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n cuestión de recursos naturales, Chhattisgarh es el estado más rico de la India. Bosques de maderas nobles como la teca proceden de aquí, y hay acero, bauxita, diamantes y oro a espuertas. Pese a ello, Chhattisgarh está hasta los topes de paletos (los indios los llaman “retrasados”).

En Chhattisgarh, conviven unas 30 tribus, cada una de ellas con un idioma propio y con niveles de desarrollo socioeconómico que van desde cazadores recolectores al más puro estilo paleolítico hasta obreros de fábrica. Lo que las liga es la pobreza y el aislamiento. En Chhattisgarh, un remedio habitual para atajar las penurias económicas es asesinar a tu familia y luego suicidarte. Y algo habitual entre las adolescentes es que las viole un guarda forestal. Un remedio local para las hemorroides es cortarse el esfínter. Y un remedio si naces con más dientes de los normales es casarse con un perro. La gente tiene nombres como Michael Jackson y muere alrededor de los 40 años.

El motivo por el que las cosas han permanecido así de mal en Chhattisgarh pese a los 60 años de preocupación oficial por el retraso de la población es básicamente el siguiente: el dinero asignado al desarrollo de las zonas tribales desaparece en manos de funcionarios corruptos a todos los niveles de la burocracia india. No llega a los pobres, los pobres se enfadan y ahí es donde entra en juego el naxalismo.

El naxalismo es un movimiento revolucionario que existe en once de los 26 estados de la India. Sus líderes siguen una estrategia maoísta de lucha armada continuada. Es decir, entregan armas a los pobres para forma un ejército campesino nacional con el que pretenden derrocar al Gobierno actual. El naxalismo nació en 1967 en la región de Naxalbari, Bengala, con el levantamiento de unos cultivadores de té. Pese a que esta revuelta suele calificarse de espontánea, en realidad los comunistas la orquestaron minuciosamente. Los naxalitas, en la práctica, son nómadas de la selva armados hasta los dientes que visten uniformes de camuflaje, extorsionan a los campesinos para que hagan “donaciones al partido”, saquean comisarías para robar armas, vuelan puentes y decapitan a los “informadores de la policía”. Viajan en brigadas de entre 12 y 30 personas, establecen organismos de gobierno locales denominados Jan Adalats que imponen la justicia en forma de castigo corporal y, en homenaje a sus raíces, enseñan a los campesinos técnicas de agricultura básicas, como, por ejemplo, cómo construir depósitos y plantar semillas. Pero el principal negocio de los naxalitas en la actualidad es su guerra con la policía local.

Nadie sabe a ciencia cierta qué está pasando, quién está ganando o cómo realizar un seguimiento de la situación. La policía india arma a los campesinos con hachas y cuchillos de cocina y los envía a zonas remotas para efectuar tareas de vigilancia y supervisión. Llaman a estos tipos Salwar Judam, la Marcha de la Paz, pero deberían llamarlos la Marcha Sin Brazos, puesto que la mayoría de estos campesinos acaban siendo descuartizados.

A principios de junio del año pasado, la Fuerza Policial de la Reserva Central y los revolucionarios naxalitas mantuvieron una batalla armada en la región de Dornapal, en Chhattisgarh. No es una excepción, ocurre casi a diario, pero en esta ocasión la policía se llevó a tres prisioneros. Dijo que se trataba de naxalitas del núcleo duro del movimiento, de altos cargos. El oficial al mando de la Fuerza Policial de la Reserva Central, Ashok Bali, afirmó que cuando los naxalitas fueron arrestados, iban armados hasta los dientes y vestidos de uniforme integral. Consideró que la operación era un hito importante, de modo que fui a hacer unas indagaciones.

Los prisioneros se encontraban en un hospital de la ciudad de Jagdalpur. Era un edificio de dos plantas sin rastro de vestíbulo de recepción. Tras cruzar las puertas entrabas de lleno al hospital, con suus enfermeras y sus médicos, y ese espantoso hedor a enfermedad. Los dos naxalitas varones detenidos estaban en la planta superior, rodeados por 20 enfermos postrados en camas. Allí arriba el panorama era aún más desolador: sábanas ensangrentadas, pacientes con delirios y piernas rotas inmovilizadas en tablillas mugrientas. Las camas de los dos prisioneros estaban una junto a otra, custodiadas por hombres de la Fuerza Policial de la Reserva Central armados y uniformados, y la pared contra la que se apoyaban sus cabezales recibía todos los rayos de sol. En la estancia no había aire acondicionado, ni siquiera ventiladores. Hacía un calor insoportable.

