DOS & DON'TS









Foto de Katia Jarjoura





obert Fisk, autor superventas y periodista británico, ha vivido en Beirut durante los últimos tres decenios. Es el corresponsal de Oriente Próximo para el The Independent y acumula más premios de periodismo que ningún otro corresponsal en el extranjero. Ha cubierto todos los acontecimientos importantes de esa región, incluida la guerra civil de Argelia, la revolución Iraní, la Crisis de los Rehenes estadounidenses en Beirut, la guerra Irano-iraquí, la invasión rusa de Afganistán y la invasión estadounidense de Iraq.

Su libro más reciente, La gran guerra por la civilización: la conquista de Oriente Próximo, es un ensayo épico de 1.300 páginas que recoge el testimonio directo de la historia de Oriente Próximo. Se ha traducido ya a ocho idiomas.

En suma, que no hay muchos tipos más interesantes que Robert Fisk con los que hablar en un momento tan chungo como éste que nos ha tocado vivir.

Vice: ¿Ha cambiado mucho el periodismo de guerra desde que empezó su andadura hace 30 años?

Robert Fisk:
¡Sin duda! Enormemente. En el aspecto tecnológico, antes no teníamos móviles, ni antenas satélites; escribíamos con máquinas de télex. Aún tengo una en casa. Incluso hice un curso en Dublín para aprender a reparar este tipo de máquinas. Luego, una vez estaba en Kabul, en 1980, durante la invasión soviética de Afganistán, y mi máquina de escribir dejó de imprimir la letra a. Hacer aquel curso me permitió repararla y así puede enviar mi artículo a tiempo. Años más tarde, en 1993, estaba cubriendo los acontecimientos de Bosnia e intentaba enviar un artículo por satélite, pero en mi ordenador aparecía un mensaje que decía algo así como: “Error de disco”. ¡Y eso no sabía cómo repararlo!


¿Y cómo ha influido este cambio en el periodismo?

Desde mi punto de vista, cuanto más potentes y sofisticadas se han ido haciendo las máquinas, más débil se ha tornado el periodismo en términos políticos. Los periodistas han perdido la independencia. Cuentan con todo tipo de medios técnicos para realizar su trabajo, pero están vinculados a empresas multinacionales que los respaldan económicamente. A ello se suma que también tienen que lidiar con las instituciones locales para poder retransmitir al extranjero. Por ejemplo, durante el conflicto de los Balcanes, los equipos de televisión tuvieron que llegar a un trato con el Gobierno serbio para poder entrar sus sistemas de comunicaciones en la zona. Y en última instancia, ese tipo de acuerdo afecta a la verdad. Si uno accede a “cooperar”, pierde la libertad de informar sobre las dos versiones de la historia de forma objetiva. El periodismo de guerra se ha convertido en una basura, porque ya no se hace trabajo de campo en las calles, como hicimos unos cuantos de nosotros el primer día que viajamos a Trípoli: contemplamos una pelea callejera a tiros en pleno corazón de la ciudad sin que las fuerzas de seguridad se metieran por medio.

Por norma general, en los países que ha cubierto, ¿los lugareños lo han recibido bien?

Sí, siempre me han recibido bien porque, en Oriente Próximo, la gente tiene una visión abierta de los extranjeros. Es una tradición musulmana. He estado en la zona más pobre del Pakistán, donde nunca antes habían visto a un occidental, y la primera reacción de la gente allí fue abrirme las puertas de su casa y ofrecerme café. Actualmente se confía menos en los extranjeros, e incluso se los teme, debido a la “guerra contra el terror”, una frase que detesto, pero conmigo no se muestran así, sobre todo si saben quién soy. Me tratan con mucha amabilidad y cortesía. Recientemente viajé a Trípoli y había gente que sabía quién era yo porque sus hijos leen mis artículos en Internet y se sienten en sintonía con mis planteamientos.


