más probable, sentenció. Una bomba radiológica cargada con metal alcalino radioactivo Cesium 137 tal vez no matara a un gran número de personas (posiblemente no causara más bajas que un ataque con bombas convencional), pero podía dejar inhabitables varias zonas de la ciudad debido a los niveles inaceptablemente elevados de radiación. El isótopo podía adherirse al hormigón y los edificios. “No es posible eliminarlo lavándolo. Habría que derribar los edificios y reconstruirlos de nuevo”, explicó. Estaríamos ante una “auténtica pesadilla”. ![]() TRAS UN DÍA DE CHARLAS DE ESTA ÍNDOLE, EL FBI SE MOSTRÓ ENCANTADO DE conducirnos hasta South Beach para que disfrutáramos del bullicio de aquella zona turística. Quizá lo hicieran por pura cortesía, para evitarnos el coste de los 25 dólares de pillar un taxi, o quizá era simplemente una medida de seguridad para que los científicos y las autoridades encargadas de velar por el cumplimiento de la ley disfrutaran de la impresionante humedad de un junio en Florida del Sur, pero cada noche, a las ocho y a las nueve, sendos autocares partían del hotel en dirección a la playa. Escoltados por todo un séquito de policías de Miami en moto que nos abrían camino, recorríamos la ciudad a todo trapo, saltándonos los semáforos en rojo mientras más policías bloqueaban los cruces y detenían el tráfico. Algunos transeúntes sonreían a las lunas tintadas de los autocares. Prácticamente todo el mundo se nos quedaba mirando. Y yo incluso vi a una mujer saludándonos con la mano ahuecada, como si fuera la reina de Inglaterra. Luego, a las once de la noche y de nuevo a medianoche, los autocares y la comitiva de motos nos devolvían al hotel. La primera noche, mientras subía al autocar de las once, una mujer del Departamento de Defensa de algún país de la Europa del Este posó con uno de aquellos policías calzados con botas altas mientras un colega les sacaba una fotografía. En el trayecto de vuelta me senté junto a un asesor sobre terrorismo rumano y entablamos una conversación ligera. AL DÍA SIGUIENTE ME ACERQUÉ A UNO DE LOS PUESTOS COMERCIALES, donde dos tipos estaban sentados leyendo el diario junto a un maniquí vestido con un traje antirradiación negro. Por unos mil dólares, uno podía hacerse con aquel atuendo, con el que le garantizaban estar prácticamente a salvo en caso de que cayera una bomba radiológica en su edificio, me aseguraron. Me ofrecieron la posibilidad de probarme aquella cosa con aspecto de traje de neopreno superpesado. “Entonces, esto funciona contra una bomba radiológica, pero, pongamos que estalla una bomba nuclear en el otro lado de la ciudad y que uno no muere en la detonación inicial. ¿Me serviría esto para protegerme de la radiación?”, pregunté. “Bueno, si ocurre eso, estás perdido”, contestó el más corpulento de ambos. Las botas, los guantes y el respirador se venden por separado. Me aseguraron que podía conseguirlos a un precio relativamente asequible. El miércoles todo el mundo se subió a los autocares y partió rumbo al estadio Orange Bowl (de nuevo con todo aquel desfile de vehículos) para contemplar lo que resultó ser una demostración frustrante de simulacro de respuesta a una bomba radiológica simulada en un hangar simulado. Un equipo de asalto emergió de un helicóptero Blackhawk oculto tras un palmeral cercano para repeler el ataque. Según parece, habían previsto que el equipo de los SWAT aterrizara directamente en el estadio, pero la estela del rotor del aparato habría echado por tierra todos los tabiques de malla que hacían las veces de paredes del almacén. Una vez que los supuestos terroristas quedaron reducidos con rifles de asalto cargados con pelotas de pintura, la brigada antibombas sacó un robot de aspecto destartalado [retratado arriba] para arrojar una pequeña caja metálica con un poco de agua que habían colocado dentro de proyectiles de escopetas. ¡Y hete aquí que con una simple ráfaga de agua la caja salió volando de la mesa y los circuitos de activación del artefacto quedaron desactivados! ¡Simulacro de crisis abortado! La multitud estalló en vítores. (Es broma. Nadie dijo ni pío.) EN MI ÚLTIMA NOCHE EN MIAMI, ME SUBÍ A AQUEL AUTOCAR RECREATIVO y volví a viajar a South Beach. Alrededor de las diez de la noche me encontraba en el Mango’s Tropical Café. Camareras con trajes de chaqueta ajustadísimos con estampado de leopardo hacían turnos para bailar sin mucho entusiasmo en una barra con forma de herradura situada en medio del club. El lugar estaba lleno de agentes del FBI vestidos con pantalones cortos, camisas desabrochadas y peinados serios que delataban su identidad. Había funcionarios del Gobierno estadounidense y representantes extranjeros. Estaba el tipo que había dado una presentación en PowerPoint larguísima e infumable horas antes ese mismo día. Estaba cenando en una mesa a escasa distancia de una mujer que bailaba el shimmy sobre un escenario improvisado. Un tipo de la unidad antiterrorista conjunta del FBI procedente de una ciudad del nordeste pululaba cerca de la entrada. Aún más cerca del escenario había una mesa llena de búlgaros, tres hombres que encendían alegremente un pitillo tras otro y una mujer. No hablaban ni parecían estar interesados en el espectáculo hasta que un gorila bajó a la bailarina de la barra y tres hombres se subieron a escena y empezaron a interpretar una coreografía que concluyó luciendo sus torsos desnudos. Los búlgaros se volvieron a mirar el numerito y al parecer no les complació, ya que poco después se largaron. Las camareras-bailarinas, con sus llamativos trajes chaqueta, retomaron su baile por turnos en la barra convertida en escenario, y yo pasé mi última noche en Miami bebiendo cerveza con un tipo que tenía una autorización de seguridad “top secret”, mano a mano con agentes del FBI. Espero fervientemente que el FBI se esté encargando ya de organizar la cumbre del año próximo. Propongo celebrarla en Las Vegas. Cuanto más brillen nuestras luces, más nos odiarán los terroristas. ¡Bailad, chicas, bailad! JON FOX |