DOS & DON'TS









Fotografías del autor
“Algunos de los amigos que hice durante el viaje”.






l pasado mes pasé cuatro días viviendo de incógnito entre los mendigos, borrachos y yonquis de Berlín. Hacía tiempo que quería averiguar a qué sabía la comida de los comedores sociales. Siempre he pensado que no podía ser peor de lo que yo cocino en casa, y tiene la ventaja de que es gratis y uno tiene la oportunidad de pasar el rato con gente interesante. Había oído decir que se celebraban fiestas con drogas, sexo y desmadre, así que el encargo me pareció bastante atractivo. Al final la situación me dejó bastante desbordado.

Como la mayoría de los berlineses de mi edad, gran parte de mi ropa parece propia de un vagabundo, de modo que sólo tenía que ponerme la chaqueta con más desgarrones, el jersey con más agujeros y los pantalones con más manchas de grasa y la entrepierna más zurcida. Cogí una riñonera en la que oculté mi móvil con cámara, enrollado en un calcetín sucio.

Para acabar, me descargué e imprimí la guía de los refugios y los comedores sociales de www.ofw-leitfaden.de. Descubrí que hay montones de recursos para los sin techo en Internet y que, si entras en www.homeless.org, puedes participar en foros de debate en los que los vagabundos mendigan on-line.


Lunes
Mi principal objetivo era encontrar a John y Shelley, dos de los mendigos más famosos de la ciudad. Si estás en Berlín y te tropiezas con ellos, a cambio de unos cigarrillos te contarán las historias más asombrosas que puedas imaginar sobre la vida en la carretera, cómo hacían de camellos de LSD para estrellas del rock y políticos, cómo escaparse con esposas menores de edad y la fiesta en general. Pero no voy a seguir hablando de ellos, sobre todo porque no fui capaz de encontrarles y me dejó bastante jodido. En su lugar, empecé a beber cerveza Sternburg Export en el Depot 35, un bareto de la ciudad que no es más que una ventana en la que puedes comprar cervezas de medio litro por 50 céntimos hasta muy entrada la noche a un hombre con un gran bigote. Aunque está ubicado en una zona bastante aburguesada y rodeado de cafés modernos, la posibilidad de un trago barato atrae a enjambres de punkarras, crusties y parados. Allí fue donde hice mis primeras amistades.

Tras agitar en el aire un paquete de cigarrillos atraje a una pareja de berlineses, Henry y Lötze, quienes me explicaron cómo habían llegado a quedarse sin casa. Escucharía esa misma historia miles de veces en los días sucesivos: “Cuando cayó el Muro, muchas empresas cerraron y para muchas personas que nunca habían tenido que buscar trabajo ni habían perdido sus empleos antes era demasiado tarde para aprender las nuevas reglas. Yo empecé a cobrar directamente el subsidio de desempleo y de eso vivo desde entonces, emborrachándome día sí y día también y con la esperanza de que el nuevo sistema del bienestar no me provoque demasiados quebraderos de cabeza.”

Durante mis intentos por mantener el interés en su parloteo beodo, noté que había un cierto trasfondo homoerótico en el modo en el que aquel par interactuaba. Durante un rato lo pasé por alto, pero luego lamenté no haber prestado más atención a aquellas señales.

Dejé a Henry y Lötze para ir a visitar a una célebre pareja de vagabundos de la que había oído hablar, pero a la que no conocía personalmente. Llamamos a la puerta de un tipo que vivía en una furgoneta en el parking vacío que hay en la confluencia de Linienstrasse con Alte Schönhauserstrasse, pero no estaba en casa. Mis amigos exclamaron un “¡qué mas da!”. No hay candado en la puerta, así que nos colamos a fisgonear en su “choza”. Tenía una mesa con restos de comida de varios días atrás, revistas porno y una parrilla en el patio. Unos cuantos cubos colocados bajo goteras hacían las veces de fregadero y lavadora. Los calcetines de aquella lavadora prehistórica estaban llenos de gusanos diminutos, por algún motivo al que no aún no he encontrado explicación. Olía a mierda.

Mientras conversaba con mis dos amigos maricas y bebíamos más cerveza nos dirigimos a ese lugar que vende pizzas a 1 euro las 24 horas al día en Schlesisches Tor, donde hay un viejo adicto a la metadona deambulando también las 24 horas al día y perorando sobre las delicias de la droga. Iba a empalmar toda la noche para poder ir la mañana siguiente al hospital a por su dosis. Le invité a un café y estaba tan agradecido que me cogió y me dio un achuchón demasiado intenso para mi gusto.

Me pidió que abriera la boca y se me quedó mirando las muelas mucho rato. Luego volvió a abrazarme, y esta vez además me dio un beso en los labios. Me quedé paralizado y no pude hacer nada por detenerle cuando se me acercó para una tercera embestida mascullando algo así como que las tetas no le importaban en absoluto. Me metió la lengua en la boca. Mientras él empezaba a temblar y agarrarse con demasiada fuerza, me fui cagando leches al lavabo para lavarme la boca.

Cuando me di cuenta eran las cinco de la madrugada, de modo que huí de ellos, me metí en un bloque de pisos al azar y dormí en el tramo superior de escaleras, el que conduce al tejado.


Martes
Sintiéndome fantásticamente tras tres horas de sueño, salí en busca de unos comedores de caridad de los que me habían hablado mis amigos. El primero sólo tenía manzanas sucias (y no había sitio para lavarlas) y un poco de calabaza cruda que podías llevarte a casa. En otra sala había pan y gente pelando patatas. Intenté coger un poco de pan, pero no me dejaron. El cansancio no me dejaba averiguar por qué, de modo que me senté sin más y contemplé cómo los mendigos jugaban a las cartas durante horas con unos uniformes de caridad sin ningún tipo de combinación.