¿Es Oriente Próximo hoy un lugar más peligroso para los periodistas de guerra?

Desde luego, al 120 por ciento. Ahora ya no se puede viajar libremente en calidad de periodista de guerra ni en Afganistán, ni en Iraq, ni en Pakistán, ni en los territorios ocupados palestinos ni en muchos otros lugares. Aún recuerdo el momento en el que los periodistas perdimos la inmunidad, y hablo por experiencia propia. Fue en el Líbano, en 1983, durante la guerra civil. Los buques de guerra estadounidenses estaban bombardeando las región montañosa de Chouf. Yo iba con Terry Anderson en un coche y nos dieron el alto en un control palestino. Cuando Terry mostró su pase de prensa, el soldado armado lo arrojó al suelo. No le importaba que fuéramos periodistas. Recuerdo que me agaché a recogerlo, mirando a Terry. La mirada de Terry me decía: “Nos hemos quedado sin protección”. Al cabo de doce meses, a Terry lo hicieron rehén las milicias chiítas y permaneció secuestrado siete años.

Hoy en día el periodismo de guerra en Oriente Próximo básicamente gira en torno a las diferencias raciales y a la guerra contra Occidente. Cuando viajo a Afganistán, el hecho de tener la piel clara y los ojos azules me hace imposible ocultar quién soy y de dónde procedo. Pero si uno no se arriesga, no llega a ningún sitio. Un día, durante la primera guerra del Golfo, una joven corresponsal irlandesa me preguntó si yo creía que debía ir a aquella región o no, y yo le contesté: “¡No vas a morir! Vas a informar”. Es evidente que algunos periodistas mueren, pero se tratan de excepciones contadas. La gente que vive en países devastados por la guerra siempre está en peligro. Mueren a miles.


En Afganistán le hirieron gravemente. ¿Cómo ocurrió aquello?

Fue en noviembre de 2001. Iba de camino a Kandahar y el coche se me averió en una población cercana a la frontera con Pakistán. Resultó ser que había allí un grupo de personas que habían abandonado Kandahar la noche anterior huyendo de un bombardeo aéreo perpetrado por aviones B-52. Muchas de ellas habían perdido a familiares en el bombardeo. Estaban furiosísimas. Y entonces vieron a un occidental, yo, y un niño dijo: “¿Es ése George Bush?” y un grupo de niños empezaron a lanzarme piedras. Yo estaba con un colega. Vimos un autobús al otro lado de la carretera. El conductor nos hizo una señal para que subiéramos. Mi colega lo hizo, pero antes de que yo tuviera tiempo de subir, los niños me agarraron de la cartera y me arrojaron al suelo de un tirón. Empezaron a aporrearme la cabeza y la cara con piedras. Sinceramente, pensé que iba a morir. Recuerdo haber pensado: “¿Cuánto se tarda en morir?”. Cuando me acuerdo del olor de mi propia sangre deslizándoseme por el rostro, pienso en una cita de Lady Macbeth: “¿Quién iba a pensar que el viejo tenía tanta sangre?”. Estuve a punto de desmayarme, pero entonces recordé que un libanés, durante la guerra civil de su país, me había dicho: “Cuando uno está en peligro, ¡lo peor que puede hacer es no hacer nada!”. Así que me defendí. Empecé a propinar puñetazos. Al final, un imán me separó de la multitud, me cogió del brazo y me condujo a un lugar seguro.

Ha visitado Iraq muchas veces desde la caída de Sadam. ¿No teme que lo secuestren?

Por supuesto. Todos tenemos la pesadilla de vernos a nosotros mismos en la televisión, vestidos con un mono naranja, con un cuchillo en el cuello amenazándonos con quitarnos la vida. Pero, para escribir un artículo, uno no puede quedarse sentado en el hotel y utilizar el teléfono móvil. Tiene que salir a la calle y ver lo que ocurre con sus propios ojos. Otro corresponsal de The Independent, Patrick Cockburn, está en Iraq en estos momentos. Y toma los riesgos pertinentes para cubrir las noticias. Yo tengo previsto regresar en breve.

