|
|
DOS & DON'TS
|
||
![]() ![]()
Me dispuse a viajar a Bucarest para buscar y fotografiar a algunas de estas niñas. Uno de los aspectos más estremecedores de esta situación es que las niñas han interiorizado sus circunstancias. Ésa es su vida, y no se lamentan. Te rompe el alma. Bucarest se convirtió en una de las ciudades más duras de Europa durante la guerra de Yugoslavia. Cuando acabó, la mafia construyó allí un entramado asombroso. No importa lo que uno quiera: sólo tiene que conocer a la persona indicada para conseguirlo. Éstas son algunas de las fotografías de las chicas a las que conocí durante mi estancia en Bucarest y también incluyo una carta tristísima que me envió una niña cuyos amos no me dejaron tomarle una foto. La chica de arriba es Cezara. Tiene 15 años y es la persona que inspiró este reportaje. Procede de una familia sumamente pobre. Su padre era un agricultor alcohólico y ludópata. Cuando Cezara tenía siete años, su padre contrajo una enorme deuda de juego y, a instancias de su madre, decidieron entregar a Cezara como regalo al tipo de la mafia que poseía la timba ilegal. “Odié a mis padres por hacerlo, pero lo superé”, explica Cezara. “No estoy de acuerdo con su decisión, pero no los culpo. Entiendo la situación. Además, tampoco los recuerdo mucho. Algunos de mis dueños me cuidan mucho. Me compran ropa y comida y tengo un lugar para dormir por la noche. No necesito mucho más para vivir”, añade con rotundida<d. Desde que sus padres la entregaron para saldar una deuda, Cezara ha ido pasando de mano en mano. En los últimos ocho años ha tenido cinco propietarios. Algunos de sus dueños la prostituían y otros se la llevaban a casa para satisfacer sus placeres personales. Ahora pertenece a un importante proxeneta y trabaja en las calles las 24 horas del día. Los tatuajes de sus brazos y pecho son los nombres de sus amos anteriores. A Cezara no le hicimos ningún estilismo para la fotografía. Así es como la conocimos. ![]() Steffi, arriba, tiene ocho años. La conocí mientras deambulaba por un campamento de gitanos cerca de Bucarest. Steffi se me acercó y me condujo a la caravana de su familia. Sus padres estaban allí. Todo el mundo se mostró muy amable conmigo pese a vivir en la más extrema pobreza. En Rumania, como en el resto del mundo, los gitanos son unos parias. No tienen ni seguridad social, ni empleos, ni nada. Y lo cierto es que ellos tampoco quieren pertenecer a la sociedad de los blancos. Los campamentos rumanos se rigen por sus propias reglas. Por ejemplo, para casarse, una joven tiene que ser virgen. La mujer de más edad de la familia le inserta violentamente un pañuelo en la vagina y, si sangra, se da por buena su virginidad; en caso contrario, se cancela la boda y a la joven se le marca la cara con un cuchillo. Por eso el sexo anal es una práctica tan común entre la comunidad gitana en Rumania. Le pregunté al padre de Steffi si podía sacarle unas fotografías y me dijo que sí. Luego les di las Polaroids y se pusieron supercontentos. Cuando me iba, el padre me apartó a un lado e intentó venderme a su hija por unos 3.000 euros. ![]() Craita, (arriba) tiene 14 años aunque parece mayor. Es más bien una “trabajadora autónoma” que aún no tiene dueño. Lo más duro de todo es que está buscando uno. Muchas de estas niñas ven la prostitución como un medio rápido para salir de la miseria del Bucarest poscomunista, la ciudad que sufrió con mayor intensidad la prohibicion de cualquier metodo anticonceptivo por parte del dictador Caecescu. Craita me vio paseando por la calle con una cámara y unos focos. Se me acercó directamente y empezó a hacerme un montón de preguntas: si éramos famosos, qué tipo de fotografías estaba sacando, si podía posar para nosotros… Me contó que su sueño era ser modelo o una gran estrella. La fotografiamos un rato, luego hice una pausa y fui a comprar unas bebidas. Mientras yo no estaba, Craita se acercó a un amigo que me estaba ayudando con las fotos. Le desglosó un menú completísimo: entre otros platos, le dijo que le haría una mamada o que podía sodomizarla por menos de 20 euros; le dijo que le gustaría ser su “niñita” y que quería viajar a Europa con nosotros. Haría lo que fuera, dijo. Cuando regresé, mi amigo me contó lo ocurrido y le pregunté inmediatamente a Craita si tenía familia o un dueño. No quería hablar de este tema conmigo; parecía que quería establecer algún tipo de trato con mi amigo. Pese a su corta edad, era tan resuelta que nos dejó en estado de shock. Cuando nos íbamos, dijo que podía ser nuestra para siempre por apenas 4.000 euros. CLAUDIA GRASSL CONTINUED VUELVE LA ESCLAVITUD | 1 | 2 | Next> |