El primer naxalita debía rondar los 19 años. Era un muchacho enjuto y musculoso. Iba sin camiseta, con una bufanda a cuadros atada a la cintura que hacíá de taparrabos. Tenía el pelo moreno y grueso, las mejillas llenas de cicatrices del acné y un vendaje de unos diez centímetros en la parte superior del brazo. A través de dos traductores (uno de inglés a hindi y otro de hindi a gondi), dijo tener 28 años y llamarse Miriam Nonga.

“Soy hijo único. Me crió mi madre en Toya Gura. Mi padre murió cuando yo tenía seis años. Tenía tíos, pero vivían en otros pueblos. Mi madre y yo nos manteníamos gracias a la agricultura. Poseíamos dos hectáreas de tierra que mi madre cultivaba con mi ayuda. También recogíamos alimentos del bosque para venderlos en el mercado”, explicó.

¿Tenías amigos de niño?

“Tenía un amigo adulto, se llamaba Marom Joga. Le vi por última vez hace unos tres meses. Había dejado a los naxalitas y se había entregado a la policía. Lo visité en un campo de refugiados. Alrededor de un mes después lo asesinaron. Lo mató un hombre llamado Satam, que pertenece a la brigada de Ponan Pali de los naxalitas. Yo no lo vi, pero oí contarlo a otros aldeanos.”

¿No te hizo eso querer dejar el partido?

“Estaba enfadado, pero no podía hacer nada, estaba indefenso”.

¿Por qué te uniste a los naxalitas?

“Los naxalitas me dijeron que me darían tierras y dinero. Dijeron: “Eres un chico pobre”.

¿Cómo era la vida con los naxalitas?

“Mientras estuve con los naxalitas llevé una vida rutinaria. Me casé hace un año y ahora tengo un hijo recién nacido. Llevaba una vida rutinaria en mi pueblo la mayor parte del tiempo, salvo cuando el líder nos reclutaba para cumplir algún deber. Entonces nos marchábamos. Yo nunca tuve un uniforme ni un arma. Sólo tenía un arco y flechas. Llevaba ropa como ésta”, dijo señalando los pantalones y la camisa del traductor.

Entonces, ¿por qué te disparó la policía?

“Dispararon de forma indiscriminada, sin pensar en quién era un naxalita y quién no.”

El oficial al mando negó este extremo con un “los entrenan para mentir. Incluso aunque les pegues no te dicen la verdad”.



Om Prakesh Rhator es el director general de la policía de Chhattisgarh. Su despacho está en Raipur, la capital de Chhattisgarh. Se trata de una ciudad con forma de L por la que parece imposible transitar. Llegar a la fortaleza de este hombre es toda una odisea. Durante aproximadamente una hora estuve atravesando jardines bien cuidados y después tuve que cruzar una zona de casas a medio construir en las que la población vive hacinada. Finalmente llegué al despacho del director general, no sin antes cruzar un millón de controles de seguridad. Me senté. “En el pasado, las tribus disfrutaban de una libertad absoluta”, me explicó Om Prakesh Rhator desde su gigantesca mesa de escritorio. “Tenían buena música, buen vino, una buena vida, los alimentos del bosque… En resumen, que eran un pueblo feliz. Tenían necesidades limitadas y todas ellas las suplían los frondosos bosques de los aledaños. Sin embargo, cuando Kondapali Sitamamma, un profesor de Andrah Pradesh, salió con esa filosofía pasada de moda y totalmente desechable, él y sus cuadros de mando intoxicaron fácilmente a esta gente crédula y la embrujaron con toda esa dialéctica marxista. Entonces, los denominados naxalitas se llevaron a estos inocentes chavales y les dijeron: “Id al pueblo de al lado y matad. Matad a los desposeídos’”.