Entonces, aunque le dé miedo, sigue lanzándose al ruedo.

Sí, a veces me imagino a Tony Blair viendo una cinta en la que aparezco yo suplicándole que retire a las tropas británicas de Iraq o, de lo contrario, me decapitarán. ¿Qué diría? “Vaya… pobre viejo.” ¡Después de todo lo que he escrito sobre él, supongo que no movería ni un dedo por mí!
Terry Anderson, director informativo de AP en Beirut, tras ser hecho rehén por la yihad islámica en 1985 (y después de que le quitaran las gafas). Fotografías de Getty

Podría decirse que es usted bastante afortunado de seguir con vida.

Cuando se publicó mi segundo libro, mi editor descorchó una botella de champán, pero no para celebrar el lanzamiento del libro, sino para celebrar que yo había logrado sobrevivir. La suerte me ha acompañado. Recuerdo la ofensiva en el Lago de los Peces durante la guerra Irano-iraquí de los años ochenta. Yo estaba en el lado iraní. Los iraquíes estaban bombardeándolo con furia. Recuerdo oír a un periodista británico diciendo: “Yo creo que no sería capaz de aguantar esto más de un día”. Cuando llegamos al final del dique, un guardia revolucionario me llevó hasta la línea de frente y desde allí pude ver las luces del hotel Sheraton en Basora, al otro lado. Las balas pasaban volando como avispas sobre nuestras cabezas, pero en un momento así uno pierde el miedo a morir, precisamente porque está demasiado cerca de la muerte.

¿Por qué es tan importante correr riesgos para informar desde zonas en conflicto?

Por el bien de la historia, pero también para que en el futuro nadie pueda decir, como hicieron con el Holocausto, “No lo sabíamos. Nadie nos lo dijo”. Escribimos sobre Oriente Próximo para que el mundo sepa lo que está ocurriendo allí.

Según su parecer, ¿cuál es la mayor amenaza en la región en la actualidad?

Pakistán.

Guau, no ha dudado ni un segundo en responder.

Nos dicen que la mayor amenaza es Irán, pero es mentira. La historia de la crisis nuclear iraní no es lo que se sospecha. Al principio, el shah de Irán, que era como el policía de Occidente en el Golfo, nuestro amigo, quería contar con instalaciones nucleares y prácticamente se las regalamos. La instalación nuclear de Busher la construyó Siemens, una empresa alemana. El shah incluso viajó a Nueva York y ofreció una entrevista a la CBS o la ABC, no me acuerdo, en la que dijo: “Quiero tener la bomba atómica porque los estadounidenses y los soviéticos tienen una”. A la sazón, el presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter, le brindó una recepción. No hubo ningún problema. Luego, durante la Revolución Islámica, yo estaba en Teherán cuando el ayatolá Jomeini dijo: “Las instalaciones nucleares son la obra del diablo”. Utilizó el término sheitan, que quiere decir “diablo”, y dijo “Vamos a cerrarlas”. Y lo hizo. En 1985, cuando Sadam estaba inundando Irán con armas químicas que le habían facilitado los Estados Unidos, los iraníes informaron de que reabrirían las instalaciones nucleares porque temían que la próxima vez Sadam utilizara bombas atómicas contra ellos.

En cualquier caso, considero que Pakistán supone una amenaza mucho mayor para Occidente que ningún otro país de esa región.

Casi me da miedo preguntarlo, pero ¿por qué?

Porque es un país musulmán infestado de talibanes y seguidores de Al Qaeda; porque tiene una bomba nuclear y una dictadura que podría ser destronada en cualquier momento, y porque cuenta con unos servicios de seguridad que creo que apoyan de forma sustancial a los talibanes y Al Qaeda. En estos momentos, el dictador pakistaní, el general Pervez Musharaf, es nuestro amigo, de modo que Pakistán no se considera un peligro. Está de nuestro lado. Irán es el malo de la película. Es lo que dirían mis colegas periodistas. Pero yo digo que el peligro está en Pakistán.

