DOS & DON'TS









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l 07/07/07, los Boredoms dieron un concierto absolutamente memorable y ya legendario bajo el puente de Brooklyn, en Nueva York, con 77 baterías colocadas en espiral alrededor de un descomunal gong de guitarras que el líder de la formación, Yamataka Eye, hacía sonar con un cetro gigantesco con forma de tridente. Todos los presentes coincidieron en que se trataba de “el mejor espectáculo de la historia”.

Yo era uno de los once baterías principales del concierto y mi reacción inicial a la experiencia se resume diciendo, simple y llanamente, que no hay palabras o grabaciones que puedan describir, ni siquiera de lejos, lo que significó vivir aquella pieza en directo y participar en ella. Los amigos que no asistieron al concierto me preguntan “¿cómo fue?” y yo no sé qué contestarles. Fue una de las mejores experiencias de toda mi vida. ¿Cómo se dice eso sin sonar a fanfarrón?

Cuando descubrí que me habían seleccionado, me sentí halagado e indigno de tal honor. Tuve visiones de Eye reuniéndose en corrillo con los Boredoms tras el primer ensayo y decidiendo que había que descartarme. Hay artistas a los que uno respeta y los hay que quedan fuera de toda comprensión. Para mí, los Boredoms se incluyen en esta última categoría. En mi cabeza se agolpaban la fantasía y el temor. Me parecía poder palpar el fracaso.

Habíamos quedado para montar los instrumentos a las 8:30 a.m. Para cuando yo llegué, la mayoría de los baterías ya estaban allí con sus equipos preparados. Y como es costumbre, estaban aporreando sus tambores. Era como una zona en guerra, un espectáculo absolutamente sobrecogedor. Los tambores aniquilaban todo pensamiento.

La pieza dio comienzo a las 7:07 p.m. El sol empezaba a ponerse. Setenta y siete bateristas estaban sentados dibujando una espiral. Eye dejó ir un largo lamento y empezamos a tocar. Las secuencias de los tambores avanzaban por la espiral a partir del centro, donde los Boredoms estaban sentados en un escenario elevado. Los ritmos eran simples y potentes, muy primarios.

Para cuando acabamos, el crepúsculo se aproximaba a su fin. Cuando se apagó el último sonido, yo estaba sobrecogido por la emoción. Lenta y gradualmente, la experiencia empezó a revelarse. Se había apoderado de mí una idea tan clara y poderosa que trascendía toda debilidad individual. Me sentía bendecido, sobrecogido.

Resulta muy difícil relatar esta vivencia a quienes estaban fuera de la espiral. Me pasé hablando los casi dos kilómetros de camino a casa. De repente sentí ganas de echarme a llorar. Sentía que iba a romper en lágrimas de un momento a otro. No dejaba de frotarme la cara con las manos y regresé a casa con la vista clavada en el suelo, paseando. Hay pocos momentos musicales que me hayan hecho llorar. Cuando lloré aquella noche, lo hice por la inusitada suerte que me había visitado aquel día. No creo exagerar al afirmar que toda mi vida me había conducido al momento en el que empecé a tocar la batería en Boadrum77.

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