Tuve más suerte en la iglesia de Wranglerstrasse. Una monja negra muy buena me hizo sentarme y me dio, sin preguntarme nada, tanta sopa de hueso de pollo y pan duro como quise. Nos trataban como a niños en la guardería, que es mucho mejor que morirse de vergüenza y tener que arrodillarse e intentar buscar la manera de pedir comida o de ingeniárselas para conseguir un número de la seguridad social o algo así.

La calle en la que se alza la iglesia es un punto neurálgico de actividad entre los mendigos, con un lugar parecido a una cafetería en el que se pueden pasar las horas muertas, pedir consejo y hospedarse. Muchos mendigos se quedan de pie en la esquina del supermercado Kaiser y no paran de entrar a comprar una cerveza tras otra.

Me pasé con ellos todo el día en esa misma esquina, sin hacer nada y hablando de pensiones, fútbol y de cuánto echamos de menos el comunismo de antaño. El número de hombres es asombrosamente desproporcionado respecto al de mujeres; en toda esta zona sólo hay una tía, y tiene el aspecto y habla como Jabba el Hutt, el monstruo inolvidable de La guerra de las galaxias. Unos mendigos me invitaron a dormir al refugio. Me prometen que hay sábanas limpias, sopa y de todo. Cojonudo. Pero percibo un entusiasmo en su oferta que me hace dudar de su palabra. Ahora lo pillo. Mi ropa y mi pelo pueden tener un aspecto tan deplorable como el suyo, pero mi piel postadolescente es suave e imberbe como la de una mujer, y no tengo enfermedades, quemaduras ni cicatrices. Me doy cuenta de que me están tendiendo una trampa para violarme. Trago saliva.

Empieza a hacer frío y nos dirigimos al refugio. Me siento como si me condujeran al patíbulo. Pero ya no hay vuelta atrás: no quiero que mi editor me acuse de cobarde. El lugar es una sala enorme con unas 10 literas, similares a las de las pelis del ejército. Por alguna razón inexplicable, cuando se apagan las luces la pestilencia de sus pies y de sus cuerpos mugrientos se intensifica y, como es lógico, no puedo dormir. No sólo me mantiene en vela la amenaza de una posible violación, sino también una sinfonía de desagradables ronquidos, la gente que habla en sueños con un tono de voz imponente y los chirridos de los que tienen el sueño muy inquieto. Creo que puedo percibir la tensión entre mis huéspedes cuando hablan entre sí sobre quién va a ser el primero y mis temores se ven confirmados cuando el más corpulento, un tipo del este de Berlín, con barba y cola de caballo, me pregunta si puede dormir en mi cama. Tiene frío y no logra conciliar el sueño, dice. Me puede ofrecer Diazepam o Valium a cambio. No tengo tanto miedo como pensaba que tendría y declino su oferta. Paso el resto de la noche solo y despierto. En guardia.


Miércoles
Es mi último día y, una vez descartada la amenaza de una violación homosexual, creo que empiezo a disfrutar de la experiencia. Los vagabundos normales tienen una rutina muy establecida y un territorio marcado que raramente traspasan. Los hermanos irlandeses, que son los más dinámicos que he conocido hasta la fecha, siempre deambulan por las mismas cuatro calles. En la esquina de Brunnenstrasse con Kastanienallee hay una ancianita con un tatuaje de Sid Vicious en el dorso de la mano que permanece allí sentada sin variar su incómoda pose día y noche. Las pandillas que se reúnen frente a los supermercados están integradas siempre exactamente por las mismas personas bebiendo la misma cerveza. Paso la mañana buscando una taza de café barato y, tras mucha exploración, encuentro una mierda de panadería que vende una mierda de café por 70 céntimos, precio que considero abusivo. No me extraña que toda esta gente que vive de las ayudas sociales prefiera estar borracha todo el tiempo a solicitar un trabajo, ya que una taza de café cuesta normalmente un euro, el mismo precio por el que en la cadena de supermercados Netto uno puede comprar cinco cervezas de medio litro.

Mi destino final es Bahnhof Zoo, el punto de reunión mítico de los adictos a la heroína en los años ochenta inmortalizado en Yo, Cristina F. Según parece, la policía hizo una buena limpieza del lugar a finales de los años ochenta, pero aún sigue siendo el punto de reunión de marginados más aterrador de toda la ciudad. Hay más refugios, asistencia y comedores sociales en esta zona que en todo el resto de Berlín junto. Incluso hay una máquina expendedora de jeringuillas y condones. Los misioneros en Bahnhof ofrecen bocadillos bastante buenos a una clientela muy variada: desde prostitutas adolescentes y también entradas en años, hasta punks y tías buenas con crestas de colores que probablemente sólo intentan imitar a sus héroes de los ochenta. Vale, tengo que admitirlo, sólo hay una puta adolescente, pero es tan mona y está tan llena de vida que me parte el corazón. Yo no estoy de humor para hacer más amigos, pero ella y las putas de más edad con pelucas parecen una pandilla bastante divertida para matar el tiempo.

Esa noche recorrí en bici la mitad de la ciudad bajo la lluvia para llegar a otro refugio y descubrir que la información de Internet volvía a estar equivocada y allí sólo había un gran edificio de la Mercedes-Benz. ¡Joder! Me pregunto cuánta gente se muere de frío cada año buscando ese maldito lugar. Quizá deberían actualizar la información de la página web.

MARIO CAMPOS