Uno de los muchos montones de cuerpos masacrados en Sabra y Shatilla, Israel, 1982

Eso sí, de una cosa puedes estar seguro: no bombardearemos Pakistán, porque tiene una bomba atómica. El mismo motivo por el que no bombardearemos Corea del Norte.

¿Cuál cree que ha sido la mayor primicia de su carrera?

Fue en el año 1996, cuando Israel bombardeó los barracones de la ONU, en Caná, en el sur del Líbano. Hubo 106 muertos, la mitad de ellos niños. Israel se apresuró a decir que no sabía que el objetivo eran unos barracones de la ONU, pero yo demostré que era falso. Conseguí un vídeo de la ONU en el que se veía un avión teledirigido israelí sobrevolando el campamento. El funcionario de la ONU que me lo entregó me dijo: “Se lo doy porque los niños que fallecieron en el campamento tenían la misma edad que mis propios hijos”. Al día siguiente volé a Londres y les pedí a los editores en jefe de mi diario que visionaran la cinta de vídeo con aquel avión teledirigido sobrevolando el campamento mientras estaba siendo bombardeado. Incluso se oía a un funcionario de la ONU gritando: “¡Socorro! ¡Socorro! ¡Nos están bombardeando!”. El artículo salió en portada en la edición del lunes. Se tituló “Video Puts Israel in the Dock” (“Israel en el banquillo por un vídeo”). Tras su publicación, concedí decenas de entrevistas y enviamos el vídeo a las principales agencias de noticias.

¿Hay algún acontecimiento que le haya cambiado la vida? ¿Algo que le haya hecho cambiar como persona?

La masacre de Sabra y Chatila en septiembre de 1982. Pasé todo el día, el 18 de septiembre, trepando entre cuerpos sin vida de niños, mujeres, hombres… e incluso caballos. Las manos me olían a muerte. Aquel día me dije: “Ya no tengo miedo de que me acusen o califiquen de antisemita o de racista o de lo que sea”. Dejó de importarme lo que los demás pudieran pensar o decir de mí. Decidí que me enfrentaría a cualquiera que se atreviera a mentir y me tildara de antisemita. Los israelíes se quedaron contemplando cómo ocurría aquella matanza, y no hicieron nada por detenerla.

¿Cómo afronta la presión de su trabajo?

[Risas] Odio la palabra afrontar. No me gusta que a los periodistas nos pregunten: “¿Cómo lo afronta? ¿Necesita terapia?”. Es una tontería.

Lo siento.

Aquí la gente sufre y muere en bombardeos aéreos. Necesitan ayuda. Nosotros no. A nosotros nos pagan bastante bien. Podemos regresar a casa en primera clase si nos apetece.

Bueno, reformulemos la pregunta entonces. ¿Qué hace para relajarse?

Escucho música. Tengo la obra completa de Bach. Leo mucha poesía. Leo Shakespeare. Nunca olvido un poema extraordinario que escribió W.H. Auden. Creo que se titulaba “Epitafio a un tirano”. Obviamente, versaba sobre Stalin, pero siempre he creído que podía aplicársele perfectamente a Sadam. Dice así: “La perfección, de cierta clase, era lo que buscaba/y la poesía que inventaba era sencilla de entender;/conocía la insensatez del hombre como la palma de su mano,/y estaba muy interesado en flotas y en ejércitos;/cuando reía, respetables senadores lanzaban carcajadas/y si lloraba, los niñitos morían en las calles”.

Creo que hay que traducir la historia en arte para entenderla de verdad.

¿Afecta su trabajo a su vida personal?

Me temo que mi vida personal se llama periodismo. No me queda mucho tiempo para nada más.

KATJA JARJOURA