¿Por qué se refiere a ellos como “los denominados naxalitas”?

“Porque el verdadero movimiento naxalita dio comienzo en la década de 1970, en la región de Naxalbari, en Bengala”. Me relató toda la historia, cosa que me aburrió sobremanera. Explicó, con orgullo, que “aplastamos ese movimiento. Y luego hubo un segunda ola en los años ochenta, y ahora es su tercer intento, pero también lo sofocaremos.”

¿Por qué querrían los naxalitas ordenar a los nuevos reclutas que mataran a gente inocente?

“Para incitar el terror. Y a través del terror, para recoger la P.C., la Party Chanda, las donaciones. Es extorsión. Y también para aislar al muchacho de su pueblo, para convertirlo en un forajido. Lo he visto una y otra vez. Hace poco secuestraron a un grupo de aldeanos y les infligieron unas torturas horribles: les ataron las manos, les hicieron beber su propia orina y mataron a algunos de ellos”.

¿Es posible conocer a los que sobrevivieron a los últimos secuestros?

“Han regresado a sus pueblos”.

¿Sabe sus nombres?

“Apunte eso ahora y Santosh le buscará la información después”.

Santosh removió unos papeles. Cuando Rhator se volvió hacia él, Santosh le susurró que los naxalitas, de acuerdo con las estadísticas de la policía, habían asesinado a 214 inocentes el año pasado.

“214. Son culpables de robos, pillajes, violaciones… Fuerzan a las aldeanas a unirse a ellos y les dicen que no pueden tener más hijos. Les confiscamos todo tipos de artículos, incluidos instrumentos musicales que tocaban y al son de los cuales obligaban a las mujeres a bailar. También nos incautamos de miles de condones. Los médicos locales dieron fe de haber practicado muchos abortos forzosos a estas mujeres. Siembran minas terrestres sin trazar mapas de su ubicación. Incluso los demonios se avergüenzan de sus actos”.

Le pregunté por Gadar, un hombre con el que me iba a entrevistar y al que se consideraba el portavoz del movimiento naxalita. “Esta gente no cree en su propia ideología”, contestó. “Si uno consigue hablar con ellos en privado, admiten que su movimiento no tiene ninguna esperanza de triunfar. A mí me lo ha confesado el propio Gadar, el llamado autor de los poemas revolucionarios.”

Gadar es un hombre apasionado y de discurso prolijo. Inmediatamente después de presentarnos empezó a recitarme de memoria la historia del movimiento, empezando por el alzamiento de Bengala, y luego entró en toda la retórica comunista. Transcurridos unos minutos conseguí meter baza: “Todo eso es demasiado denso. ¿Cuál es la ideología maoísta básica? Explíquemelo como si fuera una niña de cinco años”.

Su respuesta fue: “El problema es el desarrollo económico desigual del país. Toda la economía política, social y cultural y la soberanía del país han caído en manos del Banco Mundial gracias al imperialismo estadounidense. La filosofía del imperialismo es el mercado. Su Dios son los beneficios y su método, la mano de obra barata. Para conseguir sus objetivos han emprendido un triple ataque: ¡Inundación cultural, inundación económica e inundación política! ¡Y de este modo toda nuestra economía ha quedado reemplazada por la Coca-Cola y la Pepsi Cola, bebidas que pueden tomarse en cualquier parte del mundo! Aquí antes se podía tomar agua de nimbu, agua de lima, zumo de caña de azúcar, agua de coco… ¡Suero de leche! Donde antes nuestro país ofrecía opciones, ahora la bebida de los imperialistas sustituye a cuatro. Éste es el resultado de la economía dominante del Banco Mundial”.

De acuerdo. Pero, ¿qué hacen los naxalitas en los bosques?

“El problema del cultivo de las tierras aún no se ha resuelto. La educación sanitaria y las necesidades básicas de las personas no se han solventado. Estados Unidos es un estado policial que depende enteramente del ejército. Producen bombas. Sólo producen armas”.

Dijo muchas cosas de esta índole y, como ocurre con los maoístas, una empieza a evadirse. Luego empezó a entusiasmarse sobre nuestro inminente viaje juntos en las junglas de Dantewada. Alcanzó un pico febril en su retórica maoísta y yo dejé de tomar notas. Cuando acabó, tenía que decir algo, así que farfullé: “Entonces, ¿pretenden establecer una democracia sin capitalismo?”.

“Si estuviéramos juntos en este momento, le recitaría un poema improvisado surgido de la felicidad”, contestó. Aún no sé de qué coño hablaba.

Los siguientes días los pasamos hablando con todo tipo de personas, incluso aunque estuvieran remotamente vinculadas con los naxalitas. Me dijeron que los naxalitas eran unos violadores. Me dijeron que era mentira y que era la policía quien violaba. Me dijeron que la policía te obligaba a ayudarlos y que luego los naxalitas te castigaban duramente por hacerlo, y viceversa. Al final me encontré en un campamento de naxalitas. Cuando conocí al comandante en jefe, éste se mostró muy escéptico respecto a mis intenciones.

Me preguntó con quién más había hablado hasta entonces y le solté de carrerilla la lista: “G.P. Singh, John Lankumar, O.P. Rhator, Ramesh Nayyar, el ministro del Interior, el doctor Ajai Sahni, del grupo de vigilancia terrorista en el Sudeste Asiático, el abogado y representante de los naxalitas en las conversaciones de paz de 2004, el director general de prisiones, Gadar, incontables periodistas, una boda de bandidos antinaxalitas en Bihar, K.P.S. Gill, el señor Narayan de…”

“¿Qué dijo K.P.S. Gill?” Se sentó. Ladeó la cabeza.

“Dijo que los naxalitas eran asesinos. Dijo que les cortan las manos a los policías, que asesinan a la gente pobre, que no son nada más que bandidos. Habló en términos generales. Piensa que el movimiento está predestinado al fracaso porque se basa en una premisa ilógica”.

No existe una palabra idónea para describir lo que reflejaban sus ojos. Fuera lo que fuera, era más que inteligencia o educación o certidumbre: era una determinación tan implacable que no necesitaba hacerla aparente. Era el desvanecimiento propio de una colegiala. (Luego descubrí a qué se debía la misteriosa realidad de sus ojos: lloraba la muerte de su líder y mejor amigo, asesinado varios días antes).

Anotó mi número de teléfono y dijo que me llamaría. Le pregunté si era posible que conversáramos sólo 15 minutos en aquel momento. No era posible. No llamó. Y cinco días después, los naxalitas asesinaron a varios aldeanos en su distrito, rajándoles la barriga por la mitad y degollándolos, y secuestraron a otros 25 lugareños.

Eso fue lo más cerca que estuve de entender el naxalismo. Hubo más encuentros en la jungla, más historias y mucha más mierda de esta índole. Hubo un día en el que dormí como pude en una hamaca en la cabaña de una tribu antes de que un muchacho de 13 años me transportara a pedales por un trayecto de más de un kilómetro de carretera polvorienta hasta un punto situado a unos 4,5 metros de un escuadrón naxalita, sólo para regresar sin más a la aldea. Y finalmente pude reunirme con uno de los siete miembros del Comité Coordinador. La entrevista, convenida por un periodista consagrado de la India, tuvo lugar en una casa en la ciudad de Ranchi. Mientras me aproximaba al lugar, tras una espera de ocho días, conducida por el mismo muchacho a través de callejones atestados de gente, me sentía como si estuviera a punto de conocer al coronel Kurtz. Pero sólo se trataba de un naxalita de 29 años. Era tierno y tenía la piel tersa. Era todo sonrisas. Tras escuchar su perorata programada sobre las masas oprimidas durante 30 minutos de la hora que teníamos asignada, le interrumpí con un: “De acuerdo, pero, dígame ¿qué hacen exactamente los naxalitas?”. Tardamos cierto tiempo en conseguir que el traductor entendiera mi pregunta, y cuando por fin captó el significado, se volvió hacia el comandante Sagar y se la planteó. Los ojos de Sagar destellaron. Con gran agitación y entusiasmo habló durante unos diez minutos en un tono animado. Luego el traductor se volvió hacia mí y empezó a recitarme: “En 1967, en la región de Naxalbari, hubo un levantamiento espontáneo…”

ANGELA